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La capilla de San Bernabé, en Taboazas, se quedó pequeña este sábado con motivo de las fiestas del patrón. El santo no es muy concurrido en el santoral provincial, pero desde antaño su celebración marcó el inicio del verano en esta aldea enclavada a más de 900 metros de altitud en la sierra del Leboreiro. “Antes había música e moita festa”, recuerda Felisinda Martínez, que el próximo mes de agosto cumplirá 81 años y ayer se emocionaba al ver el pueblo lleno de gente, de familia y amigos que, atraídos por la festividad -y la inauguración del horno comunal-, devolvieron el bullicio y la alegría a la aldea.
La recuperación del horno sirvió de mecha para la celebración, pero también es un símbolo de la comunidad y uno de los pocos vestigios originales que quedan en Lobeira. “Rehabilitouse a través das axudas do Parque Natural, porque está dentro del e pola necesidade que tiña. Iso por un lado, e segundo porque é uno dos poucos fornos de pedra orixinais”, reconocía el alcalde, Antonio Iglesias, uno más entre los invitados a la celebración entre los que también se encontraba el constructor que llevó a cabo la restauración, y el párroco, Roberto Álvarez, que tras la misa solemne en la capilla, fue el encargado de bendecir el horno. “É o primeiro que bendigo”, confesaba a los presentes, vecinos y amigos llegados desde Corbelle, Senderiz o A Vila, que al acabar compartieron un ágape y una animada tertulia en el patio de Cándido y Lola.
El matrimonio, que reside en Vigo pero pasa largas temporadas en el lugar, eleva a cinco el censo de una aldea donde, a diario, solo residen tres mujeres: Dominga de 88 años, Felisinda de 80 y la hija de esta, Rosa. “Eramos moitos, chegou a haber 20 casas abertas… agora quedamos dúas”, recuerdan las mujeres, octogenarias, para quienes la jornada de ayer fue una vista atrás, a la vida en comunidad. La sinuosa y pintoresca carretera que les conecta con la capitalidad la recorre, dos veces por semana, el panadero. “O martes e o sábado vén o Juan, do Xube, fai un pan de millo riquísimo. Eu cada vez que o trae, lle compro un”, confiesa Dominga, que recuerda como antes también les visitaba el de los congelados, “pero como só eramos dous, non lle merecía a pena”.
Cerca de 80 vecinos llegaron a habitar en esta aldea de montaña, que vivía del campo y de los animales. La emigración, vieja conocida del rural ourensano, llevó a sus habitantes a Venezuela, Francia o Suiza, dejando vacíos sus hogares y condenando la aldea al olvido. En Taboazas, que llegó a tener escuela y palco de música, sigue activo el lavadero y conserva una de las mejores vistas sobre el verde valle que vertebra el Parque do Xurés. “Aquí viviamos do campo, tiñamos vacas, cabras, ovellas…. Agora non hai nada”, relata Dominga Rodríguez, natural de A Fraga, pero lleva más de media vida en el lugar. “Caseime aquí e aquí quedamos, menos o tempo que estivemos en Venezuela”, recordaba la octogenaria, que tuvo siete hijos y presume de nietos en una hilera de fotografías en la estantería del salón. Su vecina y amiga, Felisinda, no conoce otro hogar que este. Confiesa que la televisión le hace compañía, cuando no está en la huerta. “Isto é o paraíso”, define su hija Rosa, cuyo trabajo en Bande le permite disfrutar de la paz y la naturaleza que le rodea. “O inverno é largo, pero o malo realmente son ás néboas”, añade.
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