El eclipse que eclipsó el Titanic
ÚLTIMO ECLIPSE TOTAL DE ESPAÑA
Hace 114 años, pasó desapercibido el último eclipse total que pudo verse en la Península porque el mundo estaba volcado en el naufragio del Titanic. Oímbra fue uno de los puntos de observación
El 17 de abril de 1912, el cielo español se oscureció durante un instante casi imperceptible. Dos días antes, el Titanic se había hundido en el Atlántico Norte y todas las portadas del mundo estaban volcadas en la tragedia. En ese contexto, un fenómeno astronómico que hoy se anuncia como un gran acontecimiento turístico y mediático pasó casi inadvertido para el gran público. Es el origen de la comparación que circula estos días: “114 años sin un eclipse total en España”. Una cifra llamativa, pero que conviene matizar.
Lo primero que hay que aclarar es que aquel eclipse no fue un total “puro”. Se trató de un fenómeno híbrido, mixto entre anular y total, con una franja de totalidad extraordinariamente estrecha -de apenas unos metros, según algunos cálculos de la época, o de algo más de un kilómetro según otras fuentes- que apenas duró una fracción de segundo. Tan al límite estaba el fenómeno que muchos de los testigos que se situaron en la zona teóricamente total aseguraron después haber visto, en realidad, un eclipse anular. El astrónomo catalán José Comas Solá, una de las figuras que más escribió sobre el evento, ya había advertido de antemano de lo difícil que sería situarse exactamente en esa línea de totalidad, dado lo “apenas total” del fenómeno.
Oímbra, por Ourense
El recorrido cruzó la Península desde Porto hasta Gijón, con algunos de los mejores puntos de observación en los alrededores de Oímbra, en Ourense. La comisión oficial española se instaló en Cacabelos, León, donde el Observatorio Astronómico de Madrid dejó constancia de sus trabajos en un informe oficial. El despliegue tuvo ese punto castizo tan de época: tropa al mando de un capitán, provista de cristales ahumados y previamente instruida sobre los tipos de eclipse, se distribuyó en tres líneas separadas cada 100 metros a lo largo de tres carreteras, en un intento de no perderse la estrecha franja de totalidad cayera donde cayese. El evento, pese a su brevedad, congregó también a astrónomos franceses, que se sumaron a los españoles en Cacabelos.
El eclipse de 1912 dejó una aportación científica real. En las fotografías del espectro solar tomadas durante esos instantes de oscuridad aparecieron los anillos correspondientes a las rayas H y K del calcio, un hallazgo que, gracias a estos llamados “espectros relámpago”, permitió confirmar que los elementos químicos más pesados se concentran en las capas más bajas de la cromosfera solar. El contraste entre ambos momentos resulta revelador: la modestia casi anecdótica de 1912, un fenómeno de segundos tapado por el Titanic, frente a la expectación del eclipse del próximo 12 de agosto.
Cabe recordar que el hundimiento del RMS Titanic sucedió en la noche del 14 al 15 de abril de 1912, cuando el transatlántico británico, que realizaba su viaje inaugural de Southampton a Nueva York, colisionó con un iceberg frente a las costas de Terranova.
Tres grandes acontecimientos que atrajeron a los astrónomos
A comienzos del siglo XX, España vivió algo parecido a lo que se avecina ahora, pero por partida triple. Entre 1900 y 1912, tres eclipses totales de Sol -1900, 1905 y 1912- convirtieron el país en destino predilecto de la astronomía internacional, hasta el punto de que la comunidad científica bautizó a los tres como “los eclipses españoles”, según un blog de la Universidad Politécnica de Madrid. Para estar a la altura, el país estrenó observatorios nuevos, como La Cartuja de Granada, el Fabra de Barcelona y el de Roquetas, en Tarragona. El de 1900 tuvo su propio hito mediático: la presencia en Elche del astrónomo francés Camille Flammarion atrajo a una multitud en el puerto de Valencia. Como las franjas de totalidad no solían pasar por grandes ciudades, localidades como Plasencia, Elche o Burgos se llenaron de astrónomos de todas las nacionalidades. Para el eclipse de 1905 se llegaron a fletar trenes especiales a Burgos.
De los tres, es precisamente el de 1905 el que más recuerda, por su trazado sobre el mapa, al que se producirá el próximo 12 de agosto de 2026: entró por Galicia, cruzó Castilla y León y Aragón con centro en Quintanilla (Burgos) y salió por el este, en la actual Comunidad Valenciana, un eje noroeste-sureste casi calcado al que seguirá el eclipse de este año. La gran diferencia estará en la altura del Sol: mientras en 1905 la totalidad se vivió con el astro relativamente alto, en 2026 ocurrirá con el Sol muy bajo, a apenas 5-10 grados de elevación, casi al atardecer, lo que dejará una luz mucho más cálida y sombras alargadas.
En territorio español, el último se vio en Canarias
Los 114 años sin un eclipse total en España no son del todo exactos. Esa cifra solo funciona si se habla exclusivamente de la Península, porque en 1959 hubo otro eclipse total visible desde territorio español: en Canarias, con buena visibilidad en La Orotava, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas, entre otros puntos. Aquel, y no el de 1912, fue en realidad el último eclipse total observado en España hasta ahora. Además, como 1912 fue año de mínima actividad solar, la corona observada entonces fue de menor intensidad, con los penachos acumulados en latitudes medias cercanas al ecuador solar, un patrón distinto al de los eclipses en máximos de actividad. En 2026, en cambio, no habrá margen de duda: la totalidad se prolongará varios minutos en toda la franja peninsular.
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