Alfonso García, el eterno del Premio Planeta

RELATO DE UN VIAJE

La noche del pasado 15 de octubre, Barcelona acogió la 75 edición de la gala de entrega del Premio Planeta de novela. Allí se presento por cuadragésimo cuarto año consecutivo el periodista Alfonso García, figura ya emblemática de este evento

El periodista, columnista y escritor leonés Alfonso García (Santa Lucía de Gordón, 1946).
El periodista, columnista y escritor leonés Alfonso García (Santa Lucía de Gordón, 1946).

Siguiendo la máxima de Epicuro, procuro pasar desapercibido. Cuesta imaginar un impulso más contrario al seductor don de gentes que se le presupone al buen hacer periodístico. Eso me dije tras saber que asistiría en nombre de La Región a la 75ª edición de la entrega de los Premios Planeta de novela que se celebraba en Barcelona.

Así salí de mi cueva y cogí un vuelo desde Santiago y luego un taxi para llegar con el tiempo justo y cargado con mi equipaje a la conferencia inaugural que se celebraba en el Palau de la Música. Allí estaba el órgano de tubos de E. F. Walcker & Cia que preside la gran claraboya central del imponente escenario de la Sala de Conciertos y que había tenido el privilegio de escuchar años atrás.

Aquella figura y aquel misterioso regalo despertaron en mí el más vivo interés y relegaron a un segundo plano todo lo demás

Supe de la existencia de Alfonso García cuando el presidente del Grupo Planeta, José Creuheras, hizo un breve paréntesis en su exordio para celebrar su presencia, la de una persona que había asistido 44 años ininterrumpidos a los premios. De entre las hileras de periodistas de la platea emergió la figura de un hombre mayor que recogió un pequeño estuche que Creuheras le entregó como obsequio, en señal de amistad y respeto. Aquella figura y aquel misterioso regalo despertaron en mí el más vivo interés y relegaron a un segundo plano todo lo demás.

Del Cafè Palau, donde se sirvió la comida, vale la pena rescatar del olvido los arcos de ladrillo de perfil rebajado, el vivo color de las vitrinas, las molduras de motivos florales, los gestos y sonrisas cómplices de los comensales, la irrefutable belleza de los camareros, esbeltos, delgados, de rostro hierático y mentón pronunciado.

El momento oportuno

Por la noche, la prensa disfrutó de una cena copiosísima en el Grill Room Bar Thonet, antiguo establecimiento de estilo modernista situado en las inmediaciones del Monumento a Colón. Subiendo las ruidosas escaleras de madera que conducían a la primera planta coincidí con Alfonso García. Los instantes así se conocen en el idioma pali del Buddha como “khana” y en el griego de los sofistas como “kairós”. Allí estábamos, el mayor veterano y el último de los novatos.

Me acerqué a él con una inquietud apenas disimulada, lo saludé y le pregunté con respeto por el contenido del estuche que Creuheras le había entregado aquella mañana. Resultó que era una persona de carne y hueso, un hombre cercano y tranquilo. Rogó que lo tutease y me trasladó que el estuche guardaba un hermoso librillo de plata. “Mañana te lo enseño”, dijo. Pero nunca llegué a verlo, porque aquel regalo es en realidad el macguffin de esta historia.

Al día siguiente, la Feria de Barcelona acogió la esperadísima 75ª gala de entrega de los Premios Planeta. ¿Quién me iba a decir que de entre las 1.300 personas que acudirían a la cena me iba a tocar no solo en la misma mesa, sino justo al lado de García? Junto a nosotros se encontraba Xurxo Fernández, del Diario de Santiago. Pronto se hizo evidente que Alfonso y él eran buenos y viejos amigos y que esa amistad funcionaba como una suerte de isla en medio de un océano cada vez más extraño.

Una larga ovación

En medio de la velada -entre el discurso del rey Felipe VI, la interpretación del segundo movimiento de la Suite para orquesta n.º 3 en re mayor de Bach, vídeos de los premiados de años anteriores y cinco votaciones-, Creuheras reservó un espacio en su discurso para celebrar de nuevo la presencia de Alfonso. El público le dedicó una larga ovación y lo animó a levantarse. Pero él, humilde, sinceramente humilde, no lo hizo. Parecía algo cohibido ante esa exposición. Y entonces se me ocurrió que, tal vez, en realidad, a él también le gustaba pasar desapercibido.

Hablamos de la familia, de nietas, de abuelos, de Galicia, de León. Habló de los 25.000 libros que guardaba. Habló de Santa Lucía de Gordón, su pueblo. Le prometí que iría y que visitaría la biblioteca que allí lleva su nombre. Entonces no tenía ni idea, pero días después sabría que había sido profesor de Filosofía y Literatura. “La literatura, como manifestación cultural y creativa de los pueblos, es un patrimonio de primer orden, que siempre me ha apasionado, contemplada con los ojos de la admiración y la humildad. Sigo siendo un aprendiz. Y esto es lo importante”, me dijo.

Terminada la cena, influenciado por el vino y algo sentimental pensé, indeciso, algo aventurado, en decirle que me alegraba de haberlo conocido. No hizo falta. Con un abrazo, fue él quien lo dijo.

Isabel Allende y Sergio Hernández: una misma preocupación por salvar la memoria

La concesión del Premio Planeta 2026 a Isabel Allende por “La hora antes del alba” devuelve credibilidad a la editorial en un aniversario especialmente significativo. Por otra parte, que Sergio Hernández haya sido finalista con “La añoranza” dota de frescura a esta institución.

En una rueda de prensa, una reportera de TV3 cuestionó el escaso prestigio literario de los ganadores de las ediciones previas. Lo cierto es que cualquier alusión a Juan del Val, ganador del año pasado, despertaba risillas en la sala.

Cada uno desde su contexto -ella desde el chileno y él desde el español-, ambos, Allende y Hernández, rescatan en sus novelas la memoria de los vencidos y denuncian las amenazas autoritarias a la democracia. ”La democracia se pierde fácilmente. A veces súbitamente como en Chile y otras se va minando por abajo hasta que se derrumba (…) En una guerra no están las voces de los silenciados, que son las voces más interesantes: la de las mujeres, la de los niños”, dijo Allende.

Su novela continúa el relato de “La casa de los espíritus” (1982), la célebre ópera prima de la autora. La de Hernández aborda el exilio de Antonio Machado en un relato que “redescubre la historia de nuestro país”.

Allende, irónica y desenvuelta, confesó una falta de confianza que, pese a haber escrito 32 novelas, la obliga a probarse a sí misma constantemente. Hernández, serio y calculador en sus respuestas, declaró: “No existe el Sergio escritor, sino el Sergio lector. He leído muchísimo”.

Ambas novelas serán publicadas el próximo miércoles, con una tirada inicial de 110.000 ejemplares para “La hora antes del alba” y 90.000 para “La añoranza”.

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