El bofetón

Sé perfectamente que nada molesta más a un padre o a una madre que quienes no tenemos hijos opinemos sobre temas relacionados con su educación, pero se tienen que aguantar. A los niños no los educan solo ellos, sus padres, sino la tribu. Es más, los niños que no son educados por la tribu acaban siendo unos maleducados.

El chavalito coruñés de once años que denunció a su madre por darle un bofetón al negarse el niño a poner el desayuno, si no fuera porque solo tiene once años merecería una buena condena de servicios a la comunidad. En su caso y dada su temprana edad se me ocurren algunas opciones interesantes, como por ejemplo poner al chiquillo a servir desayunos a indigentes en algún centro social ad hoc. En fin, la sentencia del juez Antonio Vázquez Taín absolviendo a la madre es perfecta y no admite discusión. El niño, y lo siento por la procesada ya que es su hijo, es imbécil. ¿Se puede ser imbécil con once años?, sí, yo también lo fui.

De niño nunca me dieron un bofetón que yo recuerde. Salvo una vez que mi padre me pilló a mis ocho años intentando averigüar que había dentro de un cartucho de perdigones (mi padre cazaba) mediante el ingenioso procedimiento que se me había ocurrido a mí solo de percutir un clavo con un martillo en el botoncito plateado que había en la parte de atrás del cartucho. Los cartuchos los había encontrado escalando una estantería del trastero. Ignoro que extraña iluminación, casi propia del Espíritu Santo, me indicó que la clave de aquel misterio estaba en el pequeño botón metálico. Por suerte, aunque yo no lo sabía, los cartuchos estaban húmedos y no podían haber estallado. 

Sé perfectamente que nada molesta más a un padre o a una madre que quienes no tenemos hijos pero sí un perrito (yo lo tengo ahora) opinemos sobre temas relacionados con la educación de un niño. Es como si creyeran que los comparamos, pero no hacemos eso. No comparamos a un niño con un cachorro. Yo no tengo niños pero tengo ahijados, sobrinos, hijos de amigos, etc. No, no los comparamos.

Hace unas semanas sorprendí a mi cachorrito que tenía tres meses entonces, royendo ansiosamente el cable de una lámpara en el salón. Como a esa edad están echando los dientes lo muerden todo. El caso es que ya se había cargado el plástico, los hilos de cobre estaban a la vista y él seguía mordiéndolos con ahínco. Por supuesto le di un bofetón de campeonato y le solté un grito. Reconozco que lo hice sin pensar, pero si llego a pensarlo, sinceramente, el bofetón se lo hubiera dado igual. Sentarme a su lado en el suelo y explicarle amistosamente y en detalle el funcionamiento de la electricidad, cariño, y los peligros de morder un cable de 220 voltios hubiera sido totalmente inadecuado.

El niño es un imbécil, sí. Pero preguntémonos ¿por qué?