Al joven que yo era

Al joven que yo era

Antonio Orejudo ha publicado en El País Semanal una carta que se ha escrito a sí mismo. A sí mismo cuando era un chaval. Es una carta preciosa, lúcida y breve, así que les recomiendo a todos ustedes que la lean, no los defraudará. Lo de "carta breve", aunque no tenga nada que ver, me ha recordado otra lectura, en este caso mía, y también de juventud: "Carta breve para un largo adiós" de Peter Handke. Una lectura que seguramente hice, tal como cuenta en su carta Orejudo, junto a la Olivetti, con una buena pila de libros al lado y un cigarrillo en la mano. Un joven descubriendo a Handke pero también a Borges, Kafka, García Márquez, Melville, Walt Whitman y tantos otros que cita o no cita él.

En previsión de que no lean la carta de Orejudo por falta de tiempo y con su permiso espero, el de él quiero decir, además de robarle el título para este artículo la explicaré aquí. En ella Antonio Orejudo adulto le cuenta a Antonio Orejudo joven como es el mundo hoy. Nadie tiene una Olivetti, todo el mundo tiene un potente ordenador en el bolsillo. Nadie sueña con publicar un libro, cualquiera puede hacerlo y se publican miles y miles diariamente. Para acabar de redondear la bondad y casi la fascinación de este escenario parecido a "Un mundo feliz" de Huxley, hoy se escribe y lee más que nunca pero y esto no lo dice Orejudo que es más educado que yo, casi todo lo que se publica, escribe y lee es solo basura.

Hace poco leí una entrevista con Pérez Reverte creo, en la que el escritor reflexionaba sobre que ocurre con un niño o un joven que lee. Obviamente se trata de leer literatura, no bobadas en el whatsapp. Y lo que ocurre es lo siguiente: el niño leyendo viaja, aprende idiomas, geografía, matemáticas, física, biología, historia; navega, descubre constantemente otras gentes y culturas, y también descubre tesoros perdidos; el niño es un capitán hoy "¡Oh, Capitán, mi Capitán!", un héroe de guerra mañana, tal vez un criminal o un muerto "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre", o quizás un sueño... ¿quién sabe?

Por suerte aun hoy hay chicos y chicas que aparte de manejar el whatsapp o internet y las redes sociales con soltura, por supuesto, leen libros como ese joven Antonio Orejudo, aunque ya no tengan la Olivetti al lado. Yo, que hago dos viajes en autobús todas las semanas y los domingos en un autobús lleno de estudiantes lo veo. La mayoría se enchufan a los auriculares y al móvil en cuanto se sientan, pero también hay entre ellos muchos que leen o conversan (curiosamente más chicas que chicos) y seguramente esos son los mejores. O al menos a mí me lo parecen así. En fin, como escribió una vez Carmen Martín Gaite: "Mientras dure la vida, sigamos con el cuento".