Master Chef

En general los programas televisivos supuestamente gastronómicos bien sean concursos, pseudoconcursos, pseudodocumentales, etc., me horrorizan y me aburren bastante. Eso dejando aparte que actualmente hay una saturación insoportable en los medios con ese tema, como si los cocineros fueran lo más de lo más, casi unos magos o enviados del cielo, cuando al final solo son cocineros, lo que ya es bastante. 

Algo parecido ocurrió hace unos años con los arquitectos, otra profesión encumbrada hasta límites absurdos, incluso con un toque de casi "rara divinidad" que no hacía sino ponerlos en una posición ridícula. Más cuando sus edificios acababan costando el triple de lo presupuestado para al final derrumbarse por cualquier tontería menor. En realidad mil veces más importantes que los cocineros o los arquitectos son los médicos o los maestros por ejemplo, o incluso por ponerme chulo los poetas (no explicaré esto último porque es o demasiado complicado o demasiado sencillo de explicar). 

Sin embargo a veces veo Master Chef. Me resulta entretenido. Es un programa-concurso muy bien montado y tiene gracia. Sobre todo porque a mi, que cocino bastante bien, me asombra ver a esos concursantes tan ansiosos por convertirse en cocineros profesionales, cuando ellos ya cocinan mil veces mejor que la mayoría de los cocineros profesionales que conozco o he conocido en mi vida.

El caso es que la semana pasada, precisamente viendo un Master Chef se me ocurrió una idea demencial que les voy a contar a ustedes, más que nada porque no me siento con fuerzas ni ánimo para desarrollarla como novela. Supongo que todo el mundo sabe como funciona Master Chef. Los concursantes son sometidos a una serie de pruebas distintas en las que básicamente tienen que cocinar, a toda velocidad por cierto, un menú que después es juzgado por cuatro profesionales, los presentadores del programa: Samantha Vallejo-Nágera, Jordi Cruz y Pepe Rodríguez, acompañados de un cocinero superestrella invitado que es distinto en cada programa. 

Pues bien, la idea es esta, ya digo que se trata de algo descabellado, propio de una novela seguramente negra y la pienso cada vez que veo a los jueces probando los platos. Va, es así: un concursante introduce en sus platos un veneno mortal de efecto rápido, así que al probar las propuestas los cuatro jueces mueren en directo. El divertimento en plan Agatha Christie es que inicialmente nadie sabría que concursante lo habría hecho y tampoco si lo habría hecho deliberadamente por despecho, odio, venganza o por cualquier otra razón, la que fuera, o simplemente por error. También podría haber ocurrido que otra persona hubiera introducido el veneno entre los ingredientes empleados por el concursante sin que este lo supiera.

Tras la muerte de los jueces a la vista de toda la audiencia podría entrar en plató (sí, plató acentuado en la "o") Hercules Poirot imaginemos o Grissom del CSI, y continuar el programa hasta el amanecer. Sería un bombazo de share, mejor que unas riquísimas perdices escabechadas. ¡Buen provecho, gente!