Eurovisión

El otro día charlando con un amigo descubrí que él, que por cierto es más joven que yo y esto aumentó mi sorpresa, creía que el Festival de Eurovisión estaba acabado, era decimonónico, como algo viejuno de los años sesenta. Obviamente mi amigo no veía un Festival de Eurovisión desde que hizo la mili. También me resutó inexplicable que alguien tan culto e informado como él tuviera esa idea. ¿Es que en todos estos años ni siquiera había leido los periódicos o visto la televisión?

Tuve que explicarle que desde hace mucho Eurovisión se ha convertido en un bum, hortera como siempre sí, pero un bum con más de doscientos millones de espectadores en todo el mundo. De hecho este año hasta participaban Australia e Israel, lo que incluso casi le da un nuevo sentido a las palabras Europa y visión.

 A mi siempre me gustó Eurovisión. Será porque me crie de niño aplaudiendo aunque solo fuera por simpatía, y me refiero a un efecto involuntario del sistema nervioso parasimpático, a Massiel, Salomé o Mocedades junto con mi familia en Tabagón (Pontevedra), delante de una televisión cutre en blanco y negro que casi no podíamos ver a través del tupido bigote de Íñigo. Pero desde aquellos años que hoy parecen sacados de un capítulo de "Cuéntame" el festival ha cambiado mucho hasta convertirse en un espectáculo de masas casi planetario.

 A finales de los noventa asistí con mi ex a fiestas en casas de amigos que consistían en tomar unos pinchos y copas mientras veíamos el festival y lo comentábamos entre todos; e incluso nosotros organizamos en nuestra casa alguna que otra "eurovisionada" así. El Festival de Eurovisión, al igual que las malas películas, da para mucha más conversación y risas que las películas buenas.

  Pero el festival tiene el mismo defecto que la Gala de los Óscar o los Goya, dura demasiado y uno acaba aburriéndose. Lo mejor no son las canciones, pocas buenas han salido de Eurovisión, sino las votaciones que en los sesenta y setenta se interpretaban siempre en clave política: Portugal nos vota y nosotros a ellos porque están aquí al lado, tienen a Salazar y nosotros a Franco, así que nos apoyamos mutuamente; los ingleses no nos votan porque históricamente nos odian y nosotros no les votamos por el Peñón; por contra los ingleses siempre votan a Portugal para fastidiarnos. Y así. Ver Eurovisión era casi como leer The Economist.

    Este año ganó la canción que merecía ganar, la portuguesa, pero a mí me gustó también la de Hungría. Una canción cantada en romaní por un tipo hortera y con chicho, pero emocionante como un tema africano de Tiken Jah Fakoly, como yo no tengo ni idea de música y esto no trata de música lo puedo decir tranquilamente. La canción húngara quedó entre las últimas pero búsquenla en internet y escúchenla. Olvídense de la "mise en scène" tan horteramente eurovisiva y presten atención solo al tema. Ya verán.