Javier Suances, edificios que se dibujan con el lápiz de la luz
VIDA
Repasar seis décadas de trayectoria profesional permite adentrarse en la historia viva del urbanismo gallego contemporáneo a través de la mirada de uno de sus referentes imprescindibles. Desde la concepción de emblemáticos edificios institucionales y complejos retos patrimoniales hasta la escala más íntima de la arquitectura doméstica, este recorrido biográfico pone en valor el legado de un creador que siempre entendió los espacios urbanos como escenarios hechos a la medida del ser humano, donde la luz, el rigor formal y el respeto por el pasado dialogan permanentemente con el pulso de los nuevos tiempos.
Hay ciudades cuya fisonomía no se entiende sin el pulso firme de aquellos que supieron conjugar la historia y adaptarla al devenir de los tiempos, mirando más allá de la piedra secular para reinterpretar las paredes del tiempo. Ourense es una de ellas, y en su ADN urbano late la impronta de Javier Suances Pereiro, un arquitecto fundamental para comprender la evolución del urbanismo, el pensamiento constructivo y el diseño en Galicia durante la segunda mitad del siglo XX y los albores de este tercer milenio.
En una charla cálida y entrañable, compartida con su inseparable Pitita Matías, compañera de vida y testigo fiel de más de seis décadas de trabajo y reconocimientos, Suances abre las puertas de su memoria para desgranar su trayectoria vital y profesional. Desde los años de formación universitaria en el Madrid de posguerra hasta la consolidación de un estilo de corte moderno racionalista, una “etiqueta que no me acaba de convencer”, nunca renunció al diálogo respetuoso pero valiente de la arquitectura con el pasado histórico.
La arquitectura no irrumpió en la vida de Javier Suances por tradición o vocación clara, sino a través del dibujo, por un cuñado que se dio cuenta de sus dotes artísticas. Defiende con sencillez que es un “artista más técnico”, un tecnicismo que lo apartó del lienzo para empujarlo hacia el desafío de los volúmenes habitables. Procedente de una familia de arraigada tradición militar, entre sus ascendientes y parientes más cercanos figuraban tíos almirantes, contralmirantes y un abuelo que ejerció como alcalde, configurando un entorno familiar de gran peso institucional, con el decisivo y afectuoso papel de su madre.
Ante el recuerdo de su juventud, su esposa añadía que “él se pudo haber quedado en Madrid... pero lo fueron a buscar prácticamente”, rememorando cómo el influyente arquitecto Antonio Alés Reinlein, marqués de Alta Gracia, acudió a su padre para reclamar su talento y traerlo de vuelta a Ourense, donde comenzó a estabilizar los primeros pasos de su vida profesional. Recuerda Javier Suances que, para estudiar la carrera en aquella España de mediados de siglo solo existían dos caminos posibles, Madrid o Barcelona, de modo que Suances eligió la capital, ingresando en una escuela sumamente exigente donde el simple acceso requería demostrar unas dotes de dibujo tan elevadas que “tenías que dibujar casi como Goya”.
En ese camino, que transitó de vuelta en su Ourense natal, jamás siguió modas pasajeras ni se ancló dogmáticamente en referentes fijos, reconociendo con profunda admiración la huella dejada por figuras de la talla de Alejandro de la Sota, un “maestro absoluto” cuyas enseñanzas cimentaron su rigor proyectual y su honestidad constructiva.
Un diálogo continuo
El catálogo de obras firmadas por Javier Suances en Ourense y su provincia constituye un ejercicio constante de equilibrio arquitectónico. Para su mentalidad analítica, cada encargo poseía una naturaleza intrínseca y única que exigía un estudio previo verdaderamente exhaustivo de factores tan diversos como “la situación geográfica, las condiciones climáticas, la topografía del terreno, el sustrato cultural, la naturaleza de los materiales y las exigencias físicas de resistencia”, recuerda con la precisión de quien hizo de los planos una extensión de su propia vida. “Cada proyecto tiene su historia”. Y no hay duda de que así lo dejó siempre reflejado en cada edificio que dibujó con sus manos.
Un ejemplo es la Casa de Chocolate, que se erige como un referente del paisaje urbano e institucional de Ourense, un edificio concebido desde la más absoluta funcionalidad y el rigor formal. O el edificio Simeón, hoy Centro Cultural Marcos Valcárcel, dotado mano a mano con su hijo, Javier Suances Matías, de la misma dignidad espacial, calidez y cuidado minucioso que se le otorgaría al hogar más íntimo, conservando incluso “toda la madera que había con termitas, que le tuvimos que dar un tratamiento minucioso a la madera”.
Por otro lado, la compleja intervención en el monasterio San Esteban, en pleno corazón de la Ribeira Sacra, representó uno de los retos patrimoniales más intensos de su carrera al tener que enfrentarse a un rico compendio estratigráfico que acumulaba desde trazas medievales primitivas hasta sucesivas capas barrocas y neoclásicas. “Lo pasé mal con aquel proyecto porque me criticaron mucho”, recuerda mientras Pitita asiente puntualizando que “se lo querían tirar, pero ganó él”. Fue una intervención innovadora que, aun con críticas en su momento, se ha acabado convirtiendo en un referente turístico y ejemplo de recuperación arquitectónica.
“San Esteban empezó con un estilo ojival, después pasó al barroco, después al neoclásico, y al final yo traté de tratarlo con el movimiento moderno”. Pero si hay un proyecto al que guarda un cariño especial es al convento de las Carmelitas Descalzas de Vistahermosa. Recuerda que son “monjas de clausura, que entran allí y ya no salen más” y para ellas ideó un espacio abierto, de luz y respiro con pequeñas terrazas desde las que podían “asomarse y ver la ciudad”. Aquella audacia espacial, que en un principio generó ciertas reservas le valió grandes reconocimientos con el paso de los años.
Sin embargo, en su vida no ha habido proyecto pequeño. “Hice muchas casitas”, que le reportaron tanta satisfacción como los buques insignia de su trayectoria. “La arquitectura tiene que estar hecha para el hombre”, por eso antes de empezar cada plano “hay que saber cómo es la vida” de aquellos que van a vivir en una casa.
Siempre la luz
Para Javier Suances, la arquitectura carece por completo de sentido y razón de ser si se desvincula de su destinatario último y primordial, que no es otro que el ser humano, huyendo siempre de la frialdad monumentalista para volcarse de lleno en la escala doméstica, corporal y profundamente vivencial.
Su concepción teórica y práctica establece de manera categórica que la luz, “el lápiz del arquitecto”, constituye el auténtico pulso de la arquitectura afirmando que “la luz es vida... sin luz no se puede ver nada, de repente aquí se apagan las luces y queda todo oscuro y no sabes en qué espacio estás... Sin embargo, enciende la luz y te encuentras, estás en un espacio de tres dimensiones con unas vistas, con unos elementos”. Por eso, todos los proyectos de su vida han sido luz y grandes espacios.
Además, defiende con convicción pedagógica que un edificio jamás se experimenta de forma aislada a través de la simple contemplación visual, sino que en ello influyen todos los sentidos. De forma especial el tacto mediante contrastes táctiles tan primordiales como “la madera caliente frente a la piedra fría”, demostrando que “el espacio se percibe de varios modos, no sólo por la vista”. Convencido firmemente de que un buen arquitecto debe cultivar ante todo una sólida formación humanística y cultural, sostiene que la chispa de la inspiración puede brotar de cualquier rincón inesperado de la vida. “Cuanto más culto sea un arquitecto, mejor le van a salir sus proyectos”.
La profesión
La placentera conversación con el maestro ourensano permite trazar con pulso firme una radiografía a la vez nostálgica y lúcida sobre cómo ha virado y mutado la profesión. Para él, hoy en día la disciplina se ha visto sometida a un “proceso de profunda industrialización”. Reflexionando sobre este cambio de paradigma frente a los grandes estudios internacionales actuales, apunta que “antes había la posibilidad de que el arquitecto fuese un creador... Hoy está muy industrializado. Hay 500 arquitectos en Londres, como es el estudio de Foster, pero Foster sólo hay uno. Se perdió esa esencia del creador, antes estabas tú solo”.
En su época, aquel centenar escaso de arquitectos en todo el territorio gallego durante los primeros años del Colegio Oficial de Arquitectos, del que fue uno de los fundadores, ejerciendo como presidente de la delegación provincial y posteriormente como decano a nivel autonómico, tenía la necesidad de organizarse y establecer una organización de la profesión en Galicia.
Lo vivió también delante de los pupitres. La faceta de Javier Suances como profesor fue amplia, “hasta los 80 años”, recuerda Pitita. Ese tiempo le permitió mantenerse en un permanente estado de aprendizaje continuo, comprendiendo con humildad que la labor de enseñar exigía a su vez aprender constantemente de las inquietudes de las nuevas generaciones, pues como él mismo explica, “de los alumnos se aprende mucho; te obligan a estudiar las cosas para podérselas explicar mejor y te abren caminos”.
Tres generaciones
La vocación creadora, la pasión por el rigor formal y el talento de Javier Suances Pereiro no se extinguieron con la llegada de su jubilación profesional, sino que continúan respirando con vigor renovado y plena vigencia en el seno de su propia descendencia. Con cuatro hijos formados bajo el ejemplo de la excelencia, dos de ellos siguieron sus pasos en la arquitectura.
Uno de ellos cursó sus estudios superiores de arquitectura en tierras alemanas y que hoy lleva “30 años en Hanover”. El otro, “Javierito” Suances Matías ejerce desde A Coruña convertido también en referente de la arquitectura gallega. A ellos hay que sumar a la tercera generación. “Un nieto está estudiando Arquitectura, va para cuarto”, cuenta con orgullo Pitita. Las consultas técnicas y las conversaciones cómplices que sus hijos y nieto le plantean puntualmente sobre proyectos le hacen sentir “muy orgulloso”.
Cuesta sintetizar una trayectoria tan amplia como la de Javier Suances, de cuya mente creativa salieron espacios que hoy recorren a diario cientos de ourensanos y vecinos llegados de fuera, algo que le produce “mucha satisfacción”.
Autor de edificios emblemáticos, observa con cierta tristeza crítica el devenir urbanístico del Ourense que le vio nacer. “Creo que la ciudad tendría que estar más ordenada, con espacios para los niños, para los mayores… Si quitas el parque de San Lázaro y el Jardín del Posío, Ourense se queda sin nada”.
De esos años llegaron importantes reconocimientos, “pero de eso no te va a hablar mucho que siempre fue muy humilde”, puntualiza con cariño su esposa. Premios y homenajes avalan una huella atemporal en la arquitectura gallega que tiene en Javier Suances a un artista acompañado siempre por “lápiz y papel” que supo pintar con luz la modernidad dentro de la historia milenaria de las piedras.
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