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CUADRILLAS VECINALES
En Carballeda de Avia (O Ribeiro), donde el incendio quedó por fin estabilizado este jueves, se respira una especie de posguerra del fuego. Ahora lo único que rompe el silencio es el chorro solitario de una fuente. La mayoría de los vecinos permanece en sus casas, inmersos en las rutinas y labores diarias. Pero antes del incendio que los acorraló, no fue así, por más que no existan daños de mayor calibre.
“Nos vimos rodeados por un cerco de llamas que subían hasta el cielo; yo tuve mucho miedo ciertamente, pero por fortuna la cosa no fue a más”, nos comenta María Álvarez, quien es la cuidadora de Castora, Basilisa y Eulogio, mayores de 84, 87 y 93 años respectivamente.
Carballeda de Avia estaba arcada ya por un suceso nefasto: el 16 de octubre de 201 hubo que lamentar la muerte de un vecino en Abelenda das Penas mientras intentaba salvar sus ocas y ovejas en un pajar de su propiedad. El hecho, aún vivo en la memoria popular, intensificó la desesperación del vecindario al verse en una situación similar. “Nosotros nos autoevacuamos a una casa que tenemos en San Paio porque esto se puso muy feo, casi a la altura de lo que sucedió en 2017”, reveló María Luz, habitante de Muimenta, a dos kilómetros de la cabecera del concello. Por este y otros testimonios, se pudo constatar que los altos niveles de ansiedad colectiva ante la cercanía amenazadora del fuego, estuvieron condicionados por esta sensible pérdida de hace ocho años. Resulta comprensible que el miedo se haya agigantado.
Por suerte para los pobladores, el fuego que surgió en Vilar de Condes el pasado lune se mantuvo bajo control a una distancia de doscientos metros de las casas más próximas a la montaña. Pero no se trata de un hecho gratuito. Detrás está el corazón sensible y la mano presta de buenos vecinos. “A Marcos Ríos, Miguel Mosquera, Borja Romero, Lucas Bieites, a esos hombres hay que levantarles una estatua”, sostiene Antonio González, sentado en la terraza del Moderno, mientras sus convecinos refuerzan su visión de los hechos.
“Los Bomberos y la UME estuvieron muy bien, pero la verdad es que el trabajo grueso lo hicimos entre todos, con un tractor cisterna, a manguerazos contra el fuego”, afirma con gesto decidido un vecino que prefirió no ser identificado.
El relato general coincide en la organización espontánea de los vecinos que constituyeron auténticas milicias contra el fuego. Se trata de hijos del pueblo, elevados por encima de las circunstancias; con más voluntad que medios, y sin otro aplauso que la gratitud de su comunidad. Es lo que tienen las tragedias, devastan paisajes y abren el grifo de las lágrimas, pero hacen resplandecer lo más noble del ser humano.
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