El bosque que crece en vertical en Milán

ARQUITECTURA CLIMÁTICA

En Milán, dos edificios reúnen cerca de 800 árboles y combaten las temperaturas extremas con un ecosistema propio. Ejemplifican cómo la arquitectura puede mitigar el impacto climático, aunque a un precio no apto para todos los bolsillos.

Una de las dos torres del Bosco Verticale.
Una de las dos torres del Bosco Verticale. | M.S.

Italia encadena, un verano más, una ola de calor con avisos rojos. En Milán, durante la primera semana de agosto, los termómetros rozaron los 38 grados, con madrugadas sofocantes en las que el mercurio apenas descendía de los 25. Ante este escenario asfixiante, la capital lombarda se ha convertido en un laboratorio urbano, ensayando fórmulas innovadoras para reintegrar la vegetación en el duro asfalto. El ejemplo más espectacular se recorta contra el cielo del distrito de Porta Nuova: dos edificios que han llevado la botánica a sus fachadas hasta convertirla en el eje de su arquitectura.

Bautizadas como el Bosco Verticale (Bosque Vertical) y diseñadas por el arquitecto Stefano Boeri, las torres miden 110 y 76 metros de altura, respectivamente. Sin embargo, no es el cristal ni el acero lo que define su silueta, sino la vida. Entre ambas edificaciones albergan más de 20.000 ejemplares vegetales: unos 800 árboles, 4.500 arbustos y 15.000 plantas menores de un centenar de especies, distribuidas entre los 113 apartamentos que componen el complejo. Los balcones, de generosas dimensiones, actúan como inmensas macetas en voladizo que sostienen este ecosistema suspendido.

Más allá del impacto estético, el proyecto genera un microclima que el vecindario sabe aprovechar en su cotidianidad. A primera hora de la mañana, cuando el calor empieza a desperezarse, es habitual ver a las residentes de calles aledañas acercándose a la base del bosco para pasear a sus perros y refugiarse en la brisa fresca que desciende de las terrazas. No dudan en hablar maravillas de este oasis urbano, aunque son conscientes de que se trata de un refugio exclusivo: el precio por metro cuadrado llega a los 15.000 euros.

Mantener un bosque a decenas de metros del suelo exige una coreografía técnica de alta precisión. La estampa más llamativa se produce dos veces al año, cuando los llamados flying gardeners (jardineros voladores) entran en acción. Equipados con arneses y sistemas de cuerdas, estos arboricultores especializados se descuelgan por las fachadas para realizar las labores de poda y mantenimiento estructural. A este trabajo de riesgo se suman otras dos intervenciones anuales que se llevan a cabo desde el interior de las propias viviendas.

La supervivencia de esta flora depende de un sistema de riego diseñado específicamente para el desafío vertical. El agua se distribuye mediante un circuito centralizado y gestionado digitalmente, un “cerebro” que permite ajustar el suministro exacto a las necesidades de cada zona y orientación. Lejos de suponer un despilfarro hídrico, el proyecto se abastece mediante la reutilización de aguas grises filtradas, procedentes del uso doméstico de las torres, combinadas con la extracción de agua subterránea. Además, la energía necesaria para impulsar las bombas se complementa con paneles solares instalados en el complejo.

El objetivo de esta proeza arquitectónica trasciende la foto. El Bosco Verticale se concibió para aportar sombra, filtrar el polvo en suspensión, reducir la radiación solar sobre las fachadas y devolver la biodiversidad urbana a la ciudad atrayendo aves e insectos. En la práctica, sus creadores calculan que la piel vegetal de las dos torres equivale a varios miles de metros cuadrados de bosque tradicional concentrados en vertical. Un soplo de aire fresco (y un modelo a observar) en una Europa acorralada por el termómetro.

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