DON MANUEL

Se lo ganó a pulso, el titulo de “Don Manuel”, por antonomasia. Son innegables los valores que adornaban a Fraga, “le cabía el estado en la cabeza”, en célebre frase de Felipe González. Supo –con su genio y figura- ir adaptándose a diversas situaciones nada fáciles. Posiblemente fue el mayor hombre de Estado en muchas décadas en España, y el haber sido capaz, tras el franquismo, de aglutinar a toda la derecha es su mayor mérito.

La primera vez que le vi, en julio de 1962, tenía yo 16 años y su figura me impactó. Fue en Madrid, en el entierro de su antecesor como ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias-Salgado y de Cubas (1904-1962) destituido por el tratamiento que hizo que diera la prensa al IV Congreso del Movimiento Europeo, que llamó peyorativamente “Contubernio de Munich”, y fallecido pocos días después de aquel 12 de julio en que Fraga le sucedió como ministro de Información y Turismo. Iba al lado del vicepresidente Muñoz Grandes (1896-1970) y con el mismo traje a rayas con el que aparecía en la portada del extraordinario de esta casa en su cincuentenario. A nadie dejaba indiferente. Su capacidad de trabajo y su lucidez de mente hasta el final impresionaban.

He llegado a tener cierta confianza con él, largas conversaciones y hasta una queimada que tuve el honor de hacerle en una visita a Lisboa. En una de sus últimas visitas a la ciudad lusa, al llegar a Palhavâ, residencia del embajador, bajándose del coche y con aún medio cuerpo dentro del mismo, me soltó: “A Vd. le leo todos los jueves, me ha gustado el último artículo”. En otra ocasión, hablando de cierto político ourensano, me preguntó: “¿Y Vd. qué opina de X?”. “Don Manuel -le dije-, usted es de Villalba y yo de Ourense, los dos gallegos, ¿y a usted que le parece?” Su carcajada fue grande y remató: “Veo que pensamos igual”.

Desde que a sus cuarenta años llega al Gobierno, fue un auténtico líder y “ministro-estrella” indiscutible. Como embajador de España en Londres (1973-75) dejó su impronta. Un almirante inglés me comentaba que era incomprensible la poca preponderancia que se le dio ya que, decía, como Fraga salen media docena por siglo. Sería interesante mirar atrás y comprobar como en 1975, muerto Franco y vuelto a España, era considerado como el político esperado. Su Ley de Prensa pretendía la apertura y las concesiones que estaba dispuesto a dar el régimen franquista. Franco se la encargó como tarea principal y Fraga la presenta a las Cortes en 1966, contando con la ayuda de Pío Cabanillas, otro gallego ilustre.

Como uno de los cualificados padres de la Constitución fue respetado y reconocida su labor. El mismo Santiago Carrillo, a quien presentó en una conferencia, reconoce el valor de este villalbés irrepetible. El día en que le hice la queimada le pregunté si pensaba averiguar el ADN de este pueblo lucense, pues en aquel momento eran de Villalba el presidente de la Xunta, el del Parlamento, el rector de la Universidad de Santiago y el arzobispo compostelano. Todo un récord.

Pierde Galicia a un hombre único con el que se podrá estar de acuerdo o discrepar, pero es innegable su categoría intelectual, capacidad de trabajo (agotaba a sus colaboradores incluso en su última etapa como senador), y sobre todo su categoría de estadista, de lo que desgraciadamente estamos bastante deficitarios en estos tiempos.