La parroquia, sostén familiar
REPORTAJE
En Santa Eufemia cuentan con 165 personas beneficiarias en la distribución de alimentos, de diferentes perfiles sociales - Antes del estado de alarma repartían alimentos una vez al mes. En estas diez semanas ya lo han hecho siete veces
“Treeees”. Y no es un número del bingo. La cola llega hasta la Plaza de Santa Eufemia. Gente con carritos, bolsas, con distancia de seguridad y apoyados en la pared. La cola pudiera ser la que nos toca soportar antes de entrar al súper. “Hay 30 familias esperando, y aún vendrán más”, comenta José Antonio Rodríguez, voluntario de la parroquia.
La bajos de la casa parroquial de Santa Eufemia semejan un pequeño economato de circunstancias. El párroco Manuel Mera revisa los listados mientras los cuatro colaboradores se dan órdenes, hasta se contradicen, para intentar solventar la falta de pericia en logística y distribución. El grueso del reparto lo componen hoy 1.300 kilos de patata “selecta de A Limia” donada por un almacén en Trasmiras que a través del Banco de Alimentos han entrado por la mañana, sacos que el propio párroco y José Antonio han tenido que descargar. El interior del local rezuma olor a humedad y a la concentración de patata. Carolina, cuchillo en mano, da vueltas alrededor de los sacos, tratando de ver por dónde hacer el corte.
“Venga, vamos hay que empezar”, apura el párroco, para quien todo esto es un contingente de alcance. Cuando él llegó a la parroquia, hace 20 años, el reparto era una anécdota, hoy es casi un súper.
La llamada
“¡Cincoooo!”. Los números sacados tras identificar al beneficiario no son de un sorteo, anuncia los miembros de cada familia. En el recitado hay una especie de suspense para reacondicionar un reparto del género, cuanto más numerosa se presupone una mayor asignación. Fuera, la espera se hace larga. Esta tarde están citados 56 beneficiarios, de los 165 que componen el listado. Para ello han de tener cubierto el preceptivo informe de Asuntos Sociales que les exige estar empadronados y les valora el régimen de “pobreza”.
“¡Treees!”. Como no hay surtido suficiente, ni de todos los productos que la gente precisa y pide -hay alguno que casi exige-, el reparto se hace equitativo y proporcional al número de personas que integran cada familia. A la misma hora -20 horas- en que la Plaza Mayor está atiborrada de gente tomando cañas bajo la sombrilla, aquí, en la cola de la desesperanza se ven rostros de circunstancias, gente “bien vestida que no tiene qué comer, que cumplen los requisitos de pobreza", según el trabajador social que los atiende. Tres veces al año el Gobierno reparte alimentos en estas entidades sociales, el resto los aporta el Banco de Alimentos y la parroquia compra con sus recursos lo que consideran para completar. Antes del estado de alarma repartían alimentos una vez al mes. En estos dos meses lo han hecho siete veces.
Julio Jiménez era chófer de Transtur en la avenida de La Habana, “una empresa que movía turismo por la isla”, lleva 10 años en España, su mujer es de Las Palmas. Viene a recoger el lote de una prima, que a estas horas cuida a una señora. La cola está llena de gente discreta, amable. Padres y madres con hijos, parejas jóvenes, personas solas y hasta seis miembros de una misma familia como Gerardo Bernal, caraqueño, en Ourense desde hace un año, pasa con un sobrino y su hijo, de 15 años; fuera están sus padres, y otra hija. Se aferra a la fe, “con el favor de Dios todo irá bien”. En la cola los hay de todos los credos, musulmanes, cristianos, y hasta quienes profesan la indiferencia a la solidaridad de los oferentes. “¡No llevará cerdo!”, comenta una mujer senegalesa que viene con su hija. “De pollo ecológico”, le responden.
Trinidad Suárez es de Bolivia, cuidaba ancianos hasta que con el covid se quedó sin trabajo. “Sin trabajo, y sin nada”. El momento lo solventa con una voz dulce y una sonrisa que cura. Vive sola.
La tarde y el reparto no rematan con los 1.300 kilos de patatas. “Habrá que volver a llamar”, dice Manuel. “A ese dale un poquito de todo”, dice Manuel guiñando un ojo; le dan. Un joven que por la mañana ha montado un pollo en la iglesia. No está bien, se nota, los voluntarios le atienden como si fueran empleados del súper, bueno, incluso mejor.
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