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MEMORIAS DEL MAGALLANES HALLADAS
Casi setenta años después del desguace del Magallanes, insigne vapor-correos de la Compañía Trasatlántica Española, botado a los océanos en 1927, aparece, nada menos que en Ourense, una de sus bitácoras de enfermería que cubre desde 1935 a 1942, siete años decisivos para España y toda Europa. Se trata de un valioso documento histórico cuyas páginas contienen un testimonio inusual de la época: la vida en altamar vista desde el prisma de la enfermedad, la muerte y las contingencias extremas. Esta memoranda de cartoné rojo, tamaño cuaderno estándar, atraviesa un túnel de tiempo singular: la Guerra Civil Española y la primera mitad de esa Segunda Guerra Mundial que entonces se creyó definitivamente ganada por la Alemania Nazi.
Todo cuanto aparece escrito en sus noventa y ocho páginas numeradas, se escribió lo mismo en alta mar, que en los puertos de Barcelona, Bilbao, Vigo, Ferrol, La Guaira, La Habana, Nueva York, o la lejana Canakkale en Turquía. Quien hojea el manuscrito experimenta la sutil electricidad de lo excepcional. ¿Cómo es posible que ese amasijo de páginas, escritas con una caligrafía desigual y tambaleante, pueda ser testigo de tanta historia? Es imposible leerlo sin el temblor de la emoción: la bitácora de enfermería del Magallanes, a pesar de sus múltiples folios con la anotación recurrente “Sin novedad”, funciona, por la rareza de su relato, como un artefacto de ficción; llamémosle una novela con centenares de desenlaces inferidos y misterios sin respuesta.
En el año 2015, José Carlos Castro, dueño de la tienda de antigüedades A Cova da Meiga, recibió una llamada como una más de las tantas atendidas durante el primer año de su negocio. “Una de las hijas del Dr. José Eire, nos llamó para ofrecernos vaciar el piso que había pertenecido a su padre, y que llevaba muchísimos años cerrado, tras la muerte del médico. El interior era una cápsula del tiempo. Todo lo que vimos resultó de nuestro interés, y por tanto, cerramos trato. En el despacho apareció esta bitácora, por ejemplo. Primero la llevamos a casa, y luego vimos que realmente un valor comercial tal vez no tenía, pero sí un gran valor histórico; estamos hablando de un barco como el Magallanes que fue uno de los más importantes de los años 20 y 50, construido por la Compañía Transatlántica Española, por mandato de Primo de Rivera. Fue fascinante ver lo que pasaba en el mar, el embalsamamiento de personas fallecidas, tratamientos, desembarques, muchísimas cosas que parecen sacadas de un guión de cine, sucesos no explícitos que están directamente conectados con la época, y cuyas motivaciones pueden leerse entre líneas. Yo quedé tan fascinado que decidí no ponerlo en venta, lo tengo en casa para mi deleite personal”.
El curioso registro sanitario del vapor correo Magallanes, en el cual realizaron sus anotaciones seis médicos, abre de este modo: “Sábado 23 de noviembre de 1935. Salimos de Barcelona a las diecisiete horas sin novedad para Valencia. A las ocho de la noche asisto en la enfermería con síntomas de asfixia (incendio) a los pasajeros de 2ª Cámara Josefina del Valle, 7 años de edad, Carlos del Valle, 5 años de idem, Sofía del Valle, 2 años de edad. María de la Paz Rodríguez, 40 años de edad, pasajera de 3ª Clase, de nacionalidad colombiana, y los tripulantes José Martínez Serrano y Fernando Irasla Moulian, camareros, y el marmitón José Crespo Fernández, todos de pronóstico reservado. Por la madrugada mejoran todos y ahora duermen. Día veinticuatro de noviembre entramos en Valencia a las siete de la mañana”.
Es el doctor J. Campuzano quien firma la anotación. Durante los primeros 44 días de viaje, se describen cuadros de congestión cerebral, síntomas de asfixia, análisis de orina y heces, aislamiento por tuberculosis, colitis disentérica, cólico hepático, caquexia cancerosa, síndrome de insuficiencia coronaria, abortos espontáneos, perturbación mental, funerales en el mar, todo un fresco de los males terrestres concentrados en un espacio reducido para los pobres y la fuerza de trabajo de la embarcación.
La bitácora detalla incidentes médicos, medidas sanitarias y movimientos del buque, proporcionando una instantánea de la vida a bordo y las prácticas médicas de la época, además de indicios sobre posibles judíos escapando del nazismo en la ruta Bilbao-Nueva York. Se intuye por los apellidos y orígenes: alemanes, franceses, checos, casi todos con descomposiciones estomacales y perturbaciones psíquicas, cuadros somáticos propios del miedo.
Un incidente digno de mención es el alejamiento sospechoso del barco el 25 de junio de 1937, desviándose desde Cartagena hasta la lejana Canakkale en Turquía. El doctor Márquez registra que al salir del puerto tuvieron una colisión con el vapor italiano Capo Pino, resultando este hundido. Al llegar a Estambul, el buque fue retenido por las autoridades turcas hasta la primavera de 1940, momento en que España logró su regreso a aguas nacionales.
José Eire, a sus 59 años, prestará dos años y seis meses de servicio a bordo del Magallanes, desde junio de 1940 hasta noviembre de 1942. Fue el médico que más tiempo continuo estuvo a cargo del vapor. El último registro que se conoce de su actividad profesional es una factura por embalsamamiento emitida por la Compañía en 1950. Tras su jubilación, según cuentan sus vecinos, pasaría el resto de sus días en su casa de la calle Cervantes 1, hasta su deceso a los 81 años, el 3 de abril de 1963. Tan solo cinco años antes de la muerte del Dr. Eire, el Magallanes había sido llevado al desguace de Santurce, en el País Vasco. Una de sus bitácoras, la única de cuya existencia se tiene noticia, descansa en manos ourensanas. Por encima del olvido, ha triunfado la memoria.
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