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32 años
A Cristóbal fue su padre quien le dio su primera copa a los 13 “para hacerle un hombre”, sin saber que sería ese el inicio de un hábito compulsivo que le llevaría incluso a tener una pancreatitis alcohólica. Cuando Rubén era un niño con muchos complejos, encontró en el alcohol ese “algo” que le faltaba, la capacidad para relacionarse en grupo. Hasta que esa “solución” le llevó a sacar su lado más agresivo, a meterse en problemas y a ser incapaz de poner freno. Recuerda María su primera borrachera, en la que su padre tuvo que recogerla rozando la inconsciencia. Sería esa la primera de más de 40 años de una convivencia activa con el alcohol, oculta bajo una dualidad que le permitía -aparentemente- vivir, relacionarse y trabajar. Para Blanca, el alcoholismo viene “de familia” y la adicción la golpeó de tal forma que incluso intentó quitarse la vida.
Rubén, María, Blanca y Cristóbal son algunos de los rostros que se encuentran tras la puerta de Alcohólicos Anónimos en Ourense. Un grupo de terapia que se apoya en la experiencia mutua, la fortaleza y la esperanza para crear un espacio de confianza en el que poder abrirse en canal como, reconocen, no pueden hacerlo en ningún otro entorno: “Compartimos nuestras experiencias de una forma íntima. Lo que se habla en las reuniones, se queda en las reuniones”, entonces se crea un espacio de confianza en el que poder compartir esa verdad que el alcohólico nunca pudo decir fuera. Con tres encuentros semanales, Alcohólicos Anónimos actúa como salvavidas para quien su forma de beber se ha convertido en excesiva y destructiva. “No es que queramos seguir bebiendo, pero es que no podemos parar”, reconocen como parte del grupo que acaba de cumplir sus 32 años en la provincia. A través de 12 pasos, cada uno de sus integrantes, se enfrenta a más de una realidad. El abandono del alcohol no se reduce a deshacerse de una botella, sino a todo lo que se le vincula. Cambiar comportamientos, abandonar el miedo o el resentimiento y empezar una nueva vida. “Todo eso se aprende aquí, en Alcohólicos Anónimos”.
“Somos personas enfermas, pero detrás de esa enfermedad hay un ser valioso, útil, que puede emerger y que tiene mucho que aportar al mundo”. Una premisa que sirve de apoyo para cumplir los doce pasos que forman parte del programa. Doce pasos entre los que se incluye realizar una lista de los daños causados en el pasado, para posteriormente ponerse en disposición de repararlos. Responsabilizarse, cambiar de actitud y reconstruir en la medida de lo posible, para dar el salto hacia una realidad diferente a la vivida hasta ese momento: “Pasamos de ser seres apagados, sin luz, que viven a oscuras, y nos convertimos en personas que toman conciencia de la realidad, cambiamos y empezamos a vivir de una forma totalmente distinta”. Aunque este proceso no siempre es fácil de digerir para quienes les acompañan. Familiares y amigos que tienen que volver a conocer a la persona que en un día fueron, o a aquella a la que nunca antes habían visto. Un proceso que “a la larga, siempre es mucho mejor”, pero que puede ser confuso en un comienzo. Para todas las personas que en algún momento ocuparon un asiento de Alcohólicos Anónimos, el contar con una red de apoyo -que puede estar vinculada a una ayuda psicológica o médica externa- ha sido el punto de partida para volver a sentir ganas de vivir, “cogiendo un adefesio y convirtiéndolo en un ser humano”.
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