Nacho Rodríguez, talento ourensano tras la hostelería madrileña

El empresario Nacho Rodríguez repasa su trayectoria, desde niño estigmatizado en su Ourense natal, hasta convertirse en empresario de éxito en la hostelería madrileña donde levantó icónicos locales en barrios como Malasaña.

Nacho Rodríguez posa para el fotógrafo.
Nacho Rodríguez posa para el fotógrafo. | La Región

Con un instinto innato para los negocios y presentes sus raíces en la tonada del Sacristán de Coimbra, Nacho Rodríguez, nacido y criado en nuestra tierra lleva dos décadas levantando exitosos proyectos de restauración en la capital.

Manuel Ignacio Rodríguez Rodríguez nació en pecado en enero de 1982, hijo de madre soltera en una Ourense conservadora, en la que la ley del divorcio de julio del 81 parecía que no acababa de llegar. “Fui sin saberlo un ‘al margen’ desde mi propio origen”, comenta.

Su infancia discurrió entre Pereiro de Aguiar y el centro de la ciudad, estudiante de buenas calificaciones y pocos esfuerzos del instituto de As Lagoas y del colegio Concepción Arenal.

Los que lo conocen desde niño dicen que siempre ha tenido un don especial para hacer que los demás se sientan a gusto, que es generoso y gran anfitrión. Él cuando se describe no repara en estas bondades, y se considera excéntrico y de intereses múltiples. “¿Me estoy poniendo intenso?”, pregunta por teléfono, nos lo imaginamos entornando los ojos bajo el borsalino que acostumbra llevar. “Acumulo una exhausta biografía de rarezas”, confiesa.

Del Ourense de un tiempo recuerda verbenas y jacarandas adolescentes por los vinos, cantando o Sacristán de Coimbra, alternadas con los insultos propios de una época en la que el estigma de ilegitimidad y la homofobia estaban aún arraigados social e institucionalmente. Recordemos que hasta el 17 de mayo de 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) no eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales.

Hoy ha dejado todo eso atrás y es un hombre felizmente casado y padre de dos pequeños. “La cosa más difícil e interesante de todo cuanto figura en mi biografía”, afirma.

Derecho por periodismo

Ignacio Rodríguez, aspiracionalmente “de Padrón, el apellido de mi abuela materna”, más conocido como Nacho, llegó a Madrid en el año 2000 donde empezó a estudiar Derecho y Economía. Pronto, no obstante, se cambió a periodismo. “La economía me parecía aburrida”, comenta, el hoy empresario. En la época no existían en Galicia estudios combinados y además él tenía claro que quería irse a la capital. “Era una marica de provincias con ganas de salir de un entorno opresor”, derrocha Nacho humor e ironía.

Pronto empezó a trabajar como redactor en una revista de moda y tendencias llamada Punto H, pero la abandonó porque una vez más se sintió decepcionado por las frivolidades del ambiente y los más y los menos del negocio de la información.

Sin rumbo pero con ganas de hacer camino empezó a trabajar en una pizzería, un sitio muy divertido que estaba en Malasaña y que le quedaba a mano. “Mentí, dije que tenía experiencia”, comenta. Que levante la mano quien no haya enredado alguna vez con sus méritos y valías.

“Me enamoré del cocinero... después me fui a Formentera a hacer el hippie y viví meses en un árbol al lado del playa...”, relata.

A un cierto punto se cansó de trabajar para otros, y decidió montar un espacio en Madrid con varias socias, en el barrio de Conde Duque. “La cajita de Nori, una experiencia muy bonita pero al ser un café-restaurante con terraza trabajábamos muchísimo”, comenta.

Inquietudes

“Siempre he sido una persona con inquietudes, así que empecé a formarme en lo de la gestión hostelera”, explica. De ahí surgió un segundo espacio en el mismo barrio. Llegó la pandemia y todo se colapsó; Nacho se rehizo de sus cenizas con un nuevo local, llamado Maricastaña, en el barrio de Malasaña. “Fuimos muy pioneros porque aplicamos muchas tendencias de cocina internacional, y además fue el primer restaurante que decoró Madrid in Love (MIL Studios)”, un estudio de arquitectura muy famoso. “Fue muy bien pero lo vendí el año pasado... los lugares tienen un fin”, comenta.

Dry Martina fue su siguiente proyecto de restauración en el barrio de las Salesas de la mano de MIL Studios. “Un petardazo, salimos en todas partes... nos hicieron una oferta fantástica el grupo Larrumba, del hijo de Aznar, lo vendimos en el mejor momento”, explica. De ahí se fue Nacho con la música a otra parte.

Se percibe que Nacho no mira mucho el dinero aunque lo mente; amigos y conocidos acreditan que siempre tuvo detalles para los ourensanos como él en sus locales. “Si necesitas que hablemos ya, te puedo mandar un bizum de audio”, responde a la idea de entrevistarlo sin mucha conciencia de lo que dice. Debe de mandarlos a espuertas. Segundos después se retracta. “Estoy hecho una de esas señoras que confunden términos”, añade.

Lo siguiente fue “El Imparcial”, un restaurante en un palacete donde antiguamente tuvo su sede física el diario homónimo. En las rotativas de la parte trasera del edificio se construyeron a principios del XX los Cines Alba, donde se programaba cine clásico. Con el tiempo pasó a ser una sala de dos rombos y en los años ochenta un cine X, que se mantuvo hasta que lo cogió él entre el 2015 y el 2017, compitiendo con cadenas de supermercados que pujaban por el espacio. “Conseguimos hacer la Sala Equis, un sueño... me permitió dar un salto de la hostelería, que algún día en Madrid fue bonita y estimulante, a la cultura”, concreta.

La Sala Equis es un cine que tiene como motor económico El Imparcial, y a su vez es un espacio cultural de referencia en el centro de la capital. Allí se programan tres ciclos de cine mensuales, invitan a directores para coloquios y charlas, planifican todo tipo de encuentros y eventos, se prestan como espacio para video-arte, festivales cinematográficos... y en definitiva participan de uno u otro modo de los hitos culturales y artísticos que tienen lugar en Madrid.

Siguió Ignacio expandiendo sus tentáculos en otros barrios de la capital y en otros puntos de la geografía española como Formentera, aquel lugar que algún día le engatusó al punto de pernoctar bajo las ramas de sus plantas. “Error”, reconoce. “Convertí mi paraíso en un lugar de trabajo”, explica.

A día de hoy regenta los ya mencionados lugares y dos restaurantes más en Puerta del Ángel, un barrio tradicionalmente obrero y castizo que vive una gran transformación al estilo “Brooklyn madrileño”.

Nuevos proyectos

En cuento a proyectos en ciernes, tiene puesto el radar desarrollar una suerte de café cantante. “Era un espacio precursor del tablao en la época prefranquista, un lugar de varietés”, ilustra.

Reza la sinopsis de “Historia queer del flamenco” que en estos cafés pululaban figuras marginales del flamenco que no aparecían en los manuales habituales sobre este arte, y cuya ausencia daba una imagen distorsionada sobre quiénes, dónde y cómo se ha había a lo largo de su reciente historia.

“La idea sería arrancar el flamenco de lo guiri y devolverlo al underground... el proyecto está hecho, me falta un espacio y una oportunidad”, comenta el empresario mientras alza la mirada -y frota los dedos-, en llamada a la providencia -y a los cuartos-.

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