Negociar con el santo

Negociar con el santo

Me lo encuentro calle Concejo adelante. Ahí viene, luminoso, lleno de energía, cercano humanamente hablando. Le pregunto si ha salido de una clínica de rejuvenecimiento, si ha hecho un pacto como Dorian Grey o ha visitado alguna sacerdotisa del “candomble”.

Yosi ríe y aprieta la mano de Laurita. Ella es su milagro. Esa mujer de Buenos Aires que todavía se ruboriza si le dices que es hermosa. Es cierto, a veces los dioses hacen ofrendas a los buenos “bardos”. A su lado, el dolor se toma vacaciones y ella le protege de todas las lágrimas.

Conque le espeto lleno de cochina envidia: “Si no la hubieses conocido, posiblemente estarías muerto”. Se pone serio, reflexiona, hay fuego en sus ojos: “Posiblemente sí; hoy seria un fiambre”.

Los Suaves no paran de hacer conciertos. Yosi ya no se encanalla en el fango, lo cuidan. Viaja en un coche aparte con su ayudante personal, y enseguida, al terminar, a la habitación numerada del hotel. “Bueno, siempre hay excepciones, noches en que parece que vives siete años”.

Estamos en un garito. El barman tira la cerveza con maestría. “Te voy a contar un secreto, un milagro que me sucedió el día de la Ascensión. Gran noche, lugar de hechizo: la plaza de la Quintana. Llovía a cantaros, se corrió la voz 'vamos a suspender'. Con decisión, me fui solo a la Catedral, negocié con el Santo, no te voy a contar lo que le di a cambio, esas son cosas nuestras. Eran las doce y estábamos en el escenario. Me gusta ser británico en el horario. Sonó la primera campanada, espere hasta la última y arrancamos con rabia. El Santo cumplió su parte. Sucedió lo contrario de los Rolling en el Calderón en el 82; cuando salieron se desató la madre de todas la tormentas.”

No se por qué la conversación deriva hacia extraños encuentros: “Ocurrió después de tocar en una ciudad del sur. Estábamos en un local, bebíamos a tumba abierta; en esto se me acerca un hombre con acento extranjero. Traía un perro, una libreta y una pulsión suicida en la mirada. El tipo se acerca y me espeta: '¿Sabes, amigo?, lo que más me duele en el mundo es haber pertenecido a las juventudes hitlerianas'. Me eche a reír, lo abrace amistosamente. Va el tipo y se levanta la camisa hasta el hombro: allí estaba la cruz gamada. Pocos días después vi su careto en la contraportada de un libro, era Günter Grass. Jamas olvidaré el gesto doliente con que me mostró su tatuaje. No he podido hacerle una canción”.

(Le digo que es jodido ser una leyenda. Bueno, los Stones son bisabuelos y andan por ahí incendiando el mundo. Los Suaves tampoco se detienen, ahora buscan salas pequeñas llenas de humanidad.

De pronto pongo a Yosi en un aprieto, le pregunto qué ciudades le dan “mal fario”: “Hay una que me estremece y temo. Es como el aleph de Borges. No te digo cuál, es mi secreto. Cuando actúo allí, le pongo incienso a los dioses, 'todos los muertos que conocí bailan conmigo”.