El amor que ni la guerra pudo bombardear

REFUGIADOS UCRANIANOS EN OURENSE

Pavlo y Maryna son dos refugiados ucranianos residentes en Ourense desde hace seis meses. Aficionados a las termas, ambos han elegido la ciudad para establecer su nueva vida.

Los refugiados ucranianos.
Los refugiados ucranianos. | Miguel Ángel

Hay culturas que creen que nadie llega por casualidad. En Corea lo explican a través del “in-yun”: el hilo invisible que une a dos personas más allá del azar, como si cada encuentro importante estuviera escrito antes de que suceda. No habla solo de amor, sino de destino compartido, de caminos que se cruzan cuando el mundo parece deshacerse. Un hilo que puede resistir incluso al estruendo de las bombas y a la incertidumbre de los cambios en las fronteras.

Pavlo Vakhivski y Maryna Klymenko llevan seis meses en Ourense. Son refugiados ucranianos y, aunque cuando llegaron la ciudad no les convenció del todo, hoy la sienten como hogar. Pavlo lo explica con sencillez: “Es muy buena ciudad porque es muy tranquila”. Maryna apunta a lo que se ha convertido en símbolo de su nueva vida: “Tiene aguas termales, vamos mucho y aprovechamos para practicar el idioma”. Entre vapores y conversaciones improvisadas, han ido perdiendo el miedo a equivocarse en español y ganando confianza para empezar de nuevo.

Antes de España hubo otra estación: República Checa, donde vivieron tres años. Maryna creció en Donbass, una región marcada por el conflicto desde hace hace doce largos años, cuando ella apenas había cumplido diez. “Cuando la guerra estalló en todo el país, fue rápido. Estuve una semana en un búnker, pero gracias a Cruz Roja pude irme a República Checa con mis amigos”. Allí la pareja intentó reconstruir cierta normalidad, pero no era su lugar. “No es un clima para mí; España me gusta mucho más, también por la gente”, indica la joven.

El acompañamiento de Cruz Roja fue clave en su proceso de acogida. Primero para facilitar la salida. Después, ya en España, para orientarlos en los trámites, en las clases de idioma y en los primeros pasos hacia la autonomía. “Tuvimos algunos problemas, pero en general todo ha ido bien”, resume Maryna. Aprender español es, dicen, una manera de quedarse, de dejar de sentirse de paso.

Hoy ya viven en un piso en la ciudad. Encontrarlo fue difícil, con meses de búsqueda y puertas que no siempre se abrían. “La ayuda de buena gente marcó la diferencia”, señala Pavlo, agradecido por quienes confiaron en ellos cuando todavía no tenían estabilidad laboral.

La distancia, sin embargo, pesa. Los padres de Maryna siguen en Donbass, territorio ocupado. Solo pueden hablar por teléfono. La familia de Pavlo está repartida en varios países, dispersa por la guerra. Volver no entra en sus planes inmediatos. “No tengo nada en Ucrania y quiero hacer vida aquí, en España, pero sí me gustaría ver a los míos aunque fuera una semana”. Él lo resume con una frase que no necesita traducción: quiere vivir con su novia, sea donde sea. “Porque yo siento mucho amor”.

Quizá eso sea el “in-yun”. No solo el encuentro entre dos personas, sino el cruce de países, lenguas y segundas oportunidades. Un hilo que sobrevivió a vivir bajo tierra, en un búnker, y que hoy se anuda en las termas de Ourense. En medio del ruido de la guerra, Pavlo y Maryna han elegido quedarse. Y quedarse, a veces, es la forma más luminosa del destino. Porque, a pesar de las bombas, los reveses y los grandes señores de la guerra, hay algo inmaterial que sobrevive. La materia prima que, en ocasiones, alimenta el motor de la esperanza frente a la adversidad. Simplemente, quererse.

Contenido patrocinado

stats