Enferma de amor estoy

Enferma de amor estoy

Varían las formas de enamorarse: de vista, de oídas, a través de un retrato, de la caligrafía esmerada, dúctil, de quien lee lo que la persona amada escribe. Habla del encanto de quien mueve la pluma, la tornea, la gira suavemente en sus ondulaciones, en sus rasgos estilizados o redondos, o acelerados, o tiesos en su punto final. Y se lee y se relee la carta escrita. Se manosea el papel; se dobla, se vuelve a abrir, se vuelve a leer. Eran numerosos los manuales, y hasta los formularios, de escribir cartas misivas, en el siglo XVI y XVII. Se dignifican las artes del buen escribano y, sobre todo, la uniformidad del texto impreso que el invento de Gutenberg (la imprenta) alteró radicalmente las formas de leer –un libro para cada lector– y de comunicarse. La caligrafía era todo un arte. Una forma de seducir y de enamorar. A la escritura la mueve el sentido, afirma el gran calígrafo chino Wang Xizhi, a la caligrafía la forma y el gesto. Eleva y mueve el espíritu; ilumina los sentimientos. Y hasta se asoció, la letra bastarda frente a la redonda, como expresión del caracter nacional. La letra bastarda debía sex expresión de gallardía, firmeza, robustez y arte.

Las nuevas formas de escribir, tableta en mano, tuits rápidos, como volando, han dado un golpe de gracia a las clásicas artes de la buena caligrafía. El tuitear y el tuiteo, al igual que los blogs, configuran lo instantáneo e inmediato. Que a veces raya con lo irreflexivo e incoherente: el tuit que desmiente el previo: la post-verdad de la verdad. Se ha roto la íntima fusión entre pluma, papel, tinta, rasgo caligráfico y mensaje. A veces la pluma titubea, surge el borrón, se tacha, y de nuevo se corrige lo escrito. Sobre la cuartilla en blanco se deletrea el parpadeo amoroso del amante a su amada. Y la íntima relación entre el varón (quien escribe) y la hembra (quien lee). Tal vivencia la fijó Lope en un memorable verso: «Quiero escribir y el llanto no me deja».  Nada nuevo debajo de las estrellas: el presupuesto aristotélico, ‘materia la mujer, el hombre forma’. O de otro modo, la forma busca la unión con la materia al igual que el hombre con la mujer. Aristóteles asienta (en De anima II, y en Metafísica VIII, i), que todas las cosas corporales están compuestas de materia y forma; que la materia está acondicionada por la forma, y que ésta es principio y causa de todos los accidentes y propiedades. 

Y del mismo modo que la materia desea su unión con la forma, la mujer aspira a su unión con el hombre. Tal concepto está presente en numerosos textos. Ya en La Celestina, el texto angular entre Edad Media y Renacimiento, atribuido a Fernando de Rojas. Sempronio expone: «¿No has leído al Filósofo que dice: ‘así como la materia apetece a la forma, así la mujer al varón?’».Tal fusión la establece la pluma que traza una amorosa caligrafía (forma) sobre el papel blanco (materia). Y aún más: la caligrafía coqueta del amante, que halaga y que sobre todo seduce. Semeja la íntima fusión de tinta (forma) y papel (materia); de hembra y varón, de acuerdo con el tópico aristotélico. 

Al caso, la argentina María Rosa Lida, una de las más célebres hispanistas del pasado siglo; otro, Yakov Malkiel, uno de los más solventes expertos de la historia de la lengua española, y afamado rastreador de sus etimologías. La correspondencia entre ambos (1943-1948) es a modo de una novela de amor, fragmentada en breves relatos de seducción (cartas), con un transcurso feliz, el matrimonio, y un final desolador: la muerte prematura, en agosto de 1960, de María Rosa Lida, con apenas cincuenta y dos años, víctima de un tumor incurable. Con prólogo del académico Francisco Rico, y con el título Amor y Filología, se recogen cuarenta y una cartas, que acaban de salir a la luz en la Editorial Acantilado. María Rosa, hermana del afamado Raimundo Lida, catedrático de Harvard una larga veintena de años, se formó a la sombra de Amado Alonso, el fundador del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. Una beca de la Fundación Rockefeller le permitió a María Rosa disfrutarla en Harvard, lejos de su añorado Buenos Aires, y de su acogedora familia de judíos askenazis, procedentes del centro de Europa. Askenazi también era Yakov, doctorado en Berlín con ilustres romanistas, ducho en un gran número de lenguas. En 1940 saltó a Nueva York, y después de pasar por varias universidades modestas, aterriza en la Universidad de California, Berkeley, donde funda una prestigiosa revista (Romance Philology) y un nombre internacional en su especialidad: Yakov Malkiel

Sus cartas, cargadas algunas de anotaciones filológicas, se intercambian entre ambas orillas: del Atlántico al Pacífico. Son la historia de un epistolario y de un exilio; de un amor por entregas, admirando los amantes sus caligrafías y la cara que en ella se refleja. Del titubeo inicial a la entrega sin reparos. Y a la unión matrimonial. Le escribe María Rosa Lida a Yakov Malkiel a los pocos días del sí matrimonial: «Tenemos que querernos muchos los dos, y ser buenitos, y comprendernos, y perdonarnos, y vivir limpia y buenamente». Y en una breve postal le declara: «Enferma de amor estoy, / váleme, Yasha, my boy». 

(Parada de Sil)