Elena Orbán superó la anorexia y ahora compite en powerlifting: "Le dijeron a mi madre que se me iba a parar el corazón"

LUCHA CONTRA LOS TRASTORNOS ALIMENTICIOS

La ourensana Elena Orbán superó con esfuerzo una anorexia en la que estuvo sumida durante su adolescencia. Ahora disfruta de una relación sana con la comida y el deporte, con una madre coraje que descansa tranquila después de un largo proceso.

Publicado: 01 dic 2025 - 06:05 Actualizado: 01 dic 2025 - 13:41
La ourensana Elena Orbán tras superar la anorexia | Pablo Verdeal

Las enfermedades mentales no muestran heridas abiertas ni se evidencian con un yeso que indique dónde duele. Comentarios de su entorno, comparaciones o "la barriguita" llevaron a Elena Orbán (Ourense, 2000) a un agujero negro del que consiguió salir. Su superación y esfuerzo luce ahora con orgullo tatuado en unas carnes propias que años atrás fueron su peor enemigo.

En la parte posterior de su cuello se puede ver un emblema cargado de simbolismo: el de la recuperación de la anorexia. “Me lo tatué en el momento que consideré que salía de eso, aunque no llego a creer en la recuperación total”. Unos trazos que cuentan una historia sin la que no se entendería la persona que es hoy.

El comienzo de la caída

Los primeros síntomas llegaron en plena adolescencia. Relata que fueron “varios factores”, pero recuerda especialmente la presión social. Modelos extremadamente delgadas, compañeras más ligeras o comentarios inocentes que no lo eran tanto. Hubo uno en concreto que se le quedó clavado: “¡Ay, la barriguita!”.

Un cambio físico forzoso cuyos primeros resultados fueron la tormenta perfecta para ahondar cada vez más en el pozo. “A medida que yo iba bajando de peso, la gente me lo notaba y decía: '¿cómo hiciste?', y ahí la obsesión se triplicó y fue caer y caer”, recuerda.

La evolución de Elena con el paso de los años
La evolución de Elena con el paso de los años

Lo que parecía un simple cambio físico se convirtió en el epicentro de su vida. A los 16 años ya estaba atrapada: “Mi vida giraba en torno a la comida, al deporte, a la obsesión. No quería salir con amigos, solo quería estar encerrada en casa. Mentía, le daba la comida al perro, hacía de todo para encerrarme en ese mundo”.

Su cuerpo comenzó a echar en falta la gasolina que necesitaba. Elena pasaba los días cansada, “sin energía”, y comenzaba a pagarlo: “Me desmayé varias veces; una de ellas fue mientras estaba en clase de inglés… abrí los ojos y me desperté en el hospital", rememora.

En medio de toda esta situación, no veía la realidad: “Aunque yo estaba en los huesos, yo me veía supergorda”.

El espejo, un enemigo deshonesto

“Mi madre me sacaba fotos y me decía: “Elena, mírate, ¿no ves cómo estás?””

La distorsión fue tal que le parecía que "todo el mundo estaba gordo". En casa, la hora de sentarse a comer era un suplicio por el cual “solo lloraba”, y cuando se ponía frente al espejo, su realidad era muy distinta a la de los demás. “Mi madre me sacaba fotos y me decía: 'Elena, mírate, ¿no ves cómo estás?' Y yo lo veía… pero después ya no lo veía cuando me ponía frente al espejo”.

Dormía apenas una hora al día y la poca energía que tenía la empleaba en quemar lo que acababa de comer. “Mi madre me llegó a atar a la cama para que yo no saliera a caminar después de comer”, recuerda.

La ayuda llegó por fuerza bruta

“Hablaron con mi madre y le dijeron 'la vamos a ingresar, porque como siga así un día se le para el corazón, se te muere y no lo cuenta'”

El cuerpo de Elena llegó a su límite. Acudía a revisiones médicas repetidamente, hasta que un día los médicos dijeron basta. Fue en el Hospital de Conxo, en Santiago de Compostela, donde “me dijeron: “no te vas de aquí”: “Hablaron con mi madre y le dijeron 'la vamos a ingresar, porque como siga así un día se le para el corazón, se te muere y no lo cuenta'”.

No sin pataletas ni lloros, Elena se quedó esa noche ingresada en el centro, pero no fue hasta un segundo ingreso cuando su cabeza hizo clic. A las “amenazas” de ponerle sondas o pincharle esteroides se sumaron comentarios que le marcaron hasta hoy: “Alguien muy cercano me dijo: 'tú eres una inútil, te vas a morir'. Me tocó el corazón, pero quise darle en los morros y supe que iba a salir de esta”.

Un pacto con su madre

En todo este camino aparece con un papel crucial el nombre de Marta, su madre. Una mujer que veía cómo su hija se apagaba pero que no dejó de pelear a su lado: “Fue mi mayor apoyo, me pagaba psicólogos, entrenadores, dietistas… Le prometí que si me dejaba hacer deporte me iba a recuperar”. Y lo hizo.

Pese a ello, durante años la comida fue su enemiga. Elena cuenta cómo en el proceso no veía alimentos, sino que “la mente solo ve calorías, grasas, el aceite con el que se frieron esas patatas… A mí me temblaba el cuerpo”.

Fueron ocho años de escalada hacia la luz para que hoy tenga una relación sana con la comida: “Entiendo que se puede comer de todo, moderadamente, sin miedo. Me interesé tanto que ahora estudio nutrición”.

De estar “en los huesos” a competir en powerlifting

La relación con el ejercicio también se transformó y se convirtió en su aliado contra la anorexia. Mientras que antes utilizaba el deporte para perder más peso, ahora su objetivo es ganar masa muscular y, por supuesto, salud. Fue una parte fundamental para dejar atrás la anorexia: “Empecé con un entrenador personal de manera controlada, con una persona al lado siempre. Una vez fui ganando peso, me apunté sola a un gimnasio”, aunque su madre, al principio, iba con ella por temor a una recaída, puntualiza.

Ahora Elena vive una vida sana, entrena a diario y hasta ha llegado a competir en powerlifting, una modalidad que consiste en competir contra otras personas pafa ver quién es capaz de levantar más peso muerto. Todo ello con una madre “mucho más tranquila” y con ella volviendo a ser dueña de su cuerpo y de su vida: “Recuerdo que cuando me ingresaron pesaba 38 kilos. Yo mido 1,70, y ahora peso 64, casi el doble”, cuenta con una sonrisa en la cara la “mujer terremoto” que estudia, trabaja entrena… y se sabe “siempre supersana y muy contenta”.

Un mensaje para quien esté en el proceso

Las redes sociales, algunos medios y el propio entorno fueron un factor fundamental para que Elena Orbán pasara una dura y larga enfermedad. Hoy se despide dirigiéndose a aquellos adolescentes como ella fue que se topen con esta entrevista: “Me gustaría decir que el cuerpo siempre hay que utilizarlo para vivir, tú no tienes que vivir para el cuerpo. Al final, ¿qué determina la estética de una persona? No determina nada. Si tú no eres funcional, ¿para qué te va a valer tener un cuerpo delgado que, además, por experiencia propia, no se ve ni bonito? Es duelo muy duro, parece muy fácil de salir y mil veces me dijeron 'la solución es muy fácil, come'. No es fácil, pero se sale”. Así lo demuestra ella con el relato de quien lo ha conseguido.

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