Ricardo Marini, pediatría con raíces
VIDA
Hijo de una tierra de cruces migratorios y marcado por una juventud dividida entre la vocación médica y las heridas de la convulsa historia argentina, el doctor Ricardo Marini jamás imaginó que un viaje fortuito cambiaría el rumbo de su vida. Lo que iba a ser un retiro provisional de dos años para proteger a su familia de la crisis económica e inseguridad de finales de los ochenta, acabó convirtiéndose en casi cuatro décadas de dedicación a la neonatología y la pediatría comarcal en O Barco de Valdeorras. Recientemente elegido pregonero de las fiestas del Santo Cristo, el especialista repasa el periplo vital de sus antepasados, la calidez con la que fue acogido su hogar y la importancia de la empatía hacia quienes, como él, un día debieron hacer las maletas para volver a echar raíces.
Pregunta. ¿Cómo empieza su historia?
Respuesta. Por parte de mi padre desciendo de italianos, del Piamonte, de un pueblo muy cercano a Turín. Por parte materna, mis abuelos eran de aquí muy cerca, de Toral de los Vados, en el Bierzo. Ambas familias emigraron a la Argentina, pero en circunstancias radicalmente opuestas. Mis bisabuelos paternos emigraron desde Italia en mejores condiciones económicas; pudieron comprar tierras y establecerse con mayor holgura. Fue una migración diferente. La verdadera odisea, dolorosa y desesperada, fue la de mis abuelos maternos españoles. Ellos se embarcaron hacia lo desconocido en Vigo, sin saber bien en qué barco subirían ni a dónde los llevaría el destino, empujados únicamente por la necesidad. Al llegar al puerto de Buenos Aires sufrieron un golpe devastador con la epidemia de malaria de 1910 les arrebató a dos de sus hijos pequeños recién desembarcados. Desesperados y con el alma rota, se subieron a un tren y viajaron hacia donde terminaban las vías. Se bajaron en un pueblito extremadamente pequeño y remoto en la pampa argentina, sin tener absolutamente nada. La municipalidad de allí les otorgó un terreno y, con mucho esfuerzo, levantaron su casa como pudieron. Ahí comenzaron su vida de nuevo, tuvieron más hijos y nació mi madre. Con el tiempo, cuando los niños crecieron y necesitaron ir a colegios más grandes, la familia se trasladó a una pequeña ciudad cercana, General Pico. Allí, mi madre conoció a mi padre, que estaba trabajando en la zona, y allí nací yo en 1950. Viví en General Pico hasta los 17 años, cuando me fui a estudiar Medicina a Buenos Aires.
P. ¿Cómo influyó esa convivencia entre raíces gallegas e italianas en su infancia?
R. Fue una infancia hermosa, entrañable, marcada por una mezcla cultural constante que se vivía sobre todo en la mesa. Mi abuela materna, nacida en El Bierzo, vivía con nosotros y hablaba una mezcla entrañable entre gallego y castellano. Ella preparaba la empanada gallega típica de su tierra, la berciana, con acelga, patatas y chorizo. Me acuerdo perfectamente de que siendo yo muy pequeño me mandaba temprano a la panadería de enfrente a pedir “pan dormido”; con esa masa ella elaboraba su empanada, que era exquisita. También hacía la tradicional tortilla de patatas, los potajes y el bacalao con garbanzos en Semana Santa. Por el lado paterno, aunque a mi abuela no la llegué a conocer porque falleció antes de que yo naciera, mi madre la quería con locura y le enseñó toda la gastronomía italiana, la masa casera para espaguetis, tallarines, ravioles y capelletis hechos a mano, además de la clásica pizza de los sábados, que en mi casa era un ritual sagrado. En Navidades y Fin de Año, que allá coinciden con el pleno verano austral, adaptábamos las costumbres europeas a la masa de calor: comíamos platos fríos, pero poníamos el árbol de Navidad lleno de algodón simular nieve. Esa fue la matriz de la Argentina de nuestra zona, un mestizaje directo entre españoles e italianos que convivían en perfecta armonía. Yo tenía compañeros con apellidos de todos los orígenes, rusos, galeses, ingleses, franceses…, y todos convivíamos como si compartiéramos la misma genética.
P. ¿Cómo fueron los inicios de su carrera?
R. Fueron años intensos y marcados por acontecimientos dramáticos. El momento más crítico y triste de mi vida ocurrió cuando tenía 21 años, que mi padre falleció repentinamente cuando yo aún no terminaba la carrera de Medicina. Es el único pasaje que me gustaría poder borrar de mi historia. Sin embargo, salí adelante, me gradué de médico en Buenos Aires y me especialicé en Pediatría y Neonatología. Además, dando clases como docente en la Facultad de Medicina, conoció a la que hoy es mi esposa, con quien he formado una familia maravillosa de la que nacieron nuestros dos hijos y, posteriormente, nuestros dos nietos, que son nuestro mayor orgullo. En 1975, cuando ya había completado el primer año del MIR en Pediatría, se me agotaron las prórrogas por estudio y debí cumplir con el servicio militar obligatorio como médico. Justo en ese período se desató el conflicto armado y la guerra de guerrillas entre la subversión y el gobierno de Isabel Perón. Fui destinado a un regimiento que debía marchar hacia el frente en Tucumán. Se me nombró jefe del tren sanitario militar, una responsabilidad enorme. Ahí ocurrió lo que considero una auténtica intervención divina porque estando muy al sur de la Argentina, al pie de la Cordillera de los Andes, la esposa de un oficial del ejército entró en trabajo de parto en un embarazo de altísimo riesgo. Como en esa zona no había pediatras y yo tenía la formación en neonatología, me sacaron de urgencia del tren militar para embarcarme en un avión rumbo al Hospital Militar Central en Buenos Aires. Ese traslado salvó mi vida porque el tren sanitario que marchó a Tucumán sufrió un ataque devastador con muchísimas bajas y muertos entre el personal militar. Siento profundamente que aquel niño por nacer me salvó la vida.
P. ¿Qué desencadenó la decisión de venir a España?
R. Nos casamos en 1978, en pleno Mundial de fútbol y bajo el régimen de la dictadura militar, una época terrible para todo el país. Después llegó la ansiada democracia con el presidente Alfonsín, una etapa en la que todos estábamos ilusionados. Sin embargo, hacia 1989 el panorama se desmoronó por completo debido a la corrupción de los entornos políticos y una crisis económica voraz. Se desató una hiperinflación superior al 3.000% anual y era imposible sostener cualquier economía familiar. La miseria extrema trajo consigo delincuencia y luego una criminalidad desenfrenada. Se multiplicaron los secuestros y la inseguridad cotidiana era insoportable. Nosotros teníamos a nuestros hijos pequeños y no podían salir ni a la puerta de la calle. Vivíamos intranquilos. Por eso tomamos la decisión de salir del país por un período provisional de uno o dos años, buscando un tiempo de tranquilidad hasta que la situación se arreglara. Al final, esos dos años ya son casi 40.
P. ¿Cómo terminó estableciéndose en O Barco de Valdeorras?
R. Fue una absoluta casualidad. Yo me encontraba en Toral de los Vados visitando a las primas de mi madre tras haber pasado más de tres meses en Italia evaluando una propuesta laboral que finalmente no me convenció. Un colega mío, traumatólogo y oftalmólogo argentino que estaba en Vigo desesperado por instalarse en España con su familia, me comentó que en Ourense había una plaza ofertada para su especialidad. Me pidió el favor de acercarme hasta O Barco a averiguar. Esa fue la primera vez que pisaba Galicia. Cuando llegué al hospital, me atendieron de una forma extraordinariamente cálida. Hablé con la doctora Nieves Martínez, que llevaba la dirección, e hice las gestiones para el precontrato de mi amigo. Durante la conversación, le comenté mi trayectoria y ella me dijo que el hospital se estaba expandiendo para cubrir toda la comarca y que necesitaban urgentemente un pediatra especializado en neonatología, ya que tenían equipamiento e incubadoras pero faltaba el especialista. Al principio le dije que era imposible, que ya tenía el pasaje de vuelta a Buenos Aires sacado para dentro de cinco días. Pero llamé a mi esposa a Argentina y me contó que la situación en el hospital donde yo era director estaba caótica y que el ambiente en el país se volvía irrespirable. Acordamos probar suerte dos años. Volví a llamar a la doctora y acepté. Para ello debíamos hacer en Madrid un examen de colegiación sobre la Constitución y las leyes sanitarias españolas en solo diez días. Estudiamos día y noche con mi colega, nos presentamos en el Colegio Médico y aprobamos. A los pocos días, la secretaria del colegio, una mujer entrañable llamada Sagrario, nos llamó para darnos la gran noticia de que podíamos ir a trabajar.
P. Desde el punto de vista profesional, ¿encontró diferencias en el ejercicio de la Pediatría?
R. No muchas. La verdadera diferencia radicaba en el modelo organizativo y en la escala. Yo venía de trabajar en estructuras hospitalarias gigantescas en una gran metrópoli como Buenos Aires, donde los departamentos funcionan como compartimentos estancos y apenas hay contacto entre las distintas áreas. Llegar al Hospital de O Barco fue una experiencia maravillosa porque funcionábamos como una auténtica familia. Se estaban creando los centros de salud de Viana, A Veiga o A Rúa, y los pediatras del hospital cubríamos esas plazas desplazándonos hasta allí. La dinámica de trabajo era muy ágil, podías entrar personalmente al laboratorio a discutir un cultivo directamente con el bacteriólogo o acompañar tú mismo al niño a la sala de Rayos, revisar la placa en el acto con el radiólogo y decidir el tratamiento de inmediato. Ese nivel de coordinación y afecto humano convirtió al hospital en un lujo para toda la comarca y en un entorno de trabajo inigualable.
P. ¿Qué representó para usted ser elegido pregonero de las fiestas del Santo Cristo?
R. Fue una sorpresa colosal. Yo siempre había visto que los pregoneros eran personas ilustres nacidas en el propio pueblo, por lo que nunca imaginé que se fijaran en mí, que al fin y al cabo llegué como un inmigrante. Sentí una gratitud infinita hacia las autoridades y los vecinos, porque el pregón me dio la oportunidad pública de dar las gracias a un pueblo que nos acogió con los brazos abiertos a mí, a mi mujer y a mis hijos. Mis hijos crecieron aquí con total libertad, pudiendo ir al río y jugar con sus amigos sin el miedo al que estábamos sometidos allá. Aproveché ese momento para recordar las penurias de mis abuelos españoles, demostrando que detrás de un título profesional siempre hay una historia de esfuerzo generacional, y para recalcar que la bondad debería ser la norma que rija al mundo.
P. Pidió empatía con la emigración.
R. Es un tema sobre el que reflexiono mucho. Habiendo vivido en carne propia la migración de mis abuelos europeos a América y la mía de regreso a Europa, creo firmemente en la necesidad de la empatía. El desarraigo es una huella profunda, nadie abandona su tierra natal por mero placer, porque el lugar de origen se lleva guardado dentro para siempre. Hay que ponerse en el lugar del que busca seguridad y un futuro digno para su familia, diferenciando siempre a esas personas de las mafias abyectas que se aprovechan de su necesidad. Por otro lado, considero que el inmigrante tiene la obligación moral de corresponder al país que lo acoge. Hay que llegar con humildad, sin soberbia, y mostrar un profundo respeto por las costumbres, las tradiciones y la cultura receptora. En mi caso, me enamoré de esta tierra, aprendí a entender, leer y escribir el gallego, y me volví un ferviente admirador de la literatura de Rosalía de Castro y de Castelao. Integrarse no significa perder la identidad, sino abrir la mente a la diversidad para enriquecernos mutuamente.
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