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RESISTENCIA ANTIMICROBIANA
Mientras los hospitales y centros de salud alertan del aumento de resistencias bacterianas a antibióticos, una parte esencial del problema se juega lejos de las consultas: en los animales, en el suelo y en el agua. Esa mirada más amplia ha centrado esta semana las séptimas jornadas sobre resistencia antimicrobiana organizadas por el Campus Auga, un encuentro que reúne a investigadoras que recuerdan que las bacterias no entienden de fronteras entre humanos, animales o ecosistemas.
“Todo está conectado. Si los microorganismos resistentes están en el ambiente, pueden volver a los humanos”, explica María José Pérez, del área de Microbiología de la UVigo. Para ella, el gran reto es comprender ese círculo completo: los antibióticos que consumimos -y que toman los animales- no desaparecen, viajan por el entorno. “Cuando los excretamos, llegan al agua o al suelo, y allí se seleccionan bacterias resistentes que pueden transmitirse a otros lugares”
Ese fenómeno explica por qué comer una hortaliza mal lavada puede convertirse en una vía inesperada a la resistencia. “Si en la tierra hay microorganismos resistentes por el uso previo de antibióticos en animales, pueden llegar a nuestras microbiotas y transferir esos genes”, apunta Pérez. Una transferencia silenciosa que la OMS describe ya como uno de los mayores riesgos sanitarios del siglo XXI.
El enfoque que atraviesa gran parte de la investigación actual es el llamado One Health (Una Sola Salud), promovido por la OMS y la Unión Europea, que parte de una idea decisiva: la salud humana, la salud animal y la salud del medio ambiente forman un único sistema interconectado. Lo que ocurre en una explotación ganadera o en un río termina afectando a las personas, y lo que sucede en hospitales, ciudades o industrias repercute también en los ecosistemas naturales.
One Health obliga a “romper compartimentos estancos” y trabajar con médicos, veterinarios, microbiólogos, farmacéuticos y expertos ambientales como un mismo equipo. Como resumen las investigadoras, es la única manera de entender por qué un problema aparentemente clínico -la resistencia bacteriana- nace y se multiplica en gran parte fuera de los recintos hospitalarios.
En este contexto, la investigadora Ainhoa Lucía Quintana recordó que Europa marca objetivos claros para 2030: reducir un 20% el consumo humano y limitar al máximo los antibióticos críticos en veterinaria, especialmente en sectores con más presión de uso. “Se controla todo: recetas oficiales, privadas, hospitalarias, los residuos en agua y la presencia de genes resistentes en el medio ambiente”, explicó
Una de las líneas más prometedoras llega desde la biotecnología gallega. Sandra Sánchez presentó el proyecto europeo NeoGiANT, que busca alternativas naturales a los antibióticos en animales de granja. Su trabajo parte de un residuo tan cotidiano como el bagazo de la uva. Los ensayos muestran formulaciones capaces de sustituir antibióticos en usos críticos, como la conservación del semen en ganaderías intensivas o ciertos tratamientos veterinarios. Una vía que podría reducir de forma real la necesidad de antibióticos y cortar la cadena de aparición de resistencias.
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