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EN LA CÚPULA ACADÉMICA
En un estudio reciente, hemos comprobado que esta desigualdad no surge en el momento de buscar trabajo: empieza mucho antes, en la escuela y en la elección de estudios, y acompaña a las mujeres durante toda su trayectoria profesional. Que la brecha salarial persista no debería sorprendernos si observamos cómo se distribuyen chicos y chicas en las etapas formativas.
La formación profesional (FP), convertida ya en una vía clave hacia el empleo, refleja con claridad esta desigualdad. En los últimos cursos, únicamente en torno al 9 % de los estudiantes de FP STEM Básica y Grado Medio son mujeres y en FP STEM Grado Superior esa cifra se sitúa alrededor del 15 %.
Si ampliamos el foco, el patrón es aún más contundente: de cada cien mujeres matriculadas en FP, solo una minoría (alrededor del 10 %) escoge familias profesionales STEM. Esto significa que las actividades económicas con mejores oportunidades –industria, tecnología, automatización, digitalización…– tienen muy poca representación femenina desde la base. Y es una situación que, pese a los esfuerzos realizados, apenas ha variado en estos cuatro últimos años.
La brecha se acentúa en familias profesionales como Instalación y Mantenimiento, Electricidad y Electrónica o Fabricación Mecánica, donde la presencia femenina apenas alcanza entre el 2 % y el 6 %. Estos entornos, masculinizados desde hace décadas, transmiten un mensaje implícito que influye en las elecciones: aún hoy, muchas jóvenes no se ven a sí mismas en estas profesiones porque no encuentran referentes ni se sienten identificadas con el ambiente.
Estas decisiones tienen consecuencias que se arrastran durante años. Si las mujeres no acceden a los estudios que llevan a los sectores más dinámicos y mejor remunerados, su posición en el mercado laboral queda condicionada desde el inicio. No es una cuestión de talento, sino de un sistema que orienta, de forma sutil pero persistente, a mujeres y hombres hacia caminos distintos.
La desigualdad salarial entre hombres y mujeres no se explica únicamente por discriminaciones directas en las empresas. Tiene raíces más profundas: si la mayoría de las mujeres se forma en disciplinas con menor reconocimiento salarial y menos posibilidades de ascenso, acabarán concentrándose en sectores peor pagados. Y, si los hombres dominan las áreas técnicas, con mayor demanda y mejores salarios, la diferencia se amplifica.
El acceso desigual a los estudios STEM explica buena parte de la brecha salarial posterior. Las profesiones tecnológicas ofrecen empleo rápido, contratos estables y sueldos superiores, pero la infrarrepresentación femenina en estas titulaciones reduce sus oportunidades de acceder a esos puestos.
Incluso cuando llegan a profesiones STEM, suelen encontrarse en minoría. Este aislamiento tiene impacto en la confianza, la permanencia y las posibilidades de promoción. Para muchas, implica recorrer su carrera profesional en un entorno donde la cultura de trabajo continúa pensada por y para hombres.
En la universidad, la imagen es algo más compleja. En la mayoría de las titulaciones de Ciencias –Biología, Química, Biotecnología, Ciencias del Mar o Ciencia y Tecnología de los Alimentos– la brecha de género no es muy destacada. Incluso, en ciertos periodos, las mujeres han sido mayoría durante décadas.
El problema se concentra, sobre todo, en la rama de Ingeniería y Arquitectura. En la mayor parte de las ingenierías, los hombres siguen siendo una clara mayoría. En las ingenierías TIC –Informática, Computadores, Videojuegos…– la proporción de mujeres ronda el 15 % y, en algunos grados, se mantiene por debajo, incluso cuando crece el número global de estudiantes.
Resulta especialmente llamativo el caso de Ingeniería Informática: en los años ochenta, cuando la disciplina todavía era incipiente, las mujeres representaban porcentajes elevados (superan el 30 %), según los registros de Univbase. Con el tiempo, la consolidación de estereotipos masculinos asociados a la tecnología hizo que ese porcentaje se redujera de forma drástica, hasta situarse en niveles muy bajos durante las últimas décadas.
Si queremos un mercado laboral justo, competitivo e innovador, es imprescindible comenzar por donde empieza todo: por las aulas, donde se construyen –o se limitan– las oportunidades del mañana.
Existen excepciones que ayudan a comprender el fenómeno: Ingeniería Biomédica es una de las pocas titulaciones de ingeniería donde las mujeres no solo son mayoría, sino que aumentan curso tras curso. ¿Qué diferencia a esta carrera del resto? Su vinculación con la salud y el cuidado, ámbitos culturalmente asociados a lo femenino. El contraste demuestra que la brecha no se debe a capacidades distintas, sino a expectativas sociales profundamente arraigadas.
La persistencia de estas desigualdades tiene múltiples causas: estereotipos sobre lo que “es propio” de chicas y chicos, falta de modelos femeninos visibles, orientación educativa sesgada, cultura organizativa de los sectores tecnológicos o la percepción de que ciertos entornos siguen siendo hostiles para las mujeres. Estos factores se refuerzan entre sí y generan un círculo difícil de romper.
La buena noticia es que hay margen de actuación. Fomentar vocaciones científicas desde la infancia, visibilizar referentes, formar al profesorado, revisar sesgos en la orientación académica, mejorar la cultura de los centros formativos y dignificar la FP técnica pueden tener un impacto real. No basta con animar a las chicas a estudiar ingeniería: es necesario transformar los espacios y las narrativas que rodean estas disciplinas.
La brecha de género en STEM no es solo un problema de igualdad. Es un problema económico. España necesita más profesionales tecnológicos y científicos. Reducir la brecha no es solo ampliar opciones para las mujeres: es garantizar que el país pueda afrontar su propio futuro tecnológico y que se tenga en cuenta la diversidad de nuestra sociedad.
Si queremos un mercado laboral justo, competitivo e innovador, es imprescindible comenzar por donde empieza todo: por las aulas, donde se construyen –o se limitan– las oportunidades del mañana.
En la elaboración de este artículo han colaborado Carmen Fernández Herrero, estudiante de 1º de Máster de Tecnologías Industriales de la Universidad Pontificia Comillas, y Blanca Díaz Cirera, estudiantes de 2º de Máster de Tecnologías Industriales y ADE de la Universidad Pontificia Comillas.
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