El último domingo así de raro
CRÓNICA
Abren los comercios, bares y las iglesias, algunas. Hasta se puede jugar ya a la lotería y tomar un café aunque sea deprisa. La fase 1 de la desescalada toma cuerpo y pone a la ciudad al ralentí, a la espera de una nueva carrerilla.
"Vive la vida”, reza una campaña de publicidad de una entidad financiera. El cartel es lo primero que uno ve al salir a la calle, al tiempo que una mujer, “embozada” como marcan los cánones sanitarios, pasa por delante. El juego de ambas dualidades se rebelan entre sí casi como un acertijo.
Casi dos meses ya. No se puede decir que este tiempo haya sido inocuo, mentiría si dijera algo semejante, consciente de que nos ha pegado un tajo de consideraciones por evaluar.
Los domingos -ayer lo fue- tienen algo de licencia para maquear la rutina, así lo ha tomado uno desde que navegamos confinados, ejerciendo de flâneur para trazar estas líneas, sin itinerario marcado, salvo el de dejarse llevar, mirar y hablar para poder contar. Es cierto que se podría trazar de memoria, pero se alejaría de la realidad y del oficio.
Raro, raro
El título me lo sugieren desde el periódico nada más salir del portal: “El último domingo”. “¿De qué?”, pienso. Con cara de incógnita, lo único que se me ocurre aportar a semejante aseveración es la aportación de “así de raro”, porque las rarezas, el extrañamiento se ha apoderado de todo. En el oficio de diletante te cruzas con mucha gente, observas, te observan. Es como un juego. Algunos te lanzan miradas que parecen cuchillos; otros, impresiones al paso. La visión de gente caminando como flotando se repite; matrimonios de la mano con salva pantallas puestos. Gente que hablara sola por la calle la ha habido siempre ¡que levante la mano quien no lo haya hecho alguna vez!, aunque fuera en un leve movimiento de labios, hacia adentro. Ahora -la impresión- es que mucha más gente habla sola, en una especie de monólogo interior pero a gritos.
Todos hemos descubierto algo en este confinamiento, Jesús Costa, escultor y amigo, dice que él, el silencio. Y todos, pienso. Lo encuentro paseando el perro en la Plaza Mayor -estos días un monumento a la soledad, una distopía de lo deseable-; lo acompaño. Siempre ha sido un hombre reflexivo, pero en estos días lo celebra especialmente. Maneja cada palabra como una gran mole de piedra, hasta encajarla en el sitio que le corresponde, siempre ha sido así. El silencio lo valora -sobre todo- porque al vivir en los Vinos la novedad para él y vecinos de la zona es un verdadero “descubrimiento”. Me recuerda -y es cierto- que estos días hemos vuelto a escuchar sonidos perdidos, como el de los niños jugando que resuenan al paso desde varias manzanas más allá. Algo positivo, sin duda.
El silencio nos permite escuchar a las personas, ahora todo el mundo escucha, para hablar todos a la vez aún queda tiempo.
Abren los comercios, los bares y las iglesias. Ya no hay excusa para no vivir, tomar un café aunque sea de pie en cualquier terraza y salir corriendo. La Plaza Mayor está inclinada, pero es así de siempre. Emilio Estévez, con 38 años a sus espaldas desde el café Druida se afana con las mesas, las 12 llevan paño y limpieza. “Se o alcalde, como dí, apoia ao comercio e quere deixar libres plazas da ORA para sentarse, eiquí na Praza temos máis sitio”, suelta, sólo falta un cartel reivindicativo. Tomaremos café, por supuesto.
Otros no tienen ni tantas mesas ni ORA a mano. Al final de Juan XXIII un clásico, el Montgre, donde se afanan en la limpieza tras meses en barbecho. El bar que era todo un escaparate hacia la calle, ahora, se convierte en lugar de paso, un minúsculo pasillo de sillas camino de la barra para degustar los pinchos, fuera solo dos mesas. Sebas Martín lo ha ideado así a la espera de otra fase más llevadera.
Si los bares y comercios abren ya con restricciones y distanciamiento, todo un 'palabro', sin duda, también abrirán algunos templos para el culto, pero no todos. Manuel Mera, párroco de Santa Eufemia, dice desconocer por qué su parroquia queda fuera. Los que no quedan fuera estos días son los necesitados, muchos los que atienden en las parroquias ourensanas. Debajo del brazo, junto al periódico, en una carpeta de muchos folios lleva el listado. Que sea el último, esto sí.
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