Juan José Feijóo
Situaciones extremas
TINTA DE VERANO
En los últimos años, Ourense ha venido siendo definida expresión que suena amable y, al mismo tiempo, inquietante: el Okinawa europeo. Ciertamente, el envejecimiento poblacional no es un fenómeno exclusivo de la ciudad ni siquiera de la provincia, pero aquí adquiere una intensidad particular. Las estadísticas lo repiten cada cierto tiempo, pero el verdadero significado de ese dato se percibe sobre todo caminando por las calles.
Envejecer no es, por supuesto, un problema en sí mismo. En el peor de los casos, simplemente, es algo inevitable, ley de vida. Es más, una sociedad que vive más años es también una sociedad que ha logrado avances sanitarios, sociales y económicos importantes. El problema aparece cuando el envejecimiento no se acompaña de renovación generacional, los jóvenes se marchan y los pueblos y barrios quedan progresivamente vacíos de futuro.
Ourense, desgraciadamente, conoce bien ese proceso. Durante décadas, miles de jóvenes han salido de la provincia buscando oportunidades laborales en otras ciudades o en el extranjero. Muchos lo hicieron con la idea de volver algún día, pero la realidad acaba siendo siempre más compleja. Una nueva vida se construye allí donde aparecen el trabajo, las oportunidades y los proyectos personales, dificultando el deseado retorno, si es que hubiere tal deseo.
Cuando una comunidad pierde población joven, falta también iniciativa empresarial, innovación y capacidad de transformación
Las consecuencias no pueden ser más negativas para una ciudad y una provincia que viven en permanente paradoja silenciosa. Por un lado, conservan una envidiable calidad de vida, gracias a la tranquilidad, proximidad humana, precios relativamente moderados y un entorno natural privilegiado. Pero, por otro lado, esa misma calma a veces se convierte en una señal ineludible de la ausencia de ese dinamismo capaz de retener a las nuevas generaciones. No se trata, entonces, o no solo, de una mera cuestión demográfica, sino también cultural y económica. Cuando una comunidad pierde población joven, falta también iniciativa empresarial, innovación y capacidad de transformación. Las escuelas se vacían, los comercios tradicionales enfrentan dificultades para encontrar relevo y los barrios pierden poco a poco la vitalidad y el pulso que aportan esas familias jóvenes.
Al mismo tiempo, la población mayor pasa a ser quien sostiene buena parte de la vida social de la ciudad. Son quienes mantienen abiertos muchos negocios, quienes llenan los mercados, quienes siguen participando activamente en la vida vecinal. En ese sentido, el envejecimiento también es una muestra de la fortaleza de la generación que ha construido gran parte del Ourense actual, a quien debemos un sentido agradecimiento.
Pero lo cierto es que ninguna sociedad puede sostenerse única y exclusivamente sobre la memoria. Necesita también expectativas, proyectos y nuevas energías. La verdadera cuestión, por tanto, no es limitarse a lamentar que Ourense envejezca languideciendo, sino preguntarse qué condiciones serían necesarias para que más jóvenes decidieran quedarse o regresar. Y qué papel podemos desempeñar todos y cada uno de nosotros para conseguirlo.
Tal vez el futuro de Ourense dependa menos de grandes discursos y más de decisiones concretas, poniendo en el centro de la diana las oportunidades laborales, el apoyo a los emprendedores y una visión clara de qué papel quiere jugar nuestra ciudad como motor del dinamismo provincial, en el mapa gallego y español. O quizás sea todo mucho más simple. Tal vez el futuro de nuestra ciudad dependa exclusivamente de nosotros mismos.
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