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CRÍTICA LITERARIA
"Este no es, ni quiere ser, un libro erudito, ensayístico, histórico o académico”. Y, sin embargo, nos encontramos con un despliegue de memorias basadas en la tradición oral y en documentos pictóricos, fotográficos, epistolares, periodísticos, literarios, históricos e institucionales. Para ello el autor tuvo que enfrascarse en escrituras notariales y en tediosos registros civiles y eclesiásticos. Perdonemos su modestia.
Lo que aparenta esbozar en detalle la epopeya olvidada de José Bosch Vicens logra colar subrepticiamente todo un período, injustamente despreciado, de la historia de Cuba. A partir de la descripción de la frenética existencia de ese gran desconocido que es -o, mejor dicho, que fue- José Bosch Vicens, se nos aparecen los avatares de un territorio a lo largo de seis décadas atravesadas por profundos cambios sociales, económicos y políticos.
Empecemos por el principio. Un joven catalán de 14 años se ve obligado a viajar a finales de 1868 a Barcelona con una mano delante y otra detrás. Allí coge un barco, como grumete o polizón, y atraviesa el Océano Atlántico para llegar, tres meses después, a Cuba. Deja atrás una revolución liberal para encontrarse de lleno con una guerra de independencia. Tres décadas de penurias y la célebre intervención estadounidense se saldaron con lo que este libro reproduce como la triunfal derrota de los españoles y la victoria pírrica americana.
El joven José Bosch Vicens no había recibido apenas instrucción cuando llegó a la isla. Giner especula con el estudio de ese quadrivium castizo de finales del siglo XIX constituido por lectura, escritura, aritmética y doctrina cristiana. Pero parece seguro que con el tiempo debió revestir esta instrucción de sus particulares conocimientos jurídicos, económicos y financieros.
“Allí todo se encontraba, como en una delirante improvisación de jazz, en constante metamorfosis”
Pronto se nos pone cara a cara con la imagen en constante ebullición de nuestro pasado colonial y migratorio materializado en las idas y venidas de una población, Santiago, villa mesera y aldeana que recibió a nuestro protagonista en 1869. Cuba, “llave de las américas”, fabuloso crisol de mestizajes, tierra de encontronazos étnicos y culturales, era entonces una tierra de ritmos africanos, asiáticos y europeos. Lugar, también, de nuestro pasado esclavista, tan admirablemente descrito por Estevan Montejo y analizado por Jose Antonio Saco o Fernando Ortiz.
En la Cuba de la arquitectura colonial, esto es, barroca, todo crece, prolifera, se multiplica y se transforma. Allí todo se encontraba, como en una delirante improvisación de jazz, en constante metamorfosis. Con destellos de lo “real maravilloso” -o esa otra fórmula, más afortunada, de “realismo mágico”- se nos representan las geometrías fractales de la isla: bosques, quebradas y riachuelos abundantes en oro, cobre, zinc, asfalto, hulla, imán, mármol, azúcar, café, cacao, miel, cera, tabaco o cereales.
Realidad inconfundiblemente barroca de música, pasión, formas que danzan, abundancia y derroche, soledad y melancolía, con la que se encontró nuestro protagonista. Realidad desgraciada: los botiguers catalanes tenían condiciones laborales que rayaban la esclavitud.
Con envidiable maestría, Giner nos describe a Bosch Vicens como el hombre de los mil negocios, una matrioshka rusa que empezando sus fatigosas andaduras como mozo de almacén de víveres en Mayarí llega a habitar la mansión más lujosa de todo Santiago. Entre medias presta víveres, gestiona centrales azucareras, trae la electricidad a la isla, moderniza el transporte público, invierte en propiedades inmobiliarias, compra fábricas y abre comercios.
El libre desenvolvimiento de la actividad individual y el general deseo de ascenso social de Cuba se encarnan en este extraño héroe. Un modelo aspiracional, el que nos presenta Giner, de inconfundible carácter solitario y melancólico, al que le gustaba leer a solas y que evitaba exteriorizar sus sentimientos. Un hombre que tuvo que afrontar múltiples derrotas -el gallego José López Rodríguez, millonario que llegó a la isla siendo pobre, se suicidaría tras sufrir también la crisis de 1920-, un hombre al que los horrores de la guerra le causaron una impresión lo suficientemente grande como para fundar un sanatorio.
José Bosch Vicens tuvo una vida extraordinaria que ahora podemos conocer gracias a Juan Antonio Giner. De él se conserva un único cuadro, un retrato del que un crítico dijo que “hay una tristeza en sus ojos que desgarra”. Los cubanos, que sobresalen en tantas artes, no demostraron menos su habilidad para la iluminación emblemática de la infelicidad humana.
Bosch Vicens no dejaría memorias, testamento ni últimas voluntades. En medio de lo agitado de su vida me gusta imaginarlo como nos lo describe a veces Giner: taciturno, meditativo, con la mirada gacha, inclinado sobre un libro. Dejémosle ahí.
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Juan Antonio Giner (Barcelona 1947) lleva toda la vida vinculado al periodismo, bien a través de sus colaboraciones en el diario “La Vanguardia”, bien por sus labores como asesor y consultor de innovación por todo el mundo en Innovation Media junto Carlos Soria. Decano y maestro de periodistas, en sus publicaciones presta especial atención a la historia de la profesión en títulos como “Historias de innovación” y “La edad de oro del periodismo”.
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