Itxu Díaz
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
La verdad sobre el turismo rural
USOS Y COSTUMBRES DEL VERANO
El campo tiene algo que nos fascina. Probablemente sea el licor café. El turismo rural sigue siendo un oasis de buen gusto para quienes detestan el turismo masificado que representan las playas del Mediterráneo. Galicia y Asturias son dos de los lugares donde mejor se ha asentado, aunque ya te lo puedes encontrar hasta en las afueras de un polígono industrial de San Sebastián de los Reyes. Aunque es un turismo multicolor, hay algunos clichés que se repiten y conocerlos te evitará arruinar tus bucólicas vacaciones.
Lo rural no alude al campo, sino a la vida del campo y –esto es importante- a sus labores y habitantes. No es un decorado. En el campo hay cosas que pican, gente con costumbres muy diferentes a la ciudad, y animales que no huelen exactamente igual que el aroma que desprenden las películas de Disney. El primer error de los turistas de ciudad que se echan al campo es filosófico: a menudo se sorprenden de que las cosas de la naturaleza sigan, eso, su naturaleza. Si vas a protestar por aromas, por los bichos, o porque el vecino comienza a las seis de la mañana a podar con una máquina que suena como una Harley Davidson, es mejor que hagas un crucero de lujo, y protestes por los aromas de los vecinos, las mordeduras de las ratas, y por el reguetón hasta las seis de la mañana del vecino de camarote. No todo el mundo está preparado para despertarse con el mordisco de un burro.
A la hora de buscar un alojamiento rural, procura que tenga casa. No es habitual, pero he visto a tipos ganando una fortuna vendiendo a turistas urbanitas una “experiencia campestre llena de aventuras” consistente en dormir al raso en un prado compartido con vacas y ovejas. La casa rural, siempre de piedra. Ahí fuera hay animales demasiado salvajes como para que puedas salir vivo de una noche en una tienda de campaña o de un bungalow prefabricado que el lobo de Los tres cerditos podría tumbar de un solo estornudo.
El principal enemigo del turista es el mosquito. Cuando Noé subió a todos los animales al arca, metió también al mosquito, que no estaba en la categoría de animales sino de demonios, y lo hizo probablemente por gastarnos una broma. Es indiscutible que la broma se le fue de las manos. Protegerse de un mosquito en el campo es imposible, pero aun así puedes minimizar el riesgo si haces alguna de estas cosas: matarlo, rociar toda la habitación con veneno y morir tú, o una acción combinada de ataque y defensa, que es mi opción favorita; implica un buen manejo de la zapatilla, un cacharro que se enchufa en la habitación y lo perfuma todo de olor a muerte, y una luz encendida fuera, que resulta muy útil también para que las polillas se entretengan con la bombilla y no con la luz de la pantalla de tu móvil.
En cuanto a los bichos que arrastran la barriga por el suelo, que pueden asaltar tu habitación en una noche rural, casi todos son inofensivos. Si estás dormido te dará igual tener una lagartija chupándote los pies. Y los bichos que se arrastran y no son inofensivos, son mortales, de modo que tampoco deberías enfrentarte a ellos. Encomiéndate a San Francisco de Asís, que sabía la lengua de las bestias, y es nuestro representante diplomático en el mundo animal.
En el rural, los animales domésticos no son “domésticos”. Cerdos, gallinas y vacas están razonablemente domesticados, pero sus reacciones suelen ser imprevisibles. Mi consejo es que tus interacciones con ellos sean lo más diferente posible a como interactúas en la ciudad con Tobi, el perro del vecino. Por una cuestión de buen gusto, durante tu estancia, no les pongas nombre a ninguno de ellos. Puede parecerte muy gracioso llamar Pepa Pig a la cerdita, pero esos animales llevan ahí todo el año, tienen mamá y papá, y seguro que ya han hecho ese trabajo por ti. Como norma, procura no ir por el medio rural como si lo estuvieras inaugurando todo con tu presencia.
En el rural, la comida es un aliciente. Pero no es, digamos, como la de tus restaurantes de comida rápida de cabecera. Es decir, es comida. Allí la tortilla lleva los huevos del dueño –de sus gallinas-, el filete de ternera hace un par de días correteaba por la finca junto al resto de sus miembros, y los vegetales no saben a plástico. A la hora de pedir, sé prudente con las cantidades: la gente del campo tiende a pensar que los de ciudad, durante el resto del año, llevamos el régimen alimenticio de un campo de concentración de la Alemania nazi, y que nuestra supervivencia depende de su mano generosa.
Las mejores casas rurales están en manos de familias. Los dueños te acogen como a un caminante extraviado, como si fuera una obra de caridad, y entran y salen de tu habitación o se sientan a tu mesa con familiaridad. Hay quien considera esto un atropello a su intimidad y se afana en poner malas reseñas cuando los dueños, a los postres, se sientan, sacan un licor casero, y comienzan a contarte eternas historias de sus antepasados. También eso es parte del encanto. Si quieres que nadie te hable, prueba a irte de vacaciones a Japón en un catamarán.
En los últimos años he detectado que hay un montón de alojamientos que han construido una historia sobre sí mismos tan fascinante como falsa. Hacen bien los propietarios en subestimar la inteligencia de sus huéspedes. Escucha la historia con atención y no intentes cotejarla con datos empíricos, porque eso rompe el hechizo.
Una variante peligrosísima del turismo rural es el turismo de aventura. Por lo general lo ponen en marcha tipos cuya única relación con el campo ha sido comprarse una casa en ruinas desde la ciudad y restaurarla. Después han puesto animales y han montado alrededor un montón de actividades que, realizadas por gente de ciudad, acarrean peligro de muerte. Esto incluye la pesca del salmón, montar a caballo, ordeñar una vaca, balancearse en un columpio artesanal, o subirse a un árbol. El turismo de aventura promete imitar la vida de los aldeanos de siglos anteriores, pero en realidad, en el pasado, ningún idiota moría tirándose en canoa por un río. No hay nada más prudente que alguien que ha pasado su vida en un medio hostil. Desconfía del turismo rural de aventura. Mención aparte para quienes ponen a sus huéspedes de ciudad a trabajar en la huerta, recoger el ganado, o reparar la casa, bajo el pretexto de recrear la vida antigua. Honor a esos visionarios. Siempre en mi equipo.
La mayoría de los huéspedes terminan tan fascinados con su semana de vacaciones que deciden dejar la reserva hecha para el próximo verano. No es una mala idea siempre y cuando no pierdas de vista que los dueños no son tu familia, que la casa no es tuya, y que nunca se debe volver a los lugares donde una vez fuiste feliz acariciando a un cerdito.
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