Xabier R. Blanco
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Como Francia ha vuelto a instalar el dictado diario en las escuelas me permito hacer aquí una oda sentida a don Luis Miranda Podadera, un señor muy conocido por niños y niñas de mi generación aunque la mayoría ni siquiera sepan su nombre. A don Luis Miranda Podadera (1889-1969) habría que ponerle una calle en cada pueblo y ciudad de España.
Este hombre, madrileño, escribió libros de pedagogía, de divulgación cultural e incluso algunos turísticos. Pero los niños de mi época aunque no sabíamos su nombre sí conocíamos sus extraordinarios y enrevesados textos que los maestros de entonces -en mi caso don Lino y don Claudio en el colegio Curros Enríquez de Ourense- nos hacían escribir todos los días al dictado.
En cierta ocasión Mafalda reflexionaba con gran profundidad analítica sobre la calidad humana, intelectual, educativa y profesional del tipo que había redactado por primera vez aquello de "mi mamá me mima, amo a mi mamá". Luis Miranda Podadera era como ese tipo desconocido. Si algunos sabemos escribir hoy más o menos sin faltas de ortografía y con una cierta coherencia sintáctica (y esto también significa saber pensar correctamente) se debe a personas como don Lino, don Claudio y don Luis Miranda Podadera.
Hace años, una bonita y soleada mañana de domingo en la Cuesta de Moyano de Madrid encontré y compré su libro "Ortografía práctica". Lo leí y me eché a llorar. Era el libro que utilizaban nuestros maestros para los dictados cuando éramos niños y es de principio a fin una joya similar a "mi mamá me mima".
Para que se emocionen también ustedes, sean de mi quinta o no, aquí va uno de sus pequeños y curiosos dictados, con los que nos enseñaban a distinguir la "b" de la "v", la "g" de la "j", la "y" de la "ll" y otras cosas así, se supone que absurdas e inútiles. Que lo disfruten.
"Con afilado dalle en el arzón, barzoneaba vigilante el desaforado bandido desde el alba hasta el véspero, por las veredas y arcillosos atajos, a la búsqueda de algún trajinante a quien desvalijar. Habituado a épicos encuentros hípicos, sentía la añoranza de sus belitres compañeros ecuestres.
Nadie adivinaría al astuto cleptómano con mandíbula de exagerado prognatismo y de carácter voltario, cuando en los ratos de ocio se reunía con su vilorda taifa en los mullidos divanes de baqueta del hotel, para hacer ostentación de su euforia y jactarse de sus baladronadas, mientras indolente, espiraba el humo de su veguero, cuyas volutas impregnaban la atmósfera de voluptuosidad."
Teníamos diez años cuando nos dictaban esto y Afonso Monxardín, hoy genial escritor en este periódico, que se sentaba entonces en un pupitre cercano al mío, yo y otros nos aplicábamos en escribirlo a la perfección. Y es que aquellos dictados eran una declaración de amor. Los maestros nos querían. Ya decía Tolkien que a los niños hay que darles cosas por encima de su medida... porque siempre las superan.
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