Elena Martínez, viaje por mar desde Ourense a la lista Forbes
VIDA
Elena Martínez creció en Ourense, tierra adentro, pero el mar siempre llamó su atención. De pequeña, los documentales del océano la fascinaban no tanto por lo que mostraban sino por todo lo que dejaban sin mostrar y esa curiosidad la llevó a estudiar Ciencias del Mar en Vigo, a formarse en biotecnología azul en Valencia y en La Rochelle, y finalmente a cruzar el Atlántico para instalarse en República Dominicana, donde lleva más de tres años y medio luchando contra uno de los mayores problemas medioambientales del Caribe, la invasión del sargazo.
Donde otros ven un residuo, ella está buscando una oportunidad transformando ese residuo en materia prima útil para la agricultura, la alimentación o la salud con un enfoque científico, empresarial y social que le ha valido un puesto en la lista Forbes 30 Under 30 y le ha abierto las puertas para aprovechar todo lo que ha aprendido y volcarlo en su Galicia natal.
Pregunta. ¿Cómo decide una ourensana dedicar su vida al mar?
Respuesta. Me he dado cuenta de que los gallegos, todos en general, tenemos bastante conexión con el mar y Ourense es la mejor zona para comer pulpo. Siempre me llamó mucho la atención. De pequeña mis padres me ponían muchos documentales y los que más me interesaban eran los del mar, sobre todo por lo poco que se conocía. El océano cubre el 70% de la superficie de nuestro planeta, somos más agua que tierra y, a pesar de eso, durante mucho tiempo conocíamos más, por ejemplo la superficie de la luna que nuestro océano. Me llamaba la atención todo lo que veía sobre el océano, pero también todo lo que sentía que quedaba por conocer. Así que estudié Ciencias del Mar en la Universidad de Vigo.
P. ¿Cuál es su ámbito de investigación?
R. En Ciencias del Mar puedes ir por Química, Biología, Física, Geología… Yo fui por la rama de Química Biotecnológica. Hice primero un máster en Biotecnología Azul Aplicada en la Universidad Católica de València y, estando allí se me ofreció una beca para hacer otro relacionado en la Universidad de La Rochelle en Francia. Me especialicé principalmente en biotecnología marina, pero sobre todo en la utilización de ciertos compuestos bioactivos, moléculas de residuos marinos, residuos de acuicultura, algas de arribazón… Cuando terminé el segundo máster contacté con el que es ahora mi cofundador y me fui a la República Dominicana, empecé a hacer también la tesis doctoral, que terminé a principios de este año, para continuar la formación y me doctoré en Biotecnología y Biomedicina aplicada al mar, a los recursos marinos.
P. ¿Cómo fue esa llegada a República Dominicana para trabajar con el sargazo?
R. Sí, llevo un poco más de tres años y medio. Allí tenemos el grupo Blue Gea, compuesto por dos empresas privadas y una ONG. Hoy en día ya hacemos de todo, desde la recolección del alga para limpiar las costas, hasta la valorización; es decir, utilizar el alga, reciclarla, para productos comerciales. A través de la ONG trabajamos conservación, restauración, involucración social de las comunidades y mucha parte de educación, sobre todo infantil, con respecto a los océanos. En gran parte de eso, en mi tesis doctoral y colaboraciones con otras universidades, tenemos la investigación sobre por qué están llegando ahora las algas invasoras, qué se puede utilizar de ellas y cómo conseguir hacer una industria sostenible de la valorización de este tipo de residuos marinos.
P. Esta investigación tiene mucho componente de sostenibilidad y economía circular. Empieza a no quedarnos otra opción, ¿no?
R. Sí, básicamente. No creo que haya que penalizar las decisiones que se tomaron en el pasado, porque cuando los plásticos se crearon, nadie los creó a propósito, pensando en que saldrían microplásticos y serían disruptores endocrinos. O los fertilizantes sintéticos, por ejemplo, que son otro de nuestros grandes problemas hoy en día, en su momento fueron revolucionarios y nos han permitido estar donde estamos. ¿Qué pasa? Que hoy ya tenemos el conocimiento para saber que no es sostenible a largo plazo en términos de que no es seguro sanitariamente ni medioambientalmente. Entonces ahora, entendiendo todo lo que sabemos sobre cómo todo lo que hacemos tiene un impacto en los ecosistemas, las investigaciones tornan hacia hacer que sea positivo o neutro, por lo menos. Y ahí está surgiendo esta nueva narrativa de qué realmente es un residuo. Yo siempre digo que es algo a lo que nosotros no sabemos darle una utilidad, no es que no la tenga. Se trata de ver a qué estamos llamando residuos y cómo convertirlos en materia prima para que se conviertan en algo de valor. Y la verdad es que está creando una tendencia de cambio inmensa, porque hay una cantidad de materias catalogadas como residuos y que realmente no lo son que, cuando las investigamos y les encontramos aplicaciones a escala, se convertirán en productos de valor.
P. ¿En qué medida su proyecto es extrapolable a Galicia?
R. Las algas invasoras, en concreto el sargazo, que con la que yo trabajo, afecta ya a región del Caribe y el Atlántico. Ha existido siempre, hace 500 años, cuando Colón llega a América ya lo reporta en los textos. Pero en los últimos 10 años, las diferentes condiciones climáticas, el vertido de nutrientes a los océanos y los propios procesos naturales han hecho que se cree una nueva zona de formación enorme, de hecho lo llaman un nuevo continente porque mide 8.000 kilómetros de longitud y está exclusivamente formado de algas. Cruza todo el Atlántico, desde África hasta el Golfo de México y afecta más al Caribe, pero se está empezando a expandir, por ejemplo, a las Islas Canarias ya ha llegado. Las algas invasoras en general están proliferando. Aquí, en España y en Portugal nos estamos encontrando con una alga asiática, rugulopteryx. La valorización de algas invasoras no surge sólo por la oportunidad de tener esta materia prima, sino porque hay un grave problema social, ambiental y económico. Hablamos de millones de toneladas descomponiéndose en la costa, liberando gases tóxicos, afectando gravemente a la economía, playas que tienen que cerrar, servicios turísticos que se cancelan e incluso poblaciones que han visto afectada su salud por respirar gases tóxicos cuando el alga se descompone.
P. Este trabajo la ha llevado a la lista Forbes. Más allá del impacto mediático, ¿qué supone para su carrera?
R. No sólo para mi carrera, sino para el sector para el que trabajo. El sector primario es del que más dependemos, pero tristemente tiene muy poco reconocimiento, no sé si porque lo damos por sentado o a qué se debe, pero cuando trabajas en este sector no esperas este tipo de reconocimientos porque no es tan atractivo como, por ejemplo, la moda o la cosmética. Para mí fue una gran satisfacción ver que se está volviendo a entender el valor de nuestro sector oceánico, de nuestro sector agrícola y, sobre todo también, que ya no se valora sólo la parte económica. Mi prejuicio era que Forbes sólo valoraba en términos de dinero y no. La tendencia últimamente es verlo de una forma mucho más integral. Evidentemente tienes que tener un modelo de negocio económicamente sostenible, pero a nosotros nos han valorado la parte social, porque empleamos a pescadores locales que se ven afectados por el alga, son ellos los que recolectan para tener un empleo cuando no pueden pescar. También la parte de impacto ambiental positivo, la parte de investigación, el mostrar que desde la empresa privada también es importante hacer sinergias con la academia, con centros de investigación. Por supuesto, la parte mediática tiene mucho valor porque da a conocer nuestro proyecto y nos permite avanzar, pero también a título personal y a título del sector es muy satisfactorio ver que se están empezando a valorar más cosas aparte del componente económico, que es muy importante evidentemente, pero no es lo único.
P. Desde su perspectiva de mujer científica, ¿sigue habiendo prejuicios?
R. Una respuesta muy gallega… Depende. Me he encontrado de todo, espacios en los que no se me ha juzgado para nada y se me ha tomado muy en serio y otros en los que me han preguntado si yo era la persona de prácticas. Depende mucho, pero tenemos que quedarnos con lo bueno y es que algo estaremos haciendo bien si yo puedo estar trabajando de lo que trabajo y tener los reconocimientos que tengo. Intento quedarme con la parte positiva y ver que definitivamente hay tendencia a la mejoría. Que siempre se puede hacer más, por supuesto, pero creo que la mejor forma de lograr el cambio es mostrando que cada vez hay más mujeres en estas posiciones, que deje de ser algo sorprendente. La mejor forma de cambiar la ideología o los prejuicios es estando, que vean que eres capaz, porque con los actos se demuestra mucho más que con las palabras.
P. Ha pasado por diferentes países e instituciones académicas. ¿Hay diferencias?
R. Muchísimo. Es una cosa que es de las que más me ha hecho querer seguir moviéndome. Por ejemplo en España hay muy buena base teórica, pero es verdad que carecemos un poco de la parte práctica. Cuando estuve en México era al revés, van directamente a la aplicabilidad. En Francia es un mix, pero también tienen como más enfoque en la aplicabilidad como tal, por lo menos en La Rochelle, mueve mucho la cooperación entre universidad y empresa privada para hacer una ciencia más aplicada. Realmente se nota mucho la diferencia, incluso dentro de un mismo campo, entre los que ven la ciencia como algo al servicio del conocimiento y los que la vemos al servicio de la gente. Agradezco mucho haber podido estar en tantos sitios porque me ha dado una visión más global y he aprendido muchísimo. Sé que en España todavía queda mucho por hacer con respecto a la aplicabilidad, pero yo es estoy inmensamente agradecida, primero de mi formación de universidad pública, que no tiene nada que envidiarle a las privadas extranjeras, y segundo, de haber tenido una base teórica tan fuerte.
P. ¿Sigue la fuga de talentos?
R. Creo que en España y en general en Europa hay mucho edadismo en la ciencia; es decir, hasta que no llegas a cierta edad no eres considerado formalmente como científico, da igual que tengas másteres, doctorados… Eso fuera no pasa tanto. Lo de Forbes “30 under 30” se está empezando a popularizar, pero he notado que ser joven fuera es una ventaja. Aquí, por lo menos en mi experiencia, he vivido lo contrario. Ahora, trabajando en República Dominicana y el ecosistema estadounidense, veo que en España hacemos prácticas hasta tardísimo y sin remunerar. Hay el concepto de que te pueden empezar a considerar como profesional a partir de los 35. Y fuera siento que pasa en muchos casos al revés, es algo de valor ser joven, estar muy bien formado, tener interés y mentalidad fresca. He visto cambio en los últimos años, pero creo que tiene que cambiar más.
P. ¿Tiene nuevos proyectos en el horizonte?
R. Ahora estamos trayendo la empresa a Galicia, dentro del programa BF Climatech entre la Xunta y la empresa Vidatec. Estamos muy enfocados en continuar creciendo en el sector de la agricultura con los productos de algas que hacemos y uno de los puntos de entrada era Galicia. Al final, una de mis intenciones siempre fue poder volver y aportar lo máximo posible. Pensé que me iba a llevar más tiempo conseguirlo y la verdad que estoy muy contenta de poder estar haciéndolo ya. La idea es seguir en el sector de la economía azul mostrando todo el valor que tiene el océano y la cantidad de aplicabilidades que tiene para nuestro día a día, tanto en salud como en alimentación.
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