Abandonar Ourense e ir a estudiar a otra provincia supone 8.000 euros por curso

PRESUPUESTO PARA LA VIVIENDA

La precariedad de los pisos y sus precios en Santiago impulsa a los estudiantes a ir y venir cada día

Usuarios en la estación de tren de Ourense se marchan hacia otras provincias.
Usuarios en la estación de tren de Ourense se marchan hacia otras provincias. | MARTIÑO PINAL

La gratuidad de las matrículas universitarias en Galicia gracias a la Xunta ha supuesto un indudable alivio económico para miles de familias. Sin embargo, para los jóvenes ourensanos que se ven obligados a desplazarse a otras ciudades de la comunidad para cursar sus estudios, la factura anual se dispara.

Afrontar un grado fuera de casa supone un desembolso que ronda los 8.000 euros por curso, un presupuesto absorbido casi en su totalidad por la vivienda (entre 300 y 450 euros mensuales) y la cesta de la compra (entre 200 y 250 euros mensuales), aunque puede bajar ligeramente si el destino es a ciudades como Lugo o Pontevedra, frente a lo que se puede encontrar en A Coruña, Vigo o Santiago. A eso hay que sumar los suministros de luz, agua, wifi (unos 40 o 60 euros), el transporte que ronda los 50 euros al mes y entre 100 y 150 euros para ocio y extras personales.

Viviendas que “dan miedo”

En este sentido, el verdadero filtro para acceder hoy en día a la educación superior ya no se encuentra en las tasas académicas, sino en la odisea de conseguir un alojamiento digno. No se trata solo del precio por apartamento, también del estado en el que se encuentran dichos inmuebles. Lucía Lima, una joven ourensana que estudia en Santiago de Compostela, cuenta que la falta de opciones viables le hizo empezar su etapa universitaria de forma poco habitual. “El primer curso fui y vine todos los días porque los pisos daban miedo, y no conseguí ningún piso en el que me atreviera a vivir tal y como estaban”, señala.

En su búsqueda se encontró con “opciones llenas de humedades, muebles antiquísimos, algunas habitaciones apenas sin ventanas y muy pequeñas”. A esto se suma la falta de confort térmico y acústico: “Las paredes son todas de papel, no había aislamiento”.

La altísima demanda fomenta una creciente picaresca. Lucía cuenta que algunos arrendadores “convierten el salón del piso en habitación y dejan al grupo de estudiantes sin él para poder meter a una persona más”. La especulación llega al extremo de “aprovechar bajos de la zona vieja que están como si fuera un garaje; no tienen ventilación porque no hay ventanas”.

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