Din matamoro

Din Matamoro es un artista que vive en mi barrio, en Vigo. Es un amigo de otros amigos. No tengo ninguna obra suya en casa porque ni tengo pasta para pagarla, ni somos lo suficientemente amigos como para que me regale una. Solo somos conocidos, creo. De charlar un momento de vez en cuando. A veces me encuentro con él en alguna inauguración o simplemente haciendo la compra en el supermercado de El Corte Inglés, al lado de mi casa (vivimos muy cerca el uno del otro), pero nada más. A mi Din me parece un verdadero artista en un mundo en el que ya casi creo que los artistas no existen o están a punto de extinguirse. Me refiero a los artistas de verdad y digo esto siendo consciente de que yo también fui artista una vez aunque malo, eso sí lo reconozco.

Pero Din es bueno. Muy bueno. Din lleva un tiempo haciendo fotos de tomates, cebollas, pimientos, espinacas, pan tostado, cruasanes, acelgas, cebollas, coles de Bruselas, hortalizas de todas clases, huevos fritos, sandwiches, etc., como si eso fuera importante. ¡Uau! Y lo fascinante es que lo es. Es importante.

Din en general hace fotos de esas cosas que tenemos todos en casa, en la cocina, y que solemos destrozar con un cuchillo a las primeras de cambio. Lo especial es que él tiene una mirada diferente sobre lo mismo. Fotografía una cabeza de ajo a medio pelar tal como la pone cualquiera de nosotros sobre la tabla, y me refiero a la cabeza de ajo antes de machacarla y triturarla para preparar un guiso, pero su ajo fotografiado resulta ser de pronto un precioso colibrí enamorado, al que solo le falta cantar una melodía loca inspirada quizá por Heitor Villalobos. Es una maravilla. Busquen su trabajo, seguro que les gustará.

Yo querría haber hecho una obra como la de Din, tan brillante como una flor que acaba de abrirse en la mañana porque así es su trabajo, brillante. Pero nunca fui capaz de algo parecido, no soy tan bueno como él. Quizá por eso, supongo, me encanta saludarlo cuando nos encontramos, como si tuviéramos algo en común, lo que solo es una absurda imaginación mía. En realidad no tenemos nada en común: él es grande y yo no.

Din Matamoro. Búsquenlo en internet y vean sus fotos. No son fotos, son sueños inesperados. Después, cuando estén en la cocina un día picando el pimiento o la berenjena de turno preparando una cena para sus amigos verán esos trocitos de vegetales o lo que demonios sea de una forma distinta. Y se sentirán ustedes como verdaderos dioses. Como si crearan algo desde la nada. Porque eso es lo que hace Din: crear algo desde la nada.

No puedo acabar este artículo sin señalar mi absoluto aborrecimiento hacia casi todo el arte conceptual y contemporáneo, del que he renegado con convicción. Pero es que lo de Din es distinto. No es conceptual... es mágico.