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Desde la parte baja de Pentes, en A Gudiña, los vecinos vieron las llamaradas alzarse en lo alto de la ladera. Era sobre las nueve de la tarde cuando fueron evacuados por fuerzas del Cuerpo de Bomberos hacia el Mesón de Erosa, aprovechando que aún el fuego no había alcanzado su máxima virulencia. No obstante, la zozobra se apoderó del ánimo de los moradores, y muchos, sobre todo los mayores, experimentaron el terror propio de este tipo de circunstancias.
“Yo pasé mucho miedo, nunca había vivido una situación como esta”, admite María Encarnación, sexagenaria con domicilio cercano a la fuente del pueblo. Por su testimonio supimos que tanto ella como el resto de los habitantes permanecieron hasta la 1:00 de la madrugada a buen resguardo, retornando a sus casas cuando las autoridades así lo dispusieron.
No obstante, a pesar del esfuerzo de los servicios de extinción, y de la notable contención de las llamas en la zona alta de la carretera, es perceptible la crispación entre los pentenses. “Tenemos lo más importante recogido en maletas porque el fuego es impredecible”, nos confió una vecina que pidió no ser identificada.
En cambio, Olga, María e Iria, tres mujeres con quienes conversamos en las cercanías de un roble patrimonial, se mostraron un poco más calmadas de cara a la emergencia. “Fue más el susto que otra cosa, pero aún así lo prudente es no confianzarse”, nos dice la primera de ellas mientras acaricia la cabeza de un simpático can que responde al nombre de Thor. Si bien es cierto que no se registran pérdidas humanas, de casas o animales domésticos, las afectaciones a la biodivesidad tardarán años en restablecerse.
El incendio, que tuvo su origen en A Mezquita, y que se fue extendiendo hasta A Gudiña, ha producido un daño aún incuantificable en las poblaciones de lobo ibérico, jabalí, corzo y águilas reales. Los pobladores lamentan la catástrofe, y el visitante llega a intuirla con tan solo alzarse de puntillas en un amplio radio de bosques carbonizados que ya superan las 72.000 hectáreas en toda Galicia .
Si un saldo positivo pudiese reseñarse de este bucle de incendios, es que los vecinos se vuelven más conscientes de la profundidad de los nexos afectivos que los unen y la importancia de la vida en comunidad. José Manuel Prieto, señala: “Se ha actuado lo mejor que se ha podido, la gente ha colaborado mucho, de modo que no se les entorpezca el trabajo a los Bomberos, los de la UME y la Guardia Civil”. Otro vecino que prefirió el anonimato, nos puso al tanto del papel de las brigadas de voluntarios: “Aquí han venido de todas partes a apagar los fuegos, lo mismo portugueses que gente de León; la solidaridad de propios y extraños ha sido clave”. Por fortuna los focos se mantienen bajo control, y es por una razón: los enemigos del fuego no duermen.
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