Carlos Risco
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Por las tierras caldelás, que de aguas cálidas le viene, cuando allá donde el río Edo, que nace en la sierra del Burgo, recibe escaso tributo de unas fuentes termales semi ocultas, que indudablemente nombre le dieron a esas tierras. La leyenda ampara, relativamente, el nombre de Caldelas con esa fábula de cuando un pretendiente en la mano de una de las dos hijas del conde del lugar, éste le diría: ¿Cál delas?.
Ni visita al castillo de los Lemos, Alba y ahora bien municipal, restaurado y museado. Recuerdo sí mis muchas visitas o pasos por sus históricas ruas con los Risco-Ulloa cuya familia de antepasados administró los bienes del castillo y sus impuestos cuando la casa de Alba poseedora de tierras y fortalezas.
Pues en tan soleado como frío día donde el vapor del paseante se percibía, desembarcamos en el Castro recordando a Amador Rego cada semana, carretera adelante, a pie, a visitar a su novia. Admirando aquellas laderas de vinícolas bancales de los que refugio hizo el famoso fuxido Mario de Langullo, nos fuimos al profundo valle.
Se imponía el trueque de la altura por el recogimiento del valle de Abeleda o Avellaneda, como se le decía en medievales documentos, lo que se lee en uno atribuido al monasterio de San Paio. Allí en el valle, en Pombar, un vecino nos alertó de las humedades y las resbaladizas piedras camino del monasterio, distante a menos de legua. Desistimos, la previsión de uno hizo que sacrificásemos la seguridad de garantizarnos una comida al caliente entre cuatro paredes en lugar de a cielo abierto, donde la campestre de gratísimo sol, pero, recordador de la última a la casi intemperie, no estaba por la labor de más experiencias estomacales al relente. Así que ascendidos a la Penas de Matacás con espléndidas vistas al Cañón del Sil y a las vinícolas laderas que se caen del monfortino Doade, contemplaríamos sus hermosas vistas, e internándonos por un sendero avistaríamos ese recodo con peninsular lengüeta que se llama Covela, y su Pena Tallada, escondrijo que fue de la guerrilla, a la que llegábamos desde esa misteriosa aldea de Tronceda, de las primeras deshabitadas en el siglo XX.
A la vista de Cristosende, de bancales sembrada, visitaríamos el museo del vino en a Teixeira cuando intención había de caminar por las cercanas pasarelas de madera del Mao, que de tan resbaladizas por las humedades, no aconsejaban su tránsito so riesgo de caída
Retornados al llantar bajo cubierta, de tan concurrido, que para acomodo reserva había de hacerse, instante en el que Berny, monitor de tenis en a Zamorana, que entre sus muchas aficiones, la de skatesurf, ese patín acuático impulsado por una vela, el cual se ofrecería para que asiento tuviésemos a su mesa. Y así fue como amenizado el almuerzo se intercambiarían impresiones; cuando despedidos, luego de pasados por alto los postres, que de tan endulzados, de ellos mucho hoy se prescinde, y en nuestro caso, por salados alimentos, como en tanto mesón se estila, este adobo que con profusión se usa para atraer el sabor… y la bebida.
Rumbo a Teixeira, obligada parada cabe a la parroquia de santa Tecla, que ahora galleguizada en Tegra, para visitar el ruinoso monasterio de San Paio de Abeleda, que sí lo está por lo que impacta la destechada iglesia abacial, que fue parroquia hasta 1972, momento en que colapsó su techumbre a pesar de los esfuerzos de una asociación local, O Sorriso do Daniel, para preservarla, San Paio, según documento de dudosa autenticidad, fue fundado por unos caballeros, Sancho y García Glez,: en un “vestrum monasterium Santi Pelagii de Avellaneda”, documento otorgado por Alfonso VII, de León, en guerra con su primo Afonso Henriquez, por la secesión del condado de Portugal del Reyno de León. En 1.127 pasa a patronato laico, cuando la orden benedictina dejó de ser Regla en el monasterio, y se constituye en abadía seglar con abad, capellán y clérigo. Llegó a tener 5 clérigos. La desamortización de Mendizábal aceleró una ruina que asomaba.
A la vista de Cristosende, de bancales sembrada, visitaríamos el museo del vino en a Teixeira cuando intención había de caminar por las cercanas pasarelas de madera del Mao, que de tan resbaladizas por las humedades, no aconsejaban su tránsito so riesgo de caída. En A Teixeira que de tejos o teixugos, porco teixo, con Lumeares hacia oriente cuando decaía el sol, rumbo pusimos hacia occidente.
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