La Capilla de San Lázaro en O Peliquín: de confesiones y silencios

FE RELIGIOSA

La Capilla de San Lázaro en O Peliquín alberga un confesionario insonorizado que permite desarrollar este acto de penitencia sin interrupciones del exterior.

Cada cabina posee instalada un micrófono y audífonos para el sacerdote y el penitente.
Cada cabina posee instalada un micrófono y audífonos para el sacerdote y el penitente. | Miguel Ángel

En el barrio de O Peliquín la Capilla de San Lázaro posee tantas historias como piedras su estructura. Fundada en el último lustro del siglo XIX, su ubicación original era en el parque del mismo nombre hasta que en 1950 se decidió su desmonte y traslado. Sin embargo, pasarían 33 años, como si la edad de Cristo fuera una señal de reinicio, para que esta capilla el 12 de noviembre de 1983 retomara sus funciones donde se erige actualmente.

Marité Carcacía, de 78 años, lleva 43 encargándose de la custodia y limpieza del templo

Marité Carcacía, de 78 años, lleva 43 encargándose de la custodia y limpieza del templo, labor por la cual no recibe otra remuneración más que saberse útil en su función de celadora voluntaria y guía para curiosos que deseen conocer acerca de este edificio consagrado al santo resucitado por orden de Jesús. “Aquí hubo muchas bodas y primeras comuniones también de personas que no eran de este barrio”, explica Marité mientras enciende las luces del retablo donde la efigie de San Lázaro recibe a los visitantes. La Virgen de Fátima y el Sagrado Corazón a los costados del retablo, acompañan la descripción de quien ha visto ocurrir allí sucesos tan violentos como milagrosos.

Capilla de San Lázaro en el barrio O Peliquín
Capilla de San Lázaro en el barrio O Peliquín | Miguel ÁNGEL
“En 1998 hubo un incendio”

“En 1998 hubo un incendio”, dice señalando un acceso lateral por la diestra de la capilla acerca de un intento frustrado de quemar el sitio. “Llegué por la mañana y me dije: ‘¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí?’. El suelo, el techo, los reclinatorios, las paredes; todo estaba negro por el humo. Pero donde estaba el santo sobre unas andas, ahí se detuvieron las llamas”, pormenoriza como si hubiera sido un cortafuegos el San Lázaro que saldría a procesión, hace 28 años, ese Domingo de Ramos a pocos metros de la puerta derecha.

Hay un espacio en el templo que rompe con los moldes de lo analógico para otorgarle a la tecnología una nueva dimensión espiritual.

Una dimensión espiritual

Marité hace un movimiento panorámico con la vista para describir con los ojos cómo la fuerza de la irracionalidad casi destruye por dentro el inmueble al que se siente ligada por fe y herencia, al ser su padre uno de los encargados de trasladar al santo para su tradicional procesión. Sin embargo, más allá de otras anécdotas de vandalismo, tres sustracciones a la megafonía de la capilla y un intento de robo al sagrario del altar, hay un espacio en el templo que rompe con los moldes de lo analógico para otorgarle a la tecnología una nueva dimensión espiritual.

En la izquierda, un confesionario con una puerta abierta y otra medio cerrada, tiene una luz roja encendida como alerta. Se trata de una doble cabina diseñada para que el secreto de la confesión cumpla estrictamente su cometido. “Hace 15 años, el párroco que estuvo con nosotros me dijo: ‘Voy a hacerle un regalo a la capilla’ y trajo ese confesionario. Es insonorizado. Es el único de su tipo en Ourense. A veces llegan otros sacerdotes a verlo”, detalla Marité y le da paso al fotógrafo para apreciar los detalles del interior de cada cabina.

Interior del confesionario
Interior del confesionario | Miguel Ángel

En el lado derecho, la estola morada del sacerdote se encuentra colgada junto con los controles de ecualización. Cuando la puerta es cerrada, puede notarse la ausencia de ruido procedente del exterior. Este particular confesionario se encuentra concebido para cumplir con el momentáneo anonimato de rostros y que sea la palabra la única que atraviese la división entre penitente y confesor.

Lejos de cualquier sensación claustrofóbica, el sistema de ventilación y la luz del interior, sumados al color caoba que evoca reflexión y comodidad, suponen para quien acceda a buscar consuelo, perdón y respuestas en la confesión encontrarse a salvo de posibles indiscreciones durante el desarrollo de este acto de honestidad y penitencia.

Marité Carcacía continúa respondiendo preguntas en el recinto al que ha entregado cuatro décadas. La vulnerabilidad del templo ha cambiado, luego de instalar rejas en sus ventanales, reforzar con carpintería metálica en la puerta principal, más una alarma en caso de que alguien intente acceder para profanar el sagrado espacio de las comuniones. La celadora antes de despedirse repasa el sitio donde su entrega desinteresada se traduce en orden y limpieza. Marité, hasta la próxima misa, cierra la Capilla de San Lázaro para que esta regrese a su normalidad de silencio.

Recinto interior de la Capilla de San Lázaro
Recinto interior de la Capilla de San Lázaro | Miguel Ángel

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