Rosi Valdés, la ourensana que peleó con una leucemia desde los 12 años: "Llegué a decirle a mi madre que me quería morir"
LUCHA CONTRA EL CÁNCER
Rosi Valdés disfruta ahora de su vida en Rairiz de Veiga (A Limia, Ourense) tras superar una leucemia que le cambió la vida a los 12 años, cuándo escuchó la palabra cáncer. Por el camino deja numerosas lecciones, noches en soledad y la dura pérdida de una compañera de batallas en el hospital.
Es impensable para muchos no recordar el salto al instituto con nostalgia. Una época con pocas preocupaciones, rodeado de amigos a diario y con la inocente creencia de que todo lo que debe ir bien, lo irá, o al menos, habrá alguien que pueda solucionarlo por ti. Una sensación de la que el cáncer privó a Rosángela Valdés (Cuba, 1997), "ourensana de adopción después de tanto tiempo".
Corría el año 2009, con Rosi (así le llaman sus allegados) ya instalada en Santiago de Compostela, cuando tras un viaje en avión comenzó a sufrir algunos dolores en la espalda y la cadera. La consulta del médico no fue como esperaba: "Me tocaban unas analíticas rutinarias y estaban un poco descompensadas. Cuando las vio mi pediatra, me mandó directamente con un informe al oncólogo, que me dijo que había un desajuste en la médula. A los dos días me notificaron que tenía que quedarme ingresada", recuerda.
El cáncer y la infancia: un crudo binomio
Rosi tenía 12 años cuando recibió la noticia, y el choque fue equiparable a la magnitud de la situación: "Lo primero que pregunté es si me iba a morir", recuerda del momento en que escuchó la palabra cáncer por primera vez.
"Me metieron la quimio por vena porque tenía el 97% de la médula afectada"
El pronóstico era incierto a largo plazo, "como la meteorología", pero los primeros resultados ya arrojaban la sensación de que iba a ser una carrera de fondo: "Directamente ya me metieron la quimio por vena porque tenía el 97% de la médula afectada. No daba tiempo ni a que me metieran en quirófano", cuenta Valdés, que acababa de comenzar una larga relación con los hospitales.
Serían dos años de quimioterapias semanales, defensas bajas y visitas a cuentagotas, ya que el estado de fragilidad en que se encontraba no permitía demasiada entrada y salida de personas para evitar contagios del exterior. También unas fiestas que no olvida: "Pasé Navidad, fin de año y reyes así", cuenta recordando una época en la que los días se basaban en leer y jugar a videojuegos en soledad.
El peor día del camino
Por épocas, Rosángela podía volver a casa durante unos días, y fue entonces cuando la situación llegó a un punto crítico. Una salchicha y un lametón de un perro, inocuos para la sensación de peligro de cualquier niño, supusieron la entrada de bacterias en su cuerpo que la dejaron "bajo mínimos" y le causaron úlceras severas en la boca y el esófago, obligándola a alimentarse por sonda nasogástrica.
"Mira, es que no quiero estar aquí. O sea, no quiero estar aquí en el mundo, me quería morir", le dijo a su madre después de varios meses de pelea que se complicaron de la manera más inesperada. Sin embargo, al ser preguntada por el peor día que recuerda, la mente se va a otra persona. "Pero, ¿el peor por mí? ¿o por alguien más?".
La pérdida de una amiga
Durante su estancia en el hospital, Rosi vendía pulseras y otros objetos elaborados por ella misma. Cuenta entre risas cómo con ese dinero consiguió irse a Disneyland, uno de sus sueños, con una amiga del centro: Alejandra, de Ourense. Ella padecía leucemia mieloide, no la linfoblástica de Rosángela. Pasados los meses, la enfermedad empeoró y su compañera de batallas necesitó un trasplante de médula ósea que le proporcionó su hermana. "No debería haber ningún problema con un 100% de compatibilidad, pero su cuerpo la rechazó".
Alejandra falleció cuando solo tenía 15 años. El golpe para Rosi fue de una magnitud similar a la noticia: "Me quedé en shock, casi ni reaccioné, pero con el paso de los días pensé "Esto realmente puede matarte".
Una niña sin pelo
En cuanto a los problemas más mundanos, el choque para una niña de verse sin pelo puede convertirse en un evento de lo más traumático. No puede decir que no le afectara, pero era algo que tenía en mente cuando el pelo comenzó a caérsele a mechones. Una vez entonces decidió raparse.
"Lloré muchísimo. Es la época en la que te comparas, te empiezan a gustar los chicos... me vi por primera vez sin pelo y no me reconocía. Pensaba que todo el mundo me miraba porque no tenía pelo", admite sobre unos primeros días que pronto la hicieron cambiar de actitud hacia una mucho más positiva.
Así pasaron los meses, con entradas y salidas al Hospital Clínico de Santiago de Compostela, su "sitio seguro" que llegó a echar de menos cuando salió, pensando "¿ahora qué tengo que hacer?".
Secuelas y una nueva forma de ver la vida
Pasaron 10 años hasta que Rosi recibió el alta definitiva en 2019 y le dijeron "ya no tienes que volver". Ahora disfruta de la vida en Rairiz de Veiga (A Limia, Ourense), aunque con algunas secuelas en forma de dolores en la espalda y las piernas que le recuerdan todo el camino andado. Habla de "supervivientes" del cáncer en plural, pues pone a su madre a su misma altura o, quizás, un poco por encima. "Ella lo sufrió y lo superó conmigo, yo se que ella lo pasó muchísimo peor de lo que lo pasé yo".
Ahora se dedica a lo que le hace feliz ejerciendo tras graduarse de la carrera de podología, y concluye con un consejo: "A cualquier persona les diría que entiendan que ningún problema en la vida de los que nos preocupan en el día a día es tan importante, y que aprendan que si alguien va a estar contigo toda tu vida eres tú. Lo mejor que una puede hacer es luchar por sí misma". Como ella.
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