Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
Volkswagen escarabajo
Para los que a golpe de pedal asistido vagamos por esas innúmeras pistas y senderos de yerbas cubiertos entre los que puedes desequilibrarte por el efecto de alguna piña o algún guijarro arrastrado por las encalanadas pistas, tropezamos en las umbrías boscosas con esas miríadas de mosquitos que no cejarán si no aceleras más allá de los 15 km/h. Son nubes las que te acosarán por lo que más sufridores de la plaga los que transiten en musculares bicis. Los mosquitos, menos mal que no pican provocado escozor, se agolparán delante de tu rosto tratando de beber en tus lacrimales, salvo que te protejas con envolventes gafas. Una molestia que por este julio, agosto y septiembre te encontrarás de improviso a la sombre; cuando al sol, te irán abandonando. Acaso por esto, menos bikers te toparás, de los que sí numerosos los que han dado el paso a la de carretera por este tiempo.
Vagando pues en una matinal, antes de que el Sol en su cenit apretase, andaba por las alturas de San Cibrao, Rante, allá por los 400 metros: al paso por la capital municipal, campanas a misa sonaron; por Vilanova, dicha de Rante, para de sus homónimas diferenciarla; por O Penedo, casas rehabilitadas y alguna nueva fijaron población, aunque sospechamos que no de habitación permanente. De paso por encima de la autovía a Celanova, de escasa circulación para lo que en ellas se da; a tiro de piedra Outeiro; instan los mosquitos en la penumbra, pero menos cuando de paso entre el castro de San Marcos, tan citado en los cuentos do Ramón da Merca, y Castrelo, me deslizo por térrea pista que suave desciende a Froxas das Viñas, lo que invita a un descenso más prolongado a Rubillós, pero se me viene a la memoria visitar la tumba donde poco ha Ramón da Merca yace, aquel a quien pensamos que nos sobreviviría, desistiendo de la prolongada bajada allá donde el Arnoia se acompaña del canal do Ruca, que nunca llegó a uso pero que resta como obra a ser visitada. Pasada Corredoira doy en la parroquial y adosado cementerio de Vilar de Paio Muñiz, la capital parroquial, antes, y después de que A Merca cercana, nacida de ferial y tratantes, se convirtiese en municipal capital. Deambulo en tan radiante día que desvanece cualquier aprensión que una necrópolis produce. Busco la tumba del amigo, pregunto por ella a un mozo de paso, porque muchas alineadas, a ras de suelo, elevadas, en nichos hacen dificultosa la búsqueda, por demás infructuosa en una segunda pasada. Así que me voy recordado que hace días una estancia con sus llorosos deudos tuve. Lolo, el hermano, ese hombre grande que en apariencia insensible, echó algún callado llanto mientras que Rosiña, su cónyuge, me contaba los últimos momentos de quien dulcemente se fue sin molestar para rendir el hálito supremo allá donde nacido. Quien congregó en sus funerales más coronas que diez entierros y más personas que de tal gentío memoria en el lugar hubiere.
Mientras a la ciudad desciendo, cavilo qué va a ser de las piezas y útiles que Ramón fue coleccionando, de su revista Trato, de sus publicaciones en curso, de ese realismo mágico que sus aldeanos cuentos impregnan, del lenguaje o jerga de los músicos de A Mezquita. Acaso todo yazca en el desván de los olvidos.
Fue como retornar por Matosiños, aldea de menos abandono que años ha, con algún chalet de nueva planta, pasar por Bouzas donde más de una gallina a mi paso espantarse suele; transito dejando a izquierda Parderrubias donde pastar suelen al menos medio centenar de rubias vacas.
Los mosquitos no abandonan la escena; soy yo a cierta velocidad quien impide que revoloteen en torno a mi faz. Como ya no quedan cerezas, por caídas, o consumidas por los alados, no me paro y sigo hasta dejar la planicie y descender por o Pontón, o Regueiro de Barbadás, por la zona deportiva del concello, donde cabe al rio se preparan churrascos bajo el griterío de la chavalada en la vecina piscina; más adelante, el cansino paseo de algún humano bajo la umbría del parque de Os Patos; pocos por este estío permanecen allí donde ni los canoros emitirán sus trinos.
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