Dylan y Silvio

Este asunto es viejo. Me refiero al asunto Dylan Nobel de Literatura, pero es que aun pasado tanto tiempo todavía leo artículos y oigo a gente que sostiene que Dylan no es un escritor sino un cantante, lo que es una obviedad. 

Como si los escritores no hubiéramos sido bardos hace mil años y no hubiéramos hecho otra cosa más que cantar antes de escribir. Pues por eso esto: no es de Dylan pero no hace falta, solo es literatura, algo que todos conocemos y muchos hemos bailado más de una vez, pues la literatura en realidad solo es danza. Y esto es una micronovela que se tituló en su momento Escuela de Calor. La escribieron varios tipos que se autodenominaban Radio Futura. Supongo que hoy Robert Allen Zimmerman, el premio Nobel, aprobaría ese nombre. Veamos como es.

"Arde la calle. Al sol de poniente hay tribus ocultas cerca del río, esperando que caiga la noche. Hace falta valor, hace falta valor. Ven a la Escuela de Calor. Sé lo que tengo que hacer para conseguir que tú estés loco por mi. Ven a mi lado y comprueba el tejido más cuida esas manos, chico. Esa paloma sobrevuela el peligro, aprendió en una Escuela de Calor. Vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición. En las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol. No des un paso, no des un mal paso, esto es una Escuela de Calor. Deja que me acerque a ti. Quiero vivir del aire, quiero salir de aquí. Arde la calle. Al sol de poniente hay tribus ocultas cerca del río, esperando que caiga la noche".

Que venga Dios y me diga que esto no es literatura. Ni así lo creeré. La literatura hoy está en las canciones, en el cine, en la tele y no tanto en los libros. Hace mucho que no está en los libros. Un día, bastantes siglos atrás la literatura tampoco estaba en los libros, ni siquiera había libros, estaba en la voz de unos locos que cantaban. En músicos, bailarines y cómicos que recorrían los pueblos en un carromato para entretener a la gente con sus historias inventadas, contadas, habladas o hechas torpemente de sueños. Y hoy vuelve a estar ahí, en el mismo sitio. En ese carromato que recorre los senderos del mundo al son de un rasgueo de guitarra. Sin escritura.

          Tengo una biblioteca de casi cuatro mil volúmenes y si le sumo los dos mil que habré regalado harían seis o siete mil. Una minucia. ¿Saben ustedes? No sirven para nada. Solo sirven algunos versos. Que le den el Nobel a Silvio Rodríguez de una maldita vez: 

"Al final de este viaje en la vida quedarán / nuestros cuerpos hinchados de ir a la muerte, al odio, al borde del mar. /
Al final de este viaje en la vida quedará nuestro rastro invitando a vivir. / Por lo menos por eso es que estoy aquí".