Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
Polvo en el viento
UN CAFÉ SOLO
No sé cuándo le nació la vocación. O si fue la necesidad lo que le golpeó. O quizás sintió la obligación de tener que hacer algo. Probablemente fueron las tres cosas enlazadas las que crecieron en él hasta que pudo ser. En ese tránsito seguramente se cruzaron varios caminos que le ofrecieron vías muy distintas para afrontar el futuro asignado por nacimiento. No sé si tuvo dudas o si anduvo y desanduvo muchos trayectos. Fuera como fuese, al final llegó al destino que buscaba: ser médico. Desde ese punto de partida mantuvo vivo su juramento de salvar vidas y curar heridas hasta que ya no le dejaron. Hasta que todo desapareció bajo escombros, muerte y dolor.
Nunca he creído en héroes o heroínas de capas largas, escudos mágicos y poderes sobrenaturales que intentan salvar al mundo de malísimos seres que no tienen jamás compasión. Hasta que vi a un hombre desprovisto de armas secretas y habilidades sobrehumanas, seguramente con miedo, ataviado con una bata blanca, caminando entre la destrucción más absoluta hacia un tanque militar que lo engulló hasta hoy.
En la imagen que recorrió el mundo y que todos pudimos ver, el doctor palestino Abu Safiya se entregaba tras el asalto al Hospital Kamal Adwan, en el norte de Gaza. Ya no quedaba nada en pie, salvo la dignidad de todo el personal sanitario que decidió resistir hasta el final para no abandonar a quienes tanto les necesitaban, a pesar de haber tenido la oportunidad.
Esa instantánea congelada en el tiempo se me quedó grabada en la retina y reaparece a menudo. Hay muchas más y puede que más impactantes. Lo sé. Hay miles de personas destruidas, asesinadas y encarceladas. No lo ignoro. Pero hay imágenes que, a veces, te cuentan todo sin mostrar mucho. Lo suficiente para que nunca puedas decir que no sabías. Bastante para que entiendas que hay justificaciones que no existen. Demasiado para comprender que el mundo sigue sonando bajo directores que no escuchan y no paran, aunque la música esté desafinada y solo sea un rugido. La orquesta de la que todos formamos parte no parece tener intención de parar, como en el Titanic, hasta el hundimiento completo.
Escucho la vieja canción de la banda estadounidense Kansas: Todo lo que hacemos /Se desmorona en el suelo, aunque nos negamos a verlo/ Polvo en el viento/ Todo lo que somos es polvo en el viento/ No te aferres/Nada dura para siempre, excepto la tierra y el cielo/Y todo tu dinero no te comprará un minuto más/Polvo en el viento/Todo lo que somos es polvo en el viento”. Deberíamos tenerlo siempre presente y hacer todo lo posible para que, antes de volver a ser la nada, nuestra vida y el mundo puedan girar con justicia y humanidad.
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