Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
De Tenerife al Entroido por Annie Leibovitz
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Los edificios son como las personas. Tienen un cuerpo, un vestido y también un gesto. De una casa recordamos su peso espiritual, tal vez su mal rollo o, quizá, su sonrisa. Los edificios sonríen. Sonríen hacia afuera y también hacia adentro. Sonríen al transeúnte indocumentado, al caminante despistado, al del patín eléctrico que va por la acera impunemente. Las casas nos miran y nos hacen carantoñas y sería una tristeza perderse sus muecas si vamos mirando al telefonito, o al suelo. Es importante mirar a las fachadas como miramos al resto de vecinos con los que vamos envejeciendo y gastándonos coralmente en esta cosa de la vida.
Pasar por delante de un edificio manda señales inequívocas a los intestinos, que son los verdaderos jefes de las emociones. Un aguafiestas diría que en Auria, acostumbrada a derruir y enfear lo bello, la señal dominante es casi siempre la náusea, pero hay que hacerles poco caso. No porque no tengan razón, que la tienen, sino porque enfadarse con los incapaces no soluciona nada y lo único que nos puede traer a los demás es la incubación de un tumor. Qué se le va a hacer. Esta xentiña es la que decide. Sabemos que podrían derruir la catedral mañana mismo para dejar pasar el camión-palco de una orquesta o echar abajo el puente romano si, dios no lo quiera, sus neuronas tuviesen la desfortuna de realizar una sinapsis semejante. Un ingenuo diría que hay que quererlos igual, que sus intenciones son buenas y, aunque se abofeteen cada mañana frente al espejo para recordarse que no es un sueño esto que están viviendo, que ríete tú del perdedor asperger del que todos se burlaban, sus ideas son puras. Sus sueños son legítimos. Estúpidos, pero legítimos.
Hay que saludar siempre a este y a todos los edificios, pero no decirles “hola”, más bien un “adiós”. Nada garantiza que estén ahí mañana
Volvamos a los edificios que te miran. La ciudad es un diálogo constante. Y merece ser recorrida en silencio, preferiblemente en soledad y con las manos en los bolsillos. Esto saca afuera nuestra persona paseante, que es casi siempre más sensible que uno mismo. Creo que ningún vecino de Auria es capaz de no sentir la fuerza de las poderosas puertas-reja del edifico de la Seguridad Social. Puertas enormes, de hierro pesado, pintado en gris para ser poderosamente gris, porque la cosa del Estado tiene que aplastar un poco a quien lo mire y transformar al señor en alevín y al alevín en ameba. Estas puertas musculosas siguen ahí, dando carácter a la fachada tantísimos años después. Y son noticia porque forman la sonrisa entera del edificio, que sonríe precisamente por aquí, por la puerta. Es una sonrisa poco invitativa y ciertamente inquietante, porque ese es el ethos de la cosa pública. Puertas enrejadas como las rejas de un altar, rejas que guardan asuntos importantes. Que se abren, gigantes, como los portones de un castillo y que dejan pasar algo de luz para no ahogar a los de adentro ni a los de afuera. Bendigo estas puertas cada vez que paso por aquí. Y las saludo a la vez que las despido, porque cualquier día pueden tirarlas a la basura y sustituirlas por horrores de PVC si algún mentecato argumenta que son climáticamente ineficientes. Por supuesto, tendrá el beneplácito institucional, porque en Auria se bendice todo crimen arquitectónico, no vaya a ser que nos quede una ciudad hermosa, digna de un pasado y una memoria, una ciudad orgullosa que sus ciudadanos queramos enseñar. Por eso hay que saludar siempre a este y a todos los edificios, pero no decirles “hola”, más bien un “adiós”. Nada garantiza que estén ahí mañana.
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