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Luis Menor: “Un territorio pequeno pode pensar en grande”
LEMBRANZAS
Quizás me he pasado un poco con el título, ya que ni fue crimen ni era una casa. Hoy recuerdo una “terrorífica” historia de mi biografía: cuando, con cuatro años y siendo un “estudiante” de las Carmelitas, tuve que enfrentarme al difícil trance de que me pusieran una vacuna.
En fila india, pegados a la pared, todos los integrantes de la clase —de aquellas, más de 40 por aula— íbamos viendo cómo los “camaradas” que entraban sonrientes en ese portalón salían frotándose el brazo y, en muchos casos, llorando con un sobrecogedor desconsuelo.
Yo, que para esas cosas siempre fui muy mío, escapé (que, en esas situaciones, no es de cobardes) hacia la clase y me escondí debajo del faldellín de la mesa en la que nos “desasnaban” (o lo intentaban). Detrás de mí venía rauda la directora, que se había percatado de mi movimiento evasivo; metió la mano debajo de la mesa buscando, supongo, mis orejas u otra zona de la que jalar, pero se encontró con unos dientes que, aunque eran de leche en aquellos años, sirvieron para amedrentar a la buena señora.
El resultado final: mi madre fue quien me sacó de debajo de la mesa y, al día siguiente, antes de ir al colegio, hicimos una “parada técnica” en la Cruz Roja —de aquellas en la plaza de San Antonio (Fuente del Rey), en la trasera de la Diputación—. Allí, a traición y sin que lo viera venir, me pusieron la terrible “banderilla”.Ahora la amiga Pura me deja esta foto que despierta en mí el recuerdo de aquellos momentos de pavor... Aunque, fijándome bien, esa me parece la puerta del Trole (hoy, disculpadme, no sé cómo se llama...) y lo mío fue en la del Ego. ¡Uf, qué respiro!
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La portada de La Región de este jueves, 30 de julio