Ourense no tempo | Ourense y sus animales

LEMBRANZAS

Rafael Salgado ofrece otro viaje a través de los años con una nueva edición de Ourense no Tempo

El paso de los carros cargados con los bocoyes de vino tirados por tracción animal (1921).
El paso de los carros cargados con los bocoyes de vino tirados por tracción animal (1921).

No os preocupéis, esta entrada no es beligerante; de hecho, os advierto que voy a huir del chiste fácil. En la fotografía podéis ver una estampa que no resultaba extraña allá por los últimos años del siglo XIX: las señoras lavando la ropa en el río y un crío lavando al burro. Es curioso pensar que, de alguna manera, esa costumbre persiste: seguro que aún hoy se puede ver a alguien lavando el coche en alguna zona de la ribera.

Burros, bueyes, caballos, cerdos o gallinas... existen pruebas gráficas de la convivencia de estos animales (y algunos más) en el corazón de la ciudad. En Ourensenotempo ya han aparecido algunas anécdotas: desde la vaca que embarcaron para cruzar el Miño camino de la feria en el campo de San Lázaro, hasta la orden municipal de 1932 que prohibía dejar animales domésticos al libre albedrío por las calles. A esta última se sumó, en junio del 34, la solicitud de don Arturo Magdalena —concejal e industrial de la época— de prohibir la cría de cerdos y gallinas en aras de la salud pública.

Postal fotográfica propiedad de Numismática Álvarez.
Postal fotográfica propiedad de Numismática Álvarez.

Más truculenta es la historia de una “reputada” pensión de la zona vieja que tenía fama de comprar gatos para eliminar ratones. Casualmente, los días siguientes a recibir un minino, el menú de la pensión incluía “conejo”. Y, por supuesto, la más conocida por los ourensanos: la letanía de Abelardito, el casero de la marquesa de Atalaya Bermeja, quien solicitaba a gritos: “¡Paso a la vaca de la señora marquesa!”, en su trayecto desde la finca del Couto hasta la casa de Santo Domingo. ¡Eso sí que era leche del día!

De todo el material del blog, lo más espectacular para mí es la fotografía de Frain junto a un cerdo de un tamaño descomunal. Poco sé de gorrinos, pero comparados con los que vi durante mi servicio militar que tenía el subteniente Vicente en el Cumial, eran grandes, pero no tanto. ¿O sí?, al fin y al cabo me dicen que Frain era pequeñote, y los sementales del subteniente daban miedo.

Para completar esta crónica, he rescatado varios detalles de mis lecturas de viejos periódicos. Algunos tienen un tufillo inconfundible a cuento de pueblo, pero otros, conociendo a los “graxos da Burga”, bien pudieran ser reales:

El primero me suena a real, y cuenta que en la zona de la Ribeira Sacra y Esgos existe la leyenda (con base en registros parroquiales) de que los lobos eran tan frecuentes que el toque de campanas no solo avisaba a los pastores del comienzo de la misa, sino también de la cercanía de las manadas. En inviernos crudos, las fieras llegaban a entrar en los atrios de las iglesias, creando estampas cinematográficas.

Gorrinos de Celanova fotografiados por Rizo.
Gorrinos de Celanova fotografiados por Rizo.
Gorrinos de Celanova fotografiados por Rizo.
Gorrinos de Celanova fotografiados por Rizo.

También de esa zona cuentan historias de la burra del afilador. Antes de las bicicletas, el transporte oficial del afilador de rueda era la burra. En Luintra se cuentan historias entrañables de burras que conocían el camino de vuelta a casa solas desde Castilla o Portugal, cuando el afilador, agotado o enfermo, ya no podía guiarla. Eran socios de un oficio legendario.

La mayoría de vosotros conocéis la historia creo que real, del perro de san Roque, aquel que por olvido hizo, en vez de con madera, con una patata y el resultado lógicamente fue trágico para el perro. Sin embargo, y a pesar de ser muy ourensano, seguramente desconocéis que durante las epidemias de peste la gente buscaba a los perros callejeros para alimentarlos, imitando al animal que salvó al santo. Se creía que este acto de caridad otorgaba protección divina.

Frain y un amigo.
Frain y un amigo.

Una de las anécdotas que no me atrevo ni a confirmar ni a desdecir es la que cuenta que a principios de siglo algunos feriantes recorrían las ferias de Laza o Maceda con animales exóticos, Se cuenta que un vecino, al ver a un húngaro con un oso encadenado y pensando que era un “perro muy grande y mal peinado”, intentó darle un trozo de pan de centeno. El susto al ver las garras del “perrito” se convirtió en leyenda local.

Dos de estas historias están contrastadas. La primera es la que nos recuerda al gran empresario Secundino Feijoo, quien como primer número circense tenía el de una pareja de bueyes entrenados para bailar acompasados e incluso responder preguntas con movimientos de cabeza. No sé si sería un espectáculo, pero lo que no tengo duda es que nuestros bisabuelos lo que querían era cualquier motivo para divertirse. Otra anécdota de bueyes es la que decía que los de Ourense tenían “oído musical”. Los carreteros afirmaban que trabajaban mejor si se les cantaba o si el “eixe do carro” producía un chirrido armónico. Si el carro no “cantaba” bien, los bueyes se plantaban en medio de la rúa do Paseo.

Y para terminar, una historia de la que no tengo pruebas pero que, conociendo cómo se conservó durante años el Archivo Municipal, bien podría ser cierta. Existe una tradición no escrita sobre los “gatos del archivo”. Durante años, se fomentó la presencia de estos felinos entre los legajos para proteger los documentos de los siglos XVIII y XIX de los ratones. Los gatos eran tratados con respeto clerical; se decía que eran los únicos que conocían todos los secretos de la historia de Ourense, patrullando cada noche entre los pergaminos.

Si sabéis de alguna más, me encantaría conocerla.

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