Evadirse del hechizo digital
TENSAR EL ARCO
El futuro lejano de las grandes novelas distópicas ("1984", "Un mundo feliz", "Fahrenheit 451") es ahora nuestro presente. Aldous Huxley lo anticipó en una entrevista televisiva en 1958: “Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre”. No conozco a nadie que haya logrado evadirse por completo del hechizo digital, todos estamos atentos a notificaciones, a mensajes, muchos tenemos la sensación de estar perdiéndonos algo, de no ver el mundo “en tiempo real”. Y esto nos inflitra una ansiedad crónica que desemboca en depresión y pérdida del sentido vital.
Los móviles se han convertido en prótesis de identidad y fuentes de estrés crónico para una adolescencia sobresaturada de estímulos digitales
A principios del mes pasado, se hizo muy popular en toda España la iniciativa Off February, que lanzó el reto de vivir 28 días con las apps de redes sociales desactivadas en nuestros nuestros teléfonos. Muchos no soportaron la abstinencia de estímulos y recompensas inmediatas. Sé de casos que no pudieron rebasar un día sin el suero digital, y abandonaron inmediatamente el reto. Lo curioso es que una campaña que apostó por crear sentido y presencia, terminó convirtiéndose en un alarde de aguante, en una métrica estimuladora del mismo consumo que pretendía disminuir. No se trata de competencia social, sino de una urgencia de sentido. Y son, desde este punto de vista, nuestros adolescentes quienes llevan la peor parte, con crisis de pánico y taquicardias cuando no tienen a mano sus móviles, que lejos de ser para ellos herramientas, se han convertido en prótesis de identidad y fuentes inagotables de estrés crónico.
La disminución del tiempo de pantallas no debe entenderse como un rechazo a la tecnología, sino como un acto de higiene mental y recuperación de las funciones autorregulación y bienestar. De esta caverna digital, habrá de sacarnos lo mismo que nos hizo abandonar las primeras: el intercambio de palabras reales, de gestos significativos, la necesidad de mirarnos la forma y el color de las pupilas a plena luz, sin artefactos mediadores.
Urge, por nuestro bien, disminuir la sobreestimulación digital. Es la única forma de reactivar las estructuras de pensamiento profundo y la capacidad de atención sostenida. Allá afuera nos espera la vida, cruda y preciosamente real, sin pantallas, sin algoritmos.
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