Jorge Ron
LA OPINIÓN
Deciden los que saben
CAMPO DO DESAFÍO
Cuando el tiempo nos dé alguna perspectiva advertiremos que, de los distintos gobiernos de Pedro Sánchez, el nombre de Yolanda Díaz será uno de los mejor recordados. Sin aguardar tan inapelable sentencia, en el día a día del presente, el desempeño de la vicepresidenta y ministra de Trabajo ha perfilado una personalidad notable. No lo tuvo fácil. Su aterrizaje en la política madrileña venía precedido por cierta fama de maniobrera en las taifas galaicas de la izquierda, las Mareas, de las que nadie desea acordarse. A la sombra de Pablo Iglesias y en el reparto de la cuotaparte de poder entre los partidos a la izquierda del PSOE, Díaz se situó de manera discreta en el ministerio de Trabajo. La natural relación con los sindicatos y la habilidad para citar, templar y mandar a Garamendi, el jefe de los empresarios, con un nuevo salario mínimo o un contrato indefinido clavado en el lomo, hicieron de ella una ministra con firmeza, claridad de ideas y discurso propio. Las garibaldianas ocurrencias de Iglesias acabaron por situar a Yolanda en la proximidad de Sánchez, en pie de igualdad política con Nadia Calviño, María Jesús Montero o Teresa Ribera, núcleo duro del gobierno.
No le fue tan bien en la construcción de un proyecto político para la izquierda, Sumar. Lo intentó con imaginación, tirando de la gente de la cultura: los encuentros en la Fundación Uxío Novoneyra o con Bernardo Atxaga.
Yolanda siguió a lo suyo, a ampliar los horizontes de lo posible, a hablar de clase obrera, a inventarse los ERTE en la pandemia, a continuar con las mejoras del salario mínimo, el reconocimiento laboral de los riders, la duración de la jornada de trabajo y una vida mejor. No le fue tan bien en la construcción de un proyecto político para la izquierda, Sumar. Lo intentó con imaginación, tirando de la gente de la cultura: los encuentros en la Fundación Uxío Novoneyra o con Bernardo Atxaga. Ocurre que los trabajadores, los parados y jubilados, los jóvenes descorazonados ante la imposibilidad de la vivienda, nos dejamos ir en el rechazo de lo público y en la sedación del anarco capitalismo: acabamos por creer que es mejor la sanidad privada, la educación también privada y que los impuestos que pagamos estarían mejor administrados en nuestros bolsillos. La realidad, cuando aprieta, nos aplasta, uno a uno, como a moscas. Por eso, y por el cainismo de la izquierda, las Yolandas Díaz tienen una vida tan efímera, una obra que apenas logra levantar de sus cimientos.
Yolanda, además de hablar el lenguaje de la clase obrera y de los más vulnerables -el salario, la dignidad o el diálogo social-, ha cumplido de forma ejemplar con la lealtad hacia el presidente y los acuerdos de gobierno. Las diferencias y los malos tragos, los ha digerido con notable discreción. Si la izquierda estuviera sobrada de referentes, no se daría más prisa en sacrificarlos en la hoguera constante de sus miserias internas.
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