Imanes

Cuando yo era niño los imanes eran escasos y muy cotizados. Podías conseguir un imán a cambio de tres o cuatro canicas de colores de las buenas por ejemplo, o bien cambiándoselo al propietario por algún cromo difícil de encontrar de "Vida y Color" como el del "Amarilis", u otro de otra colección parecida. 

 A los chavales nos volvían locos los imanes. Nos fascinaban aquellos objetos inertes pero que tenían el poder casi mágico de atraer cualquier metal de forma automática. Y también nos fascinaba como eran capaces de repelerse dos imanes entre sí. Los imanes bajo su apariencia estúpida y muerta parecían contener de alguna forma inexplicable el deseo y la furia de un ser vivo. Con el tiempo y a medida que nos hicimos adultos los imanes se convirtieron en objetos cotidianos un poco tontos, cuya función primordial y casi única acabó siendo la de sujetar notas en la puerta de la nevera. 

 En los años ochenta algunos diseñadores de moda hicieron colecciones de ropa en las que botones y cremalleras habían sido sustituidos por imanes, pero la cosa no prosperó. Las prendas no podían pasar los arcos de seguridad de los aeropuertos y por supuesto si tenías alguna dolencia cardíaca o un bypass ni se te ocurriera ponértelas.
 Recientemente he leído una entrevista en un diario de internet con un ex-imán de Granada, un tipo que armado de un aparente sentido común y buenas palabras sugiere que la solución para contener la radicalización de los jóvenes musulmanes pasa por la creación de escuelas de imanes en España. No señor. Precisamente lo último que se necesita aquí son escuelas de imanes. Y de hecho los imanes, como sabe cualquiera que de chaval haya tenido uno en el bolsillo, nunca necesitaron escuelas, ellos ya sabían hacer lo que necesitaban hacer: repelerse a sí mismos y atraer a todos los demás metales sin hacer preguntas.

 Los imanes hoy quieren escuelas, mañana querrán universidades y pasado mañana exigirán escaños en el Parlamento. Y entonces a ver quién les dice que no. Será tarde. El asunto me recuerda una frase de Juliano el Apóstata en la novela del mismo título de Gore Vidal sobre aquel emperador romano que se empeñó, vanamente, en restaurar los antiguos cultos frente al avance imparable del cristianismo. Es la última frase que dice Juliano antes de morir, alanceado en el campo de batalla durante una campaña militar creo que en Egipto, no estoy muy seguro, leí la novela hace muchos años. Y cito la frase de memoria porque no voy a buscar el texto ahora que me da pereza, creo que decía así: "Cuando yo haya muerto vendrán los cristianos, y como buitres se abalanzarán sobre el Estado y lo roerán hasta dejarlo en los huesos, hasta que no quede ni la sombra de un dios vivo sobre la tierra."
 – Oye tío, tengo unas canicas nuevas preciosas, mira qué bonitas son. Te las cambio por tu imán.
 – No.
 – Me lo imaginaba.