El poder de la infancia

Nuria Diéguez, doctora en Psicopedagogía

Publicado: 09 abr 2026 - 07:00 Actualizado: 08 abr 2026 - 19:00
Apego seguro
Apego seguro

Reconocer el valor de la maternidad no implica idealizarla ni romantizar el sacrificio. Escribo sobre maternidad porque soy madre. Lo hago desde la experiencia vivida pero también desde el respeto a todas las formas de cuidar, hablo de maternidad sin querer invisibilizar la paternidad ni a los tutores legales, ni a las personas que responsabilizan con cariño, dedicación y paciencia de cuidar, criar y educar.

En los gestos diarios se construye el vínculo que da seguridad para crecer. Lo que nuestros niños y niñas necesitan, sea cual sea la configuración familiar, son referentes estables, presencia real, cariño sin condiciones y límites firmes y coherentes. La maternidad no necesita ser perfecta para ser valiosa. Necesita ser real. Y ser real implica esfuerzo, compromiso y, en muchos momentos, sacrificio. Es imprescindible, reconocer el esfuerzo, la carga mental, la organización constante y la planificación invisible. No pretendo idealizar la maternidad sino, reconocer su potente valor educativo y social. La educación empieza en casa y en familia, en los primeros vínculos.

No podemos dejar de lado que la maternidad transforma, cambia el tiempo y la identidad porque educar, criar y cuidar implica dedicación, constancia, límites y mucha (demasiada) energía. La maternidad es increíblemente maravillosa, pura magia, pero también es cansancio acumulado, noches sin dormir, el reto constante de una conciliación que muchas veces parece imposible, dudas, renuncias, decisiones, gestionar rabietas y sostener emocionalmente cuando también se necesita sostén.

La maternidad no es sencilla, pero es un amor que lo cambia todo, reordena prioridades y exige decisiones constantes sobre alimentación, sueño, rutinas, límites, uso de pantallas y organización familiar. Muchas veces nos encontramos entre proyectos personales y profesionales y una entrega diaria (24/7) que, a menudo, no tiene reconocimiento formal. Ser madre es un trabajo emocional, físico y mental, sin horario ni salario, pero con una trascendencia educativa y social incalculable en el presente y también en el futuro de nuestros hijos/as.

Educar desde el vínculo

Lo que más cuenta no es la perfección de las prácticas, sino la calidad del vínculo. No hablamos de cantidad, sino de tiempo de calidad que implica juego compartido, conversaciones con atención y planes sencillos que construyen memoria afectiva. En esta vida acelerada que vivimos, regalar tiempo de calidad, escuchar sin prisas, jugar a su altura, acompañar sus emociones y sus aprendizajes desde la calma es una decisión de gran valor.

La infancia es una etapa decisiva, en los primeros años se forma gran parte de la seguridad emocional, la confianza en uno mismo y la capacidad de afrontar retos. Estas cinco pautas ayudan a crecer en un entorno de presencia y límites claros que les enseña a sentirse seguros, a gestionar sus emociones y a relacionarse con respeto y empatía:

  1. Presencia real: priorizar el juego, la conversación y la escucha activa. Son los espacios donde se construye la curiosidad, el lenguaje y la regulación emocional.
  2. Establecer límites claros y coherentes: las normas son muy necesarias y deben de ser sostenidas en el tiempo desde la calma y el respeto para desarrollar autocontrol.
  3. Reducir la exposición a pantallas en edades tempranas: la interacción directa favorece la atención, regulación, el desarrollo del lenguaje y la calidad del sueño.
  4. Potenciar la autoestima y la autonomía: significa reconocer el esfuerzo, ofrecer responsabilidades acordes a la edad y valorar el proceso, no solo el resultado. La cultura del esfuerzo se aprende viendo, acompañando y confiando, no exigiendo.
  5. Crear hábitos saludables: cuidar rutinas como el descanso y la alimentación, implicarlos en la preparación de alimentos, reducir el consumo de ultraprocesados y azúcares añadidos, y convertir la comida en un entorno de aprendizaje.

Construir una educación más humana

Hay decisiones de crianza distintas y todas merecen respeto. Dar el pecho o no. Establecer rutinas más estructuradas o más flexibles. Delegar tiempo en abuelos u otros cuidadores. Cada elección está atravesada por diferentes circunstancias, todas válidas. Convertir esas decisiones en motivo de reproche es absurdo. La maternidad no necesita más presión social, sino comprensión y apoyo.

Al hablar de maternidad quiero poner en valor a las madres y familias de niños y niñas con enfermedad, con necesidades educativas especiales o con necesidades específicas de apoyo educativo. Su día a día implica una mayor carga de gestiones, citas, informes, adaptaciones y una carga emocional mucho mayor. Sostener el día a día, acompañar cada etapa y estar presente en cada proceso requiere una resiliencia que merece reconocimiento institucional, educativo y social. Su labor y fortaleza es profundamente admirable siempre.

En definitiva, un reconocimiento al esfuerzo silencioso de cada madre. A las que trabajan fuera y dentro de casa. A las que concilian como pueden. A las que sienten que no llegan y, aun así, siguen avanzando. Reconocimiento al valor de sus decisiones porque todas están tomadas desde la responsabilidad, las circunstancias y el amor. Necesitamos, como sociedad, dejar de juzgar, opinar y criticar desde la distancia. La crítica por todo y la opinión no perdida no acompaña, desgasta y cansa.

Cada madre toma sus decisiones intentando hacer lo mejor para sus hijos e hijas, y no debería tener que justificarse. Si aspiramos a una cultura educativa más humana, empecemos por respetar la diversidad de formas de criar, acompañar sin imponer, orientar sin desautorizar y compartir sin cuestionar.

Y, en lo personal, no puedo terminar sin expresar un agradecimiento íntimo y profundo a mi madre. Gracias por estar, por permitirnos ser, por querernos, valorarnos, apoyarnos y acompañarnos siempre. Por tu generosidad, tu cariño y los valores que nos transmites día a día. Por enseñarnos con el ejemplo, que educar es sostener y ofrecer raíces firmes y seguras desde las que poder crecer, decidir y volar con libertad. Gracias mamá, por ser y estar siempre.

Para finalizar, poner en valor cómo en los pequeños gestos de cada día se construye el vínculo que da seguridad para crecer. Ese vínculo es la base sobre la que se forma la persona, su confianza, su empatía, su capacidad de regularse y su resiliencia. Por eso reconocer el trabajo de las madres/padres/tutores legales/cuidadores es también reconocer una parte esencial del futuro de nuestra sociedad. Educar, cuidar y acompañar no siempre se ve, pero deja huella para toda la vida. A todas las madres, gracias por ese esfuerzo constante que tantas veces ocurre en silencio. Porque en ese cuidado diario se está construyendo el mañana. Cuidar la infancia no es solo atender el presente sino también preparar el futuro. Cada gesto de hoy contribuye a formar a personas más seguras, autónomas y mejor preparada para la vida. Un trabajo invisible que educa el futuro.

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