Las aldeas arrasadas en Viana do Bolo: “Isto é como Valencia, parece a fin do mundo”
ALETA NARANJA
Los vecinos relatan escenas de pánico tras una riada que arrasó viviendas, carreteras y explotaciones en varias aldeas del municipio ourensano de Viana do Bolo.
“Saqué la mano por la ventana, encontré firme y salí”. Con el susto aún en el cuerpo y las viviendas bajo tres metros de escombros, decenas de familias de varias aldeas de Viana, en el oriente ourensano, claman auxilio urgente ante un paisaje de ruina total. El caos comenzó a desatarse alrededor de las siete de la tarde del miércoles, cuando, en cuestión de minutos, pequeños regatos se transformaron en torrentes que arrastraban árboles, grandes rocas, toneladas de tierra y todo aquello que encontraban a su paso. La riada les arrebató en cuestión de minutos hogares, alpendres, vehículos y el trabajo de toda una vida.
En A Bouza, junto a Pradocabalos la zona cero del desastre, el caos obligó a los vecinos a subirse a los techos de sus coches para no ser tragados por el lodo. “Foi cuestión de dez minutos; iso foi o que nos salvou, se non, lévanos por diante e habería unha desgraza maior”, relataba Benjamín Carballo ante las ruinas del horno comunal: “Isto é como Valencia, pero en lugar de lodo temos pedras”.
Ahora los residentes asisten a la devastación con impotencia. “¿A dónde va esa gente? No hay dinero para vivir en un hotel”, apuntaban dos jóvenes, clamando por agua y luz para las viviendas que quedaron sin suministros. Ante el aislamiento provocado por los arrastres, la ola de solidaridad vecinal forjada durante los pasados incendios se reactivó en plena madrugada para abrir los accesos a golpe de excavadora y retirar el barro.
“Parece el fin del mundo“
Esta tragedia es para sus habitantes la “crónica de una muerte anunciada”. El paso de un frente torrencial que descargó más de 6.000 rayos en Galicia y picos de 20 litros por metro cuadrado en una hora, desató avalanchas incontrolables. Existe una amarga coincidencia que no pasa desapercibida: las aldeas que ahora concentran los mayores daños son precisamente las mismas que el pasado mes de agosto sufrieron con intensidad el impacto de los incendios. Allí donde el fuego arrasó montes y laderas, el agua encontró menos obstáculos para descender con violencia, multiplicando los efectos de las precipitaciones. “Esto parece el fin del mundo otra vez”, decía un residente.
Ese mismo monte desprotegido atrapó a Susana Giris, trabajadora forestal aislada más de una hora bajo una “masa negra” de barro en O Testeiro: “Llevo desde 1990 en el monte y he visto tormentas e incendios, pero como esto nunca; tengo un miedo atroz”.
La situación fue extremadamente complicada en Pradocabalos, donde la fuerza del agua convirtió carreteras y cunetas en improvisados cauces por los que descendían enormes troncos y piedras a gran velocidad. La carretera OU-533 -este jueves ya parcialmente reabierta- tuvo que ser cortada al formarse una enorme barrera natural compuesta por troncos, piedras y lodo. Paradójicamente, este colapso evitó una tragedia aún mayor al actuar de dique: “Si esto no llega a hacer de tapón, Pradocabalos ahora mismo no existiría”, aseguraban varios vecinos. Una de las viviendas situadas junto a la carretera tuvo que ser evacuada al alcanzar el agua alturas superiores a los dos metros.
La situación tampoco fue sencilla en Pixeiros. “Estábamos literalmente atrapados en casa”, explicaban los residentes, que observaban desde las ventanas cómo la corriente golpeaba con violencia fachadas, arrancaba cierres, arrastraba mobiliario y destruía huertas y jardines en unos minutos. En O Castro, los daños también fueron considerables, con arrastres que afectaron a fincas y provocaron la caída del tendido eléctrico. Las consecuencias se extienden también a núcleos más alejados como Vilaseco da Serra, donde decenas de taludes se vinieron abajo, afectando a carreteras y pistas.
Mientras los equipos de emergencia avanzan, resulta imposible calcular el alcance real de los daños, asumiendo que serán necesarias semanas para evaluar las pérdidas. Ante este “paisaje lunar”, el alcalde de Viana, Germán García-Ávila, valora pedir la declaración de zona catastrófica y el despliegue de la UME, mientras los vecinos intentan asmilar que la riada alterase, en unas minutos, un paisaje y forma de vida que habían tardado años en construirse.
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