La Región
Gladiadores con raqueta
En medio del dolor que ha causado el trágico accidente de Adamuz, quiero alzar la voz no para añadir ruido, sino para dar gracias. Gracias a Liliana y Fidel Sáez, que tras la pérdida de su madre han ofrecido un impresionante testimonio: el de una fe vivida, confiada y profundamente humana.
Vuestras palabras y vuestra actitud, lejos de la desesperación o el reproche, nos han recordado que la dignidad de las personas no se pierde con la muerte, ni siquiera cuando es repentina. Nos habéis ayudado a mirar a vuestra madre -y a tantas víctimas anónimas- no como cifras ni como titulares, sino como vidas únicas, irrepetibles y amadas.
En un tiempo en el que la prisa y el juicio fácil lo es todo, vuestro ejemplo nos educa la mirada. Nos enseña a mirar a las personas y a los acontecimientos con una verdad más honda, más limpia, más cercana a la de Dios. No una mirada ingenua, sino una mirada capaz de sostener el dolor sin negarlo.
Esa misma forma de mirar está bellamente expresada en un poema de Javier García-Maíquez, cuando escribe: “Sucede, de verdad: algunas noches la mirada de Dios está en mis ojos.”
El poema ilumina la dignidad de cada persona y nos lleva a procurar mirar, consolar, acoger, compartir, servir y amar como si fuera la ultima ocasión de nuestra vida. Esa es la lección que, sin pretenderlo, nos habéis regalado.
Gracias, Liliana y Fidel, por vuestra fe compartida sin estridencias, por vuestra confianza en Dios en la hora más oscura, y por ayudarnos a todos a vivir con una mirada más verdadera, más compasiva y más cercana a la de Dios.
Ernesto López-Barajas González
(Santiago de Compostela)
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