Xosé Ferreira, el guardián de las corozas de Calvos de Randín

LEGADO DEL CAMPO GALLEGO

En la pequeña aldea fronteriza de Vilar, en Calvos de Randín, este artesano dedica el final del verano a recolectar, mazar y secar al sol los juncos para fabricar a mano estos impermeables que abrigaron a generaciones de gallegos

El momento de la siega. | Alán Pérez

El legado del campo gallego guarda en su memoria una prenda que fue fundamental para sobrevivir a los lluviosos y fríos inviernos: las corozas. Estos impermeables vegetales, elaborados pacientemente a mano, abrigaron a numerosas generaciones de campesinos y pastores hasta que la irrupción del plástico los relegó al abandono. Hoy, son escasos los artesanos que atesoran este conocimiento.

En la pequeña aldea de Vilar, perteneciente al municipio ourensano de Calvos de Randín, la tradición resiste. En este enclave fronterizo, situado a escasos tres kilómetros de Portugal, reside Xosé Ferreira. Él es uno de los pocos vecinos que dedica su tiempo a elaborar estas singulares prendas para mantener viva una labor que forma parte de la identidad local.

Xosé junto a Francisco “mazando” los juncos.
Xosé junto a Francisco “mazando” los juncos. | Alán Pérez

El ciclo arranca a finales de verano, el momento dictado por la naturaleza para aprovisionarse de materia prima. Pertrechado con su hoz, Xosé recorre el entorno buscando los ejemplares adecuados. Tal y como explica mientras corta los tallos, “estamos a recoller os xuncos, xa que é agora, a época de verán, cando hai que facelo para poder secalos e maduralos”.

Una vez reunidos los manojos, llega la exigente tarea de mazar los juncos. Es un trabajo físico que Xosé acostumbra a realizar en solitario, aunque en ocasiones puntuales cuenta con la ayuda de algún vecino. En esta jornada, Francisco Ferreira se acerca para facilitar la faena sosteniendo el manojo. “Pediume que lle viñese a axudar a xirar os xuncos para que non se trillen de todo, hai que mazalos de forma uniforme”, detalla Francisco. Xosé recalca la utilidad de estos golpes constantes sobre la planta indicando que el fin principal es lograr que los tallos “sexan dóciles, que se poidan moldear, se poidan torcer e retorcer e non se rompan”.

El momento de la siega.
El momento de la siega. | Alán Pérez

Tras macerar la fibra, el artesano procede a retirar minuciosamente las semillas superiores. Esta criba es laboriosa pero vital, ya que si se mantienen generan nudos “como unha especie de estropajo” que dificulta enormemente la selección de los hilos. Acto seguido, inicia la fase conocida como “delubar”, tomando pequeños ramos para “retorcelos así un pouco para que despois queden flexibles e suaves”.

El secado final

Superada la fase inicial de limpieza y trenzado, el material debe someterse a uno de los pasos más delicados del proceso artesanal: el secado al aire libre. Los juncos se extienden con sumo cuidado sobre el suelo para recibir la luz y el calor directo. Este reposo supone la garantía de supervivencia de la futura prenda. El propio creador advierte del riesgo de acortar los tiempos de exposición al sol, señalando que “hai que poñelos a secar porque senón despois... se non se secan ben poderíanse pudrir durante o inverno”.

“Delubando” (girando) los juncos.
“Delubando” (girando) los juncos. | Alán Pérez

El plazo estimado para completar esta etapa se supedita a las condiciones meteorológicas del entorno, si bien el artesano de Calvos de Randín calcula que se requiere un mínimo de “uns dez días ou a partir de dez días, se fai bo tempo”. Tras superar este período, los juncos adquieren su característico y vistoso tono dorado y ganan la suavidad definitiva. Aunque tras este paso el material ya resulta manejable, Xosé aclara que para tejer y entrelazar la coroza sin provocar daños estructurales, el escenario ideal requiere trabajar en “un día moi húmido”.

Contenido patrocinado

stats