Se acabó el programar

Publicado: 29 mar 2026 - 00:05
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En 1957, el informático John Backus tomó una decisión que entonces sonó casi subversiva: los ordenadores tenían que aprender a entender a las personas, no al revés. Hasta ese momento, programar una máquina exigía hablar su idioma, un lenguaje de ceros y unos que tardaba años en dominarse. Backus diseñó Fortran, el primer lenguaje de programación de alto nivel, y los profesionales de la época lo recibieron con la habitual actitud ante estas cosas: esto no es programar de verdad.

Tenían sus razones técnicas. El código que generaba Fortran era menos eficiente que el de un experto en el lenguaje de la máquina. Eso era cierto. Pero también era completamente irrelevante. Fortran no iba dirigido a los expertos. Iba dirigido a los físicos, los ingenieros y los químicos que necesitaban los ordenadores para su trabajo real pero no tenían ninguna intención de dedicar años de su vida a aprender un idioma que no necesitaban. Esa barrera cayó. Y el mundo que se abrió al otro lado era demasiado grande para que los argumentos sobre eficiencia técnica lo cerraran de nuevo.

Hoy está ocurriendo exactamente lo mismo con el “vibe coding”. La idea es tan sencilla que parece obvia una vez que alguien la nombra: describes en tu propio idioma lo que quieres que haga un programa, y la inteligencia artificial genera el código. No hace falta saber Python ni conocer ninguna sintaxis. Solo hace falta saber qué problema quieres resolver y ser capaz de describirlo con claridad.

Solo hace falta saber qué problema quieres resolver y ser capaz de describirlo con claridad

Los escépticos tienen sus argumentos, y son los de 1957 revisados. El código generado es ineficiente. Un buen programador no lo necesita. Es una muleta para quien no sabe de verdad. Probablemente todo eso sea cierto. Y probablemente sea igual de irrelevante que entonces: el “vibe coding” no compite con los programadores expertos. Compite con la barrera que antes impedía que el biólogo analizara sus propios datos, que la emprendedora prototipara su idea sin contratar a nadie, que el maestro construyera la herramienta educativa que lleva años imaginando.

El código no es el objetivo. El objetivo es lo que el código hace posible. Y eso antes era inaccesible para muchísima gente que tenía ideas perfectamente válidas y ningún medio para materializarlas.

En muchas comunidades marineras de Galicia, la llegada de las embarcaciones con motor se vivió al principio con recelo: para algunos veteranos, aquella ya no era la manera de pescar que conocían. En un sentido tenían razón: era diferente. En otro se equivocaban por completo: la barrera nunca fue el motor; fue lo que el motor hacía posible para quien antes no podía llegar tan lejos.

Queda una pregunta que merece respuesta honesta: ¿qué ocurre cuando alguien construye algo con “vibe coding” sin entender el código que genera? La respuesta depende del contexto. Para un prototipo personal, el riesgo es mínimo. Para sistemas que gestionan datos sensibles o toman decisiones importantes, los riesgos son reales. La democratización de una herramienta no elimina la responsabilidad de usarla bien.

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