Ernesto Romero, el guardián de un cine que se pierde

ÚLTIMO PROYECCIONISTA

Ernesto Romero, dueño del Novocine Leiro, ha reunido durante décadas proyectores, carteles, fotografías y recuerdos evitando que el paso del tiempo se los trague. Además, mantiene abierto un cine que es referencia para toda la provincia.

Ernesto Romero, con el proyector del antiguo cine de Leiro. A su izquierda, algunos de los cien gramófonos que integran su colección.
Ernesto Romero, con el proyector del antiguo cine de Leiro. A su izquierda, algunos de los cien gramófonos que integran su colección. | José Paz

En el Novocine Leiro hay dos cines. Uno sigue encendiendo la pantalla cada fin de semana. El otro comienza al subir las escaleras que conducen a la vivienda de Ernesto Romero. Allí no se proyectan películas, pero sobreviven centenares de historias. Más de cien gramófonos comparten espacio con proyectores antiguos, cámaras fotográficas, carteles y todo tipo de objetos rescatados y restaurados.

Presidiendo la colección, aparece una maqueta del antiguo cine de Leiro, construida por él mismo a partir de recuerdos, fotografías y medidas tomadas durante años. Es el resultado de toda una vida guardando aquello que otros fueron olvidando.

Maqueta del antiguo cine de Leiro, realizada a escala.
Maqueta del antiguo cine de Leiro, realizada a escala. | José Paz

Entre esos enseres, destaca también una colección vinculada a Cuba, país al que emigró parte de su familia. Objetos traídos de la isla comparten espacio con el resto de un legado que mezcla historia familiar y memoria cinematográfica. Todo parece responder a una misma necesidad: conservar. “Fun gardando cousas toda a vida”, explica Romero.

El Novocine de Leiro abrió en 1983. Hoy es de los pocos cines independientes que quedan abiertos en toda Galicia

A sus 73 años, no solo mantiene abierto uno de los últimos cines independientes de Galicia. También se ha convertido, casi sin proponérselo, en el guardián de una memoria que desaparece poco a poco. Cada objeto tiene una historia. Cada fotografía remite a un recuerdo. Cada cartel recuerda a una época en la que ir al cine era mucho más que sentarse frente a una pantalla.

Esa idea atraviesa toda la vivienda. Romero guarda entradas, programas de mano, fotografías, carteles y muchas historias. Conserva incluso una lista de más de un millar de títulos proyectados o vistos a lo largo de su vida. Lo hace porque sabe que buena parte de aquel mundo ya no existe ni volverá a existir. “Nunca pensei que todo aquilo puidera desaparecer”, admite al recordar las salas donde trabajó y aquellas otras que fue viendo cerrar a su alrededor con el paso de los años.

Su propio relato comienza siendo un niño. Nacido en la parroquia de Lebosende en 1952, recuerda perfectamente la primera película que vio. Fue “Ben-Hur”. Tenía once años y bajó caminando “uns dous quilómetros” hasta Leiro después de que el cura recomendase desde el púlpito acudir a verla. Sin embargo, el momento que cambió su vida llegó poco después, cuando un compañero de instituto, hijo del empresario que explotaba el antiguo cine de la localidad, le enseñó la cabina de proyección.

El descubrimiento

Hasta entonces solo veía una luz salir desde el fondo de la sala. Aquella tarde descubrió el proyector, las bobinas, los engranajes y el mecanismo que hacía posible la magia. “Parecíame algo marabilloso”, recuerda. La fascinación fue inmediata. Empezó a acudir todos los domingos, primero como observador y después ayudando en las proyecciones. “Estaba desexando que chegase ese día para marchar para a cabina”, rememora.

Colección de artículos de Cuba de Ernesto Romero.
Colección de artículos de Cuba de Ernesto Romero. | José Paz

Aquella afición acabó convirtiéndose en profesión. Obtuvo el carné de operador cinematográfico y pasó por varias salas hasta llegar a Vigo, donde trabajó durante casi una década en el Teatro García Barbón. Allí conoció desde dentro una época irrepetible. Por el escenario pasaban compañías nacionales e internacionales, artistas, orquestas y espectáculos de todo tipo. “Foi unha época que recordarei toda a vida”, destaca.

Pero mientras desarrollaba su carrera, nunca abandonó la idea de devolverle el cine a Leiro. Cuando regresó del servicio militar encontró cerrada la sala donde había aprendido el oficio. Intentó hacerse con ella, pero las negociaciones no prosperaron. Entonces decidió emprender una aventura todavía más ambiciosa. Convenció a su padre para construir un cine nuevo desde cero. No era precisamente el mejor momento para hacerlo. Muchos empresarios comenzaban a cerrar salas y el sector ya mostraba síntomas de agotamiento. “O meu pai pensaba que estaba equivocado”, recuerda.

Aun así, siguió adelante. Compró un terreno, consiguió los permisos necesarios y levantó un edificio concebido desde el principio para albergar un cine en la planta baja y una vivienda encima. El Novocine Leiro abría sus puertas en mayo de 1983.

La apuesta sobrevivió a los videoclubes, a la llegada de las televisiones privadas, a internet y posteriormente a las plataformas de vídeo bajo demanda. Hubo momentos complicados. A comienzos de los años 2000 llegó incluso a cerrar temporalmente. Pero Romero nunca dejó de buscar fórmulas para mantenerlo vivo.

Las tres dimensiones

Probablemente, la decisión más arriesgada que tomó llegó en 2009. Aquel año decidió invertir cerca de 50.000 euros para incorporar la tecnología 3D. “Houbo xente que me dixo que estaba tolo”, cuenta entre risas. El desembolso era enorme para una sala de sus dimensiones y fue obligado a pedir un préstamo. Durante meses convivió con la incertidumbre. Poco después llegó “Avatar”.

Ernesto Romero, a la derecha, en la sala del Novocine de Leiro.
Ernesto Romero, a la derecha, en la sala del Novocine de Leiro. | José Paz

Lo que ocurrió entonces todavía le sorprende. Durante semanas comenzaron a llegar espectadores de toda Galicia. Familias enteras viajaban desde Vigo, Ourense, O Carballiño, Ribadavia o A Cañiza para ver una película que apenas podía disfrutarse en otros lugares en tres dimensiones. Las televisiones nacionales se interesaron por el fenómeno y el nombre de Leiro apareció en informativos de todo el país. “Chegaba xente de todas partes”, recuerda aún sorprendido casi dos décadas después.

Sin embargo, al escucharle hablar resulta evidente que su verdadera pasión no está únicamente en proyectar películas, sino en conservar su memoria. Durante décadas ha ido reuniendo objetos, fotografías antiguas, entradas, programas de mano y proyectores. Entre las piezas que más aprecia figura la maqueta del antiguo cine de Leiro. La construyó después de años tomando medidas, recopilando imágenes y reconstruyendo detalles. Las butacas fueron reproducidas mediante impresión 3D. “As proporcións son exactas. Incluso a iluminación reproduce a orixinal”, comenta orgulloso.

Más que un aficionado, parece un archivero empeñado en rescatar un mundo que se desvanece. Quizá sea la mejor forma de entender a Ernesto. Mientras el tiempo va borrando salas, carteles y recuerdos, él dedica buena parte de su vida a conservarlos.

En la planta baja de su vivienda, el Novocine Leiro sigue proyectando estrenos cada fin de semana. Una referencia para la provincia que se resiste a ser cercenada por el paso del tiempo. Arriba, entre gramófonos, discos y piezas de museo, sobrevive el otro cine. El que Ernesto Romero lleva más de medio siglo empeñado en mantener vivo.

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