Yago López, lesionado medular tras un chapuzón: "Hay que pensar en el peligro, después no hay vuelta atrás"
GOLPE EN UNA PISCINA
Los tatuajes de Yago López Pérez dejan entrever su historia. Una fecha –22.06.2018– entre dos alas y una corona marca el día de un fatídico chapuzón. Una lesión medular le reta desde entonces.
A esa fecha tatuada le acompañan hasta otros seis lemas de superación por todo su cuerpo: “Carpe diem”, “Malo será” o dos manos entrelazadas, la suya y la de su hermano menor. Quiere contar lo sucedido para prevenir situaciones similares.
Yago inauguraba su verano del 18 cuando su vida giró. Un amigo le invitó a pasar la tarde en su piscina, en una finca cercana a Ourense. Saltó al agua y se golpeó la cabeza con el fondo. Perdió el conocimiento de inmediato. “Salté mal y rompí una vértebra, toqué la médula”, explica. Sus amigos le auxiliaron, fueron los primeros, “no sé ni cómo me sacaron del agua y me hicieron el boca a boca”. Conocía la piscina y “sabía que tenía poca agua”, pero cree que la mala suerte jugó también su papel: “Caí en mala posición”, reconoce.
De allí salió en helicóptero hacia el CHUO, en donde le sometieron a una operación. Él no se acuerda. Todo lo que relata sobre esos momentos es porque se lo contaron.
Tras las primeras valoraciones, ingresó siete meses en el hospital de A Coruña (CHUAC), en la Unidad de Lesionados Medulares de referencia en Galicia. El diagnóstico fue una paraplejia por una lesión en la cervical C6. “Obviamente a nadie le gusta escuchar lo que te dicen en esos momentos. No te esperas esa gravedad”, reconoce, “fue un golpe de realidad”. Su madre, Toñi, lo rememora con dolor y tristeza, “pero le vemos que está bien y es tan luchador que solo cabe seguir”, dice con gesto sereno.
Retomar su vida
Al volver a casa se puso como objetivo recuperar la máxima normalidad. Se incorporó al colegio Salesianos para terminar el bachillerato y luego cursó Educación Primaria. Hoy presume de haber finalizado un máster y ya piensa en las oposiciones para ser profesor.
La piscina tenía poca agua, salté mal y rompí una vértebra
Yago no culpa a nadie: “Si me pasó es porque tenía que suceder”. Y añade que sigue bañándose con normalidad en la piscina en la que sufrió el accidente: “Iré estos días otra vez”, apuntilla con una risa de medio lado. Como algo muy positivo, reconoce que no tiene dolor y, aunque lo más limitante es la falta de movilidad, no se resigna: hace ejercicio, retomó su vínculo con el fútbol como técnico de la Segunda Regional del Seixalbo, practica el bádminton y conduce su coche.
Su esfuerzo por minimizar las secuelas es permanente, pero sin la ayuda de María, su fisioterapeuta, y del equipo en su centro de rehabilitación, el avance no habría sido el mismo. “Necesito algo de ayuda”, dice mirando a su madre, “pero intento ser independiente”.
Sabe que su ejemplo es importante para los que le rodean. “Mi hermano ve lo que no debe hacer para que no le pase lo que me pasó a mí, aunque él no hace locuras”. Y cuando ve las fotografías de jóvenes saltando desde el Puente Romano que ha publicado La Región estos días, su reacción es rotunda: “¡Es un peligro! No son conscientes de lo que les puede ocurrir. Hay que concienciarles porque se pueden divertir igual sin arriesgarse. Hay que pensar en el peligro, después no hay vuelta atrás”. Su madre Toñi recalca: “¡Y recuérdales que no se tiren de cabeza, por favor!”.
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